La felicidad está en la montaña, cerquita del cielo. O tal vez lo que encuentro es paz que a veces se confunde con ser feliz.
Aquí no hay tiempo ni prisa.
Me levanto antes del amanecer para disfrutar las siluetas del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl como un recordatorio de que el amor existe.
Después me aventuro en una caminata entre encinos, madroños y pinos que embriagan el aire con su olor.
Un verde luminoso pinta el paisaje, yo también puedo sentir las caricias del sol.
Presto atención a los sonidos que habitan el lugar.
Me empalaga el trinar de las aves, esa charla incesante y armoniosa mientras revolotean.
En lo más alto descubro un halcón que viaja solitario sin afán de parloteos.
Me sorprende el susurro del viento que habla dulcemente al oído para luego convertirse en ráfaga y alborotar mi cabello, cimbrar mi piel y abrazarme con fuerza como un amante insaciable.
Después vuelve la calma.
Como en la partitura de una melodía viene un silencio de cuatro tiempos que me permite tomar aire, acallar pensamientos y ordenar el ritmo de mi respirar.
Una pausa reflexiva, la comprensión profunda de las cosas.
Ya habré de contar lo que acontece al llegar el cielo nocturno con estrellas fugaces, tormentas eléctricas y silencios oscuros.
Esa es otra paz.