Crónica del respeto a tu madre

Amo vivir mi ciudad con mi hija en estos viajes fugaces: la gente, el ruido de los coches. A un lado de nosotras, un chico de veintitantos, vestido con bermudas y sandalias de cuero, tatuajes, dos shopping bags llenas de tenis Adidas. Adelante, un indigente: ropa sucia, barba, tatuajes, una mochila llena de basura. Se tira un pedo y solo nos reímos discretamente para evitar una confrontación.

Subimos al Metrobús. Respiramos la tranquilidad de viajar a esta hora, sin gente, cómodamente sentadas, disfruto el rostro de mi hija al redescubrir el Ángel. Majestuoso, orgulloso de tener a sus pies tantos visitantes tomándose fotos a su alrededor.

Transbordamos, ingresamos a Reforma 222. Preguntamos algo a la conserjería, la chica distraída e indiferente. Tomamos el siguiente Metrobús que nos lleva por Insurgentes hasta llegar a la Roma, y de inmediato me llegan los recuerdos de mi juventud: Juan Navarro, la agencia, Lety, atravesamos por la Plaza Río de Janeiro, ahí el David en medio de la gente que se sienta a disfrutar del día.

Caminar de prisa. Llegar al Airbnb. Reencontrarme con los edificios. La nostalgia.

Buscamos un lugarcito para comer y nos vamos al Estadio GNP corriendo; se nos hace tarde para su entrada. Tuvimos suerte con nuestro chofer de Uber. Nos cuenta sus anécdotas con famosos y nos pone un playlist inesperado de Harry Styles. Lo vio hace un par de días en Reforma. Esperamos en Dios que en estos días lo podamos topar.

Empieza a llover y llegamos justo a las 3:15 pm. Corremos y solo atino a juntarla con una chica de negro que va hacia la misma entrada. Me siento menos preocupada de que se meta con alguien, aunque sea una desconocida.

Me quedo sola en la calle, en medio de un centenar de personas.

Yo, 52 años, y me siento sin rumbo.

Localizo un lugar donde sentarme y cargar mi celular. Necesito recarga para regresar en unas horas y disfrutar del concierto en otro lugar, a cien metros de ella.

Me pido una michelada en un lugar de dudosa licencia, pido una pluma y empiezo a escribir en este cuaderno. El tipo del lugar me mira extrañado y empieza un ritual de sahumar su establecimiento. No sé si eso me da seguridad o miedo.

Me cobra 130 pesos.

A los 20 minutos empieza a cerrar todo. La mujer que antes me había invitado a pasar me dice que no pasa nada, que hay operativo y tienen que fingir que no hay venta aquí, y que me puedo salir en cualquier momento.

Mi preocupación más grande es que quiero hacer pipí y el baño es un asco.

Le doy tres sorbos más a la michelada con ajonjolí y me largo de ahí. Camino rápido, sin voltear.

Tomo otro Uber a una plaza comercial. Busco una mesa, cualquier mesa, y me como los chilaquiles que sobraron de la comida. Solo necesito un espacio seguro.

El peor miedo me persigue. La tormenta que hay afuera me dice que solo debo estar ahí, cuando mucho, una hora para llegar a tiempo al estadio.

Regreso y camino entre charcos de lluvia y desborde de drenaje. Me doy tres minutos para regalar los freebies que llevamos.

La lluvia no da tregua. Solo pienso en entrar al estadio.

¿Acaso cancelarán?

No sé cómo caminé y caminé en medio de estos ríos de gente y lluvia. Todo es un caos. Mi estómago resiente los chilaquiles.

¡Qué pinche miedo!

Quiero ir al baño de nuevo y resulta que se vuelve el mejor spot donde pasar el tiempo. Mis piernas empiezan a acalambrarse y solo quiero secar mis pies.

La fila de niñas tratando de secarse me exaspera.

Logro secarme un poco. Tiro mis calcetas porque me dan asco y después me arrepiento.

Empiezan los acordes de la telonera y pienso que la entrada del baño es donde hay mejor visibilidad.

Finalmente me siento un poco más seca. Mis pies dejan de estar entumidos.

La gente empieza a gritar.

Da inicio uno de los mejores conciertos de mi vida.

Me decido a salir a la explanada. Sigue lloviendo y me doy cuenta de lo bien que está estar sola, parada en medio de miles de personas, bailando y cantando bajo la lluvia.

Llevo más de trece años escuchando a mi hija enamorada de él. Este día me incluí en esa lista.

Me enamoré de la conexión con su gente, de sus canciones, de su carisma.

Valió cada gota de lluvia que me cayó.

Disfruté que este viaje haya sido un regalo de mi hija, que me invitara a disfrutarlo.

Gracias, Myrca.

Gracias, Harry Styles, por cantar como lo hiciste, valiendo gorro la lluvia. Together. Together.

Gracias a mí por aceptar el viaje y por permitirme vivirlo así.

Viva México, los amo con todo mi corazón.

7 agosto 2026. Ciudad de México. Estadio GNP.

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