A la rorro niño

No es que no le quisieran.
Todo fue un descuido.

Juan desde niño habla quedito, como si las palabras se fueran para adentro y se las tragara el mismo.

Siempre flacucho, vive una huelga de hambre permanente. Recuerdo a su madre con cuchara en mano rogando para que abriera la boca.

En la escuela compartimos pupitre. Su letra era chiquitita como una hilera de hormigas.
Desde entonces juega a ser invisible.

En el pueblo solo había una clínica donde parían las mujeres.
Juan y otro niño nacieron en la misma fecha, una coincidencia desafortunada.

Una vez en casa rechazaba la leche, lloraba sin consuelo, no había cuna que lo arrullara.
Buscando el origen de su quebranto, revisaron meticulosamente dedo por dedo, en los recovecos del ombligo y atrás de las orejas.
Estaba sano pero faltaba el lunar en forma de gota que los varones por herencia llevan en la espalda.


Así fue como descubrieron que ese no era su hogar, ni su madre, ni su destino.

Una negligencia médica, un intercambio accidental llevó a Juan a una familia equivocada.


Y aunque el error duró un par de días y volvió con los suyos no fue suficiente para que el abandono desapareciera de su corazón.

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