Desde la otra mirada

Es curioso. Nos encanta que nos vean. Que reconozcan nuestros esfuerzos, nuestras intenciones, nuestros logros. Para eso sí estamos muy dispuestos a ser observados. Pero ser vistos de verdad tendría que incluir también lo que no hacemos bien, nuestras contradicciones, nuestras fallas, incluso aquello que nosotros mismos no alcanzamos a ver.

Queremos que nos vean, sí. Pero, si se puede, solo cuando estamos brillando.

Cuando la mirada alcanza también nuestras sombras, ya no nos gusta tanto.

Esta semana alguien cercano me dijo algo que no quería ni esperaba escuchar.

No importa tanto qué.

Lo que importa es que, antes de que terminara de decirlo, yo ya tenía varias respuestas listas para justificarme, para argumentar perfectamente por qué actué como actué.

Buenas razones, además.

Porque uno casi siempre puede explicar lo que hizo, lo que dijo, lo que no hizo. El problema es que a veces esas explicaciones ocupan tanto espacio que ya no cabe lo que el otro está tratando de decirnos.

El caso es que queriendo estar, no estuve.
Queriendo mostrar cariño, no logré que lo recibieran.
Queriendo resolver, compliqué más las cosas.

Qué difícil reconocer que me equivoqué justo en aquello que creía que hacía bien.

No es que uno la riegue a propósito. Pero la riega feo. Cuánta ceguera puede caber en las buenas intenciones. Cuánta soberbia.

¿Cómo reconocer el daño sin convertir ese reconocimiento en autocastigo? ¿Cómo aceptar que lastimaste a alguien que no querías lastimar sin hundirte en la culpa ni correr a explicar que no era tu intención?

Perdonarme tiene que ver con aceptar algo nada cómodo: no siempre sé querer bien. No siempre sé estar como el otro necesita que esté. Me equivocaré muchas veces, incluso queriendo hacer las cosas bien.

Tendré que aprender a escuchar cuando me lo digan.

Hay relaciones en las que durante muchos años uno se acostumbra a estar del lado de quien observa, orienta, advierte, incluso corrige. Parece natural. Hasta que un día la mirada cambia de dirección.

Ahora alguien me observa a mí.

Ve cosas que yo no veo. Puede decirme cómo se ha sentido conmigo, aunque no coincida con la forma en que yo creo haber querido. Por más explicaciones que tenga, en eso hay algo que solo la otra parte sabe.

Me toca hacer silencio. Me toca escuchar.

Pienso en cuánto de nuestras relaciones se construye así: dando y recibiendo. No en partes iguales ni al mismo tiempo.

Alguien que me quiere me dice dónde le dolí, dónde no estuve, dónde creyendo hacer bien, lastimé. Que se atreva a decírmelo también habla de cuánto le importa nuestro vínculo.

A veces nos toca dar. Otras, recibir.
Cariño, tiempo, presencia.
O verdades incómodas.

2 comentarios

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Lumela. Me gustan mucho tus escritos. Cada vez que te leo veo esa intensidad tan tuya. Queriendo encontrar las respuestas y tratando de ser mejor.
Me encanta leerte y ver en lo que escribes todo tan tuyo

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