Si mi deseo fuese un color, sería el amarillo.
El amarillo del sol que me quema cuando lo que busco es su calor.
El de las hojas que caen marchitas,
esas que aplasto hoy
y que antes contemplaba verdes,
admirando su abundancia.
El amarillo del oro,
capaz de adornar
y dar vida a lo más absurdo:
un espacio, un ser, un objeto.
Mi deseo es amarillo:
cálido, encendido, intenso, desmedido.
Me ilumina, me enciende,
me quema en el pecho,
ocupa mi mente
y me empuja.
Amarillo lo alcanzo
y amarillo lo quiero conservar,
solo para descubrir
que cuando el deseo es mío
se vuelve ceniza:
se marchita, se ahoga,
se disipa.
Se disuelve en los seres,
en los lugares,
en los sabores,
en los momentos.
El deseo no es mío.
Es una emoción tan intensa
que, al tocarla,
ya se ha convertido
en otro color.
Voz Invitada: Diana Gutiérrez