Siempre supe que tendría una hija de nombre María.
Una certeza incomprensible.
Puede ser un apelativo común pero a mí me encanta la fuerza que alberga en tan pocas letras, su mayúscula en forma de montañas y el tono musical que emerge cada vez que sale de la boca.
Durante el embarazo tuve una charla recurrente con Dios:
-Pongo en tus manos el corazón que late en mi vientre. Que se logre con bien.
Que sus ojos vean la luz de este mundo y reconozca mi voz.
-Bien sabes mi profundo deseo por una niña.
Que así sea.
-Una última cosa habré de pedir:
Que tenga cabello acaracolado como las olas del mar para invocar al viento.
Ante mi peculiar insistencia Dios me escuchó.
Llegó con el siglo, a finales de septiembre, en punto del mediodía. La trajeron los ángeles.
En cuanto la tuve en mi regazo susurré: -María, María, María Hasta que mi llamado hizo eco en su alma y supo que había llegado a casa, que yo era su madre y que la espera había terminado.