No sabía que el invierno podía guardarse en la canela.
Esta esencia suele usarse en la cocina, en rituales, en el café, como repelente de mosquitos y hasta como desinflamatorio. Yo estaba haciendo un caldito de pollo, a punto de echarle una rajita de canela, cuando algo raro ocurrió.
Un grito agudo me sacó por completo de mi concentración.
Me acerqué a la varita y lo vi. Algo diminuto se movía. Tenía cara de hormiga y cuerpo de duende. Me miraba agitando las manitas, como saludando. Pensé que me estaba volviendo loca. Me sentí como cuando Horton escuchó al alcalde. Por un momento creí que aparecerían todos los quienes de Villaquien.
Pero no.
Era solo un ser que me dijo. —Soy el Invierno.
¿El Invierno? No podía ser. El invierno tendría que ser blanco, o al menos azul. Con nieve. Con frío. Este ser no tenía ni color definido.
Apagué el caldo y me acerqué de nuevo a la varita de canela.
—Pues sí —dijo—. Heme aquí. No soy verde ni nevado. No uso trajes de brillitos ni copos de nieve bordados. Soy la esencia misma del Invierno.
Soy pequeño porque evoco recuerdos de la niñez. Y también porque me han ido olvidando entre las ocupaciones diarias; en la entrada de un tapete, en las vueltas al colegio, en el escritorio de la oficina.
Soy el invierno que te enmudece de frío para que tu corazón se sienta bien al entrar a un lugar calientito.
El que aterriza en la escoba de la Befana. El que acompaña a Rodolfo en su nariz roja. El que hace brillar las luces del árbol de Navidad. El que vive dentro de un calcetín.
Soy el invierno que pide tiempo para pensar. El que grita para ser visto. Soy tan pequeño para poder colarme en cualquier lugar, en un domingo entre pijamas, en momentos de reflexión, en la corona de adviento.
Me pongo en medio del muérdago, en la festividad del último día del año. Me divierto entre las copas de Champagne. Vivo en la Rosca de Reyes y también en el día del amor.
Soy el Yule, la cola del año. Me instalo por dos meses más para permitir que todo se renueve. Para hacer planes. Para verlos idealizarse sobre una hoja.
Mientras escuchaba todo esto, mi perro me miraba con cara de WTF. Quería que terminara el caldo y le diera una verdura cocida.
Eché la canela al caldo.
El invierno no gritó.
No huyó.
Solo se mezcló.
Desde entonces sé que el invierno simplemente se deja guardar.
Y mientras el vapor subía, empecé a bailar al ritmo de la rajita de canela, nunca se acaba.
1 comentario
Añade el tuyo →Que bonito amiga! Me encantó la personificación del invierno.