Llega un mensaje que dice: “Liz, ¿Cómo sigue tu papá? ¿Tú cómo estás?”
Empecé a responder en automático, pero la segunda pregunta me hizo frenar. Me obligó a analizar de verdad cómo me sentía. La primera respuesta de mi cuerpo fue cansancio. Aún no superaba todo lo vivido cuando creí que mi papá moría.
Fue terrible sentirme impotente ante el inevitable transcurrir de las circunstancias. A causa de una sepsis provocada por una apendicitis mi papá alucinaba escenarios terribles. Acostado en la cama del hospital balbuceaba que el doctor quería matarlo, que las enfermeras lo querían envenenar y que lo tenían secuestrado.
A lo largo de interminables horas le limpiamos el sudor de la frente y lo mantuvimos hidratado. Me acerqué a darle agua con una jeringa y, con los ojos llenos de terror y enojo, me detuvo la mano como si yo empuñara un cuchillo. Le repetí varias veces: “Papi, soy Liz, te voy a dar agua.” Pero no me comprendió; su mente lo estaba haciendo vivir otra realidad. Me veía como si fuera su peor enemigo. El corazón me retumbaba en el pecho mientras le decía que no le quería hacer daño. La alucinación pasó y su mirada se llenó de candor, las arrugas de su frente se alisaron y abrió la boca para recibir el líquido. Ahí supe que por fin me había reconocido.
Fueron días llenos de miedo, cuando creíamos que lo peor había pasado, un coágulo se le fue al cerebro y mi papá sufrió una embolia que lo dejó sin poder moverse por sí mismo, solo responde a nuestras peticiones con parpadeos. Ya pasaron algunos meses desde su alta. Nos hemos ido adaptando, resignando y aceptando esta nueva realidad. El cariño y apoyo de amistades y familia han sido un gran remanso de ánimos. También, hemos recibido muchas visitas, unas llenas de amor, otras vacías de empatía. En una de esas pláticas con café y galletas, comenté con una tía que deseaba que mi papá ya no sufriera. Reaccionó como si fuera el peor ser humano sobre la faz de la tierra. Me gritó egoísta y que lo que yo decía venía desde mi conveniencia, traté de explicarme pero fue en vano. Sé que es difícil comprender que el amor también nos lleva, por bondad, por humanidad, a desear la muerte; la deseamos porque sabemos que no hay esperanza, solo una realidad peor de la que ya se vive.
Esa noche, sola en mi habitación hice un análisis crudo: ¿Qué es realmente vivir? ¿A qué se reduce la vida? ¿A respirar? ¿A que el corazón lata, a que los intestinos funcionen, aunque ya no se entienda del todo lo que sucede alrededor? Y entonces, inevitablemente, llegué a la pregunta ¿Cuándo vale la pena seguir con vida?
Pensé en las mascotas que enferman sin solución o que envejecen y sufren por no poderse mover, por compasión, no permitimos que se alargue su agonía; nunca nos preguntamos si están dispuestas a morir. Se que la consciencia del SER nos distingue de los animales pero con esa diferencia nos cae el peso enorme de no poder decidir, libre y fácilmente, cuándo queremos parar nuestro sufrimiento o el de alguien que amamos.
Mi papá, a pesar de todo lo que padece, no quiere morir, o yo supongo eso porque claro que no me atrevo a preguntar. No sé si quiera vivir solo porque tiene miedo a morir o, tal vez, ni siquiera lo ha pensado y soy yo la única que, parada en este umbral, siente pavor de sus posibles respuestas, y de mis contundentes afirmaciones mentales. Imaginar que el mundo gira sin importarle la ausencia de mi padre me dobla de tristeza, pero me tortura más saber que vidas increíbles están siendo vividas mientras que la de él queda suspendida en la nada, latiendo sin propósito y con un camino de bajada al dolor, a la agonía y a la renuncia total de su individualidad.
Entonces, regresando a la pregunta inicial: ¿Cómo estoy? Estoy en un constante vaivén de pensamientos sobre si existe un momento clave en el que podamos escoger salir del juego de la vida, o si, al encontrarnos frente a esa tremenda muralla, la decisión se vuelva escalofriantemente imposible. Y entonces cedamos a la voluntad del cuerpo; a la voluntad de esta máquina hecha para luchar a toda costa… pase lo que pase, le pese a quien le pese.
8 comentarios
Añade el tuyo →Denise: Ya lo vivi con papá y mamá, uno se fue alargando la vida con 3 operaciones super fuertes. Hasta una amputación
Mi mamá como quería. Un infarto que poco a poco la fue despidiendo.
Yo quisiera irme rápido sin sentir. Y si no que me ayuden a hacerlo
Porque ese brinco hacia el otro lado da mucho miedo.
Gracias por compartir tu experiencia en estos temas tan poco hablados y delicados. Estoy de acuerdo contigo, da miedo soltar. un abrazo.
Los papas si se hacen grandes. O más bien se vuelven pequeños. Mirarlos con ojos de adulto y ver cómo esos superhéroes se van volviendo frágiles es algo para lo que algunos no estamos preparados. Y aunque puede ser cansado es también una oportunidad de cuidarlos, como ellos lo hicieron con nosotros. ¿Escoger salir del juego de la vida? Pienso que siempre es una posibilidad, esa desicion la dejo al de arriba. Gracias por tu texto y por hacerme reflexionar.
Asi eś Verito, gracias a ti por leer y reflexionar conmigo.
Gracias por este texto que pone sobre la mesa un tema tan controvertido pero necesario de hablar y analizar…. El derecho a morir cuando ya no hay más que hacer…
Gracias Gogue, es muy importante para mi mensajes como el tuyo porque me confirma que no estoy sola en estos debate mentales. besos
Que impactante pregunta y sobre todo es muy difícil aceptar la muerte de un ser amado. En alguna parte escuché esto
Morir no es igualmente que nacer, es el ciclo de la vida. Sin embargo aunque el nacimiento es motivo de celebración, es muy difícil aceptar que la muerte es igual de natural, porque aceptar que un ser amado ya no estará con nosotros, es de los peores dolores que hay.
Cuando un ser querido muere, el dolor no solo viene a despedirnos, nos hace cuestionarnos el sentido de la vida, que significa ser una persona, estar vivo, a dónde va todo ese esfuerzo que ponemos en recuperarnos, en sanar, en crecer, en ser felices, a dónde va?
En que convierte lo que hicimos en vida, cuando es momento de partir.
Así es Laura, gracias por tu mensaje y por llevar al análisis este texto.