No deja de sorprenderme la capacidad que tienen los libros de hacerme reflexionar. A veces basta una sola frase entre cientos de páginas para que mi mente siga pensando en algo durante días. Otras veces no solo me hacen reflexionar: mueven en mí emociones que estaban dormidas y lo que creo más importante, todo lo que se agita dentro de mí tiene el potencial de generar verdaderos cambios en mi vida y en mi comportamiento.
Hace un par de días terminé de leer el último libro de la serie de Bruna Husky de la escritora Rosa Montero, titulado Animales Difíciles. Hacia el final, cuando el thriller llega a su punto más alto y el misterio se resuelve, la autora me obsequia una reflexión: los seres humanos consideramos casi automáticamente que lo bello es bueno y nos cuesta concebir maldad en algo que es estéticamente hermoso. Esa idea me llevó a reconocer algo en mí: durante mi vida me he regido muchas veces por mi amor a la belleza. Me gustan las cosas y las personas bonitas, me son agradables, quiero tenerlas cerca y por el contrario siento un rechazo casi automático por lo que, según mis propios estándares, no es bello.
Compartí esta reflexión con mis compañeras del club de lectura, con quienes leí el libro y juntas llegamos a una conclusión incómoda: esa percepción me lleva a cargar con un racismo y un clasismo internalizados que, si bien con los años he aprendido a controlar — evitando comentarios y actitudes hirientes — siguen viviendo dentro de mí.
Y eso es lo difícil de nombrar. No el racismo ruidoso, el que se exhibe sin pudor y se defiende con argumentos. Sino este otro: el que opera en silencio, el que se disfraza de gusto, de estética, de preferencia personal. El que me hace sentir que estoy eligiendo cuando en realidad estoy discriminando.
¿De dónde viene? Supongo que de los mismos lugares de siempre: de lo que vi en casa, de lo que la publicidad me enseñó a desear, de vivir en una sociedad que premia ciertos cuerpos, ciertos rasgos, cierto tipo de belleza y que castiga todo lo que se aleja de ese molde. Oscar Wilde lo exploró hasta sus últimas consecuencias en El retrato de Dorian Gray: un hombre tan bello que el mundo le perdonaba todo, mientras su verdadero rostro — el de su alma — se pudría en secreto en un cuadro escondido. Aprendí a querer lo que me enseñaron a querer y durante mucho tiempo no lo cuestioné porque se sentía simplemente como tener buen gusto.
Quizás el primer paso no es erradicar el sesgo — eso tomaría más de una vida — sino atreverse a verlo. Nombrarlo sin el escudo de la ironía ni el consuelo de decir «pero yo no soy así de verdad».
Rosa Montero puso la maldad en un cuerpo hermoso para recordarme algo que ya sabía pero prefería no mirar. La belleza no es virtud y la fealdad no es culpa. Y mientras yo no lo practique de verdad — no solo como idea bonita sino como decisión cotidiana — seguiré siendo, sin quererlo, parte del problema.
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