Llevo dos meses sin escribir.
No sé si se me hayan acabado las ideas, o nada me inspire o si simplemente no supe cómo iniciar lo que quería decir. Lo que si estoy segura es que dejé de escribir porque la vida, de repente, se volvió demasiado grande para ponerla en palabras.
A veces esas palabras me llegan y fluyen con facilidad. Otras veces se quedan estancadas y no logro convertirlas ni en una oración.
En estos días entendí que el silencio no solo es ausencia. También es una forma de intentar habitar aquello que todavía no entiendo. Es aceptar que el duelo necesita respirarse, que la felicidad también se absorbe despacio, que algunas emociones necesitan tiempo para encontrar su lugar.
Vivo en un tiempo que me exige constancia: trabajar, escribir, publicar, compartir, producir, maternar, ser hija, esposa, estar presente. Como si detenerme y ausentarme significara rendirme, abandonar todo o no ser suficiente. En este tiempo me he permitido observar, respirar, disfrutar realmente, entender que lo que me rodea no lleva esta prisa.
Los árboles pasan años fortaleciendo sus raíces aunque nadie las vea. Las flores nacen y algunas viven brevemente, pero eso no deja de hacerlas especiales. La tierra parece inmóvil antes de la lluvia. La luna tiene sus cuatro fases y ninguna intenta saltarse una para llegar más rápido a la siguiente. Las estaciones no terminan; solo son pausas donde la vida se prepara para regresar de una manera diferente.
Quizá yo también necesitaba esta pausa.
No para desaparecer, sino para intentar escucharme, entenderme y volver a encontrarme.
Hoy regreso a escribir sin tener respuestas para todas mis dudas. Comprendí que escribir no consiste en tener algo extraordinario que decir, sino en ser capaz de nombrar aquello que nos atraviesa y compartirlo sin expectativas.
Descubrí que incluso el silencio tiene una historia. Que las pausas también me permiten aceptar que ya no soy exactamente la misma persona. Que este tiempo me ha servido para intentar descubrirme, para reencontrarme con algunas partes de mí que había dejado atrás, o quizá para volver a un yo anterior desde un lugar diferente.
Y eso también merece ser observado.
Ser escrito.