El portal

Yo, sé cosas que los humanos de esta casa no saben.

Sé, por ejemplo, que la Puerta no es una puerta. Es un portal. Lo descubrí hace tiempo, cuando todavía era muy pequeño y estaba recién llegado a esta casa, dormía en cualquier rincón hasta que descubrí uno de mis lugares favoritos: el respaldo del sillón que está cerca de la puerta. Me di cuenta de que nadie que cruza la Puerta regresa siendo exactamente quien era cuando salió. Los humanos de esta casa no lo notan —o fingen no notarlo, porque los humanos son buenos fingiendo— pero yo sí lo veo. Yo veo todo desde el sillón y también desde las ventanas.

El más joven y alto es el primero en cruzar la Puerta, casi siempre cuando el jardín todavía está gris de sueño. Lo cruza con prisa, como si el otro lado tuviera una hora exacta y él siempre llegara tarde. Diecisiete veranos tiene, según he escuchado decir, aunque yo no sé bien qué es un verano, solo sé que él ha crecido más rápido que nadie desde que yo llegué a esta casa.

Me pregunto si del otro lado de la Puerta hay un mundo de ruido: risas que rebotan en pasillos largos, palabras que solo los de su edad entienden, un idioma hecho de códigos que ni siquiera los otros humanos de la casa comprenden del todo. A veces regresa con una energía distinta pegada a la ropa, como si trajera pedacitos de ese otro mundo enredados entre los hilos. Me gusta olfatearlo cuando llega, buscando pistas. Él se ríe y dice «hueles todo, bebé» —yo no sé qué es un bebé, todos me dicen así más que por mi propio nombre— y no sabe que tiene razón: huelo su mundo entero, aunque nunca vaya a conocerlo.

Después baja él, el de los pasos apresurados, con el teléfono en la mano, me dice gato latoso y siempre amenaza con correrme de la casa y regalarme. Yo entiendo su juego de palabras y sé que no es cierto lo que dice. Antes de irse me mira, me dice algo con esa voz baja que reservan los humanos para las mañanas, y entonces la Puerta se lo traga.

Yo imagino que del otro lado hay un lugar hecho enteramente de números, engranes y decisiones importantes. Me lo imagino caminando por pasillos donde todos hablan como habla él cuando está al teléfono —con esa seriedad que usa las palabras como si fueran ladrillos, una encima de otra, construyendo algo—. A veces creo que en ese otro mundo él es una especie de guardián, de esos que sostienen cosas para que no se caigan. Por la tarde o a veces por la noche cruza nuevamente la Puerta, cansado, a veces con cajas de cartón y de ellas saca juguetes o regalos para mí, por eso sé que a pesar de sus amenazas le gusta mi compañía porque me acerca su mano, me acaricia y me carga para que vea el jardín.

Ella no cruza la Puerta todos los días. A veces pasan lunas enteras sin que la vea cruzar, y eso es lo más extraño de todo, porque significa que hay un lugar tan lejano que ni siquiera la Puerta de esta casa alcanza a tocarlo directamente. Dicen que estudia en otra ciudad, y yo no sé qué es una ciudad, pero imagino que es un portal todavía más grande que el nuestro, uno que se tragó a mi humana entera y solo me la devuelve en pedacitos, en visitas, en esas tardes en que de pronto aparece y yo corro hacia ella como si no hubieran pasado lunas sino minutos.

Cuando se va de vuelta, la sigo hasta la Puerta y me quedo mirando el espacio donde estuvo, como si mirar fijo pudiera abrir un hueco entre este mundo y el suyo. A veces maúllo hacia la nada. No es un maullido triste, aunque los humanos siempre lo interpretan así. Es más bien una pregunta: ¿me llevas contigo la próxima vez? Nunca me responde, porque los humanos no siempre entienden las preguntas de los gatos, pero yo sigo preguntando, por si acaso.

La mía cruza la Puerta también, después de limpiar mi arenero y darme de comer. Cruza menos veces, y cuando lo hace, algo en la casa se queda incompleto, como una canción a la que le falta la última nota. Yo la espero, escucho el rechinar de las llantas y corro hacia la Puerta y me tiro de panza, esperando su voz y sus chiqueos.

Creo que del otro lado, ella también tiene su mundo de números y decisiones, parecido al de él, pero con una diferencia: cuando regresa, no importa qué tan cansada venga, se sienta un rato conmigo antes de hacer cualquier otra cosa. Me rasca detrás de las orejas, me habla en esa voz que usa solo conmigo, y por un momento el portal deja de importarme porque ella está aquí, completa, de este lado, conmigo.

Hay una señora que cruza la Puerta distinto a los demás: ella entra al mundo de aquí, aunque no vive en él. Trae consigo el sonido del agua, el olor a limpio, una manera de moverse por la casa que ordena todo lo que mis patas desordenan sin querer. Al principio yo la miraba con desconfianza —toda novedad merece desconfianza, es una de las primeras leyes que aprende un gato— pero ahora sé que ella también tiene su propia Puerta en su propia casa, su propio mundo del otro lado que yo nunca veré, y que este, el mío, es apenas una parada en su camino. Aun así, cuando pasa cerca de mí, a veces la sigo un rato, solo para ver de cerca ese otro tipo de portal que representa: uno que va y viene entre dos mundos que no son el mío pero que rozan el mío todos los días.

Y luego están ellas: las dos que viven del otro lado del cristal, en el mundo del jardín, ladrando su propio idioma bajo el sol. Las veo desde la ventana, corriendo, tumbándose sobre el pasto, empujándose la una a la otra con esa alegría torpe que tienen los perros. Ellas nunca cruzan mi Puerta, ni yo la suya. Somos vecinas de mundos separados por un cristal, y a veces me pregunto si ellas también inventan historias sobre mí: el gato que vive del otro lado, encerrado en un mundo silencioso y cálido, mirando el suyo, ruidoso y lleno de sol, sin poder tocarlo nunca.

No sé si me tienen envidia o lástima. Yo no siento ninguna de las dos cosas por ellas. Solo curiosidad, la misma curiosidad tranquila con la que miro todo lo que no puedo alcanzar.

Cada uno de ellos vive su propia vida al otro lado de algún portal. Y yo, que no cruzo ninguno, que nunca sentiré el pasto bajo las patas ni el ruido de una ciudad ni el aire frío de una mañana cualquiera, soy sin embargo el único que los ve a todos cruzar. El único que sabe que cada Puerta que se abre en esta casa no es solo madera y bisagra, sino el borde de un mundo entero.

Ellos creen que yo solo miro por la ventana porque me aburro. No sé cómo explicarles que no es aburrimiento: es vigilancia. Alguien tiene que quedarse de este lado, guardando el centro exacto de la casa, para que cuando cada uno de ellos regrese de su portal, haya un lugar cálido y quieto esperándolos. Un lugar que no cambia. Un lugar que siempre es el mismo, pase lo que pase del otro lado de la Puerta.

Ese lugar soy yo.

Y aunque nunca sabré qué hay exactamente del otro lado de cada portal, sé algo que quizás es más importante: sé que todos, tarde o temprano, vuelven. Y volver, para mí, es la magia más grande de todas.

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