Una mujer ordinaria en una realidad extraordinaria

Hace casi un año, mi entorno es el mismo: sillón gris aterciopelado, mullido y recién tapizado. Sus cojines palo de rosa, marino y amarillo mostaza, me abrazan sumergiéndome en ese abismo que bulle con tantos relatos por compartir. Ahora estoy frente a la pantalla del ordenador.
El cursor titila en tono apremiante esperando la orden para deslizarse, como si patinara por una pista blanca, pero yo permanezco inmóvil. Mis dedos los siento helados, rígidos, la culpa no es del clima, sino de la carencia de voluntad para comenzar a escribir.


Me descubro observando mis dedos: el índice de la mano izquierda está agrietado; la piel, quebradiza, punza y arde. Más de un mes con una dermatitis que no logro controlar. Debo ir al médico, pero se me paran los pelos de punta solo de pensar salir de mi casa, entrar a un consultorio, rodearme de gente
extraña, escuchar que me hablan mientras veo una explosión de saliva brillar a contraluz. Aun así, sé que debo ir porque la afección ha sido intermitente a lo largo de casi doce meses.


La primera vez que experimenté esta dermatitis fue cuando le pedí a Luisa, la señora que me ayuda con la limpieza, que dejara de venir. En ese instante, sentí cómo me crecía un vacío en el estómago, me imaginé con las cubetas y el trapeador recorriendo la casa. Por cuatro meses hice la limpieza, mal hecha, pues más tardaba en limpiar una zona cuando otra ya se había ensuciado, y ni hablar de los baños y de los kilos de ropa que se multiplicaban como bacterias. Los trastes tampoco se acababan nunca, pero me gusta lavarlos: es un tiempo en el que mi imaginación corre; es como si el agua que cae del grifo fueran los muros de la conciencia fluyendo desbocados y liberando mis pensamientos. Imagino, pienso, resuelvo el mundo… Cuando vuelvo a ser consciente, he terminado de lavar. Como en todo equipo, repartí el trabajo: dividí la casa para que mis hijos y mi marido se hicieran responsables de unas zonas —claro que no quedaba reluciente, pero sirvió para que vivieran en carne propia la friega que es. Ahora ya
no querían ni abrir las ventanas, para que no entrara polvo; y cuando el calendario marcaba inevitablemente la repetición de la faena, gritaban al unísono:


—¡Pero eso ya lo limpiamos la semana pasada!
—Pues sí, mis pequeños Esperancitos, así es esto: se repite y se repite, como bucle perdido en el universo —les respondí.


Volviendo a Luisa, le pedí que descansara no por capricho mío, sino por el bien común, ese bien anhelado que va más allá de uno mismo. Con todo lo que se hablaba del virus, la cuarentena y la cadena de contagios, en casa preferimos seguir cada una de las indicaciones de la Organización Mundial de la Salud. Pero con cada cubetada que daba, comenzaba a brotarme dermatitis en los dedos. Para protegerlos, usé guantes, luego doble guante. Me lavé con jabón neutro. Los mantenía hidratados, pero como si hubieran sido criados en cuna de oro, se resistieron a sanar, el dedo pulgar empeoró. Pasaron los meses y el semáforo de contagios disminuyó; Luisa regresó y mi dedo sanó.


Ahora, mientras espero que la inspiración me atrape —a lo mejor me haría bien lavar unos trastes—, percibo mi nuevo dedo enfermo como una representación del mundo en estos tiempos: frágil, quebradizo y deprimido.

Por instinto de supervivencia y negación, me dije a mí misma que si el virus llegaba a México duraría solamente unos meses. Después pensé que vivíamos una historia de ciencia ficción. Me imaginé contándoles lo sucedido a la gente del futuro a través de mi diario, escondido detrás de un mosaico roto en la pared, pero no sería en papel sino en un dispositivo electrónico. Ese día escribí en mis notas:


23 marzo 2020
Estamos en el día 7 de la cuarentena, por si no lo sabes y te encontraste esto. Te informo que se desató una pandemia porque no se han podido controlar los contagios del covid-19. En China ya lo superaron, pero en España e Italia está fuera de control. ¡En Italia ha muerto muchísima gente! ¡Me sorprenden las
cifras! Casi 800 el día de ayer, ¡en un solo día!
Dicen que el virus mata a la gente de la tercera edad y a la enferma, pero no lo creo, más bien pienso que es una gran urna llena de pelotas de bingo y en la que, tristemente, sale sorteada la muerte. Claro que hay organismos más propensos, pero lo que quiero decir es que esta enfermedad es nueva para todos y que conforme avanza se va conociendo. Espero que la gente que se ha curado no padezca secuelas en los pulmones —dicen que afecta su funcionamiento alrededor de 30 %. En fin, tantas cosas que se dicen, tantas cosas que se leen, tanta información que fluye de todos lados. A veces es tan agobiante, y sin darte cuenta caes en ese torbellino de ‘posts’, noticias y comentarios que terminas
reenviando, siendo así parte de ese mismo efecto.


Al releer mis palabras me digo que todo es paulatino, que tanto las rutinas como las situaciones extraordinarias se vuelven parte de uno. Creo que el proceso de escribir es igual: la idea germina poco a poco, y cuando menos te das cuenta ya has plasmado historias que desconocías.

Veo el reloj frente a mí. Sus manecillas de latón me indican que llevo dos horas frente al ordenador; dos horas, dos párrafos. Ahí la llevo: a este paso terminarán de vacunar a toda la población mexicana antes de que yo concluya mi escrito. Decido levantarme del sillón y hacer esa llamada al doctor —que tanto
he postergado.

Llamo al número que aparece en mi pantalla: Dra. Velázquez.

Suena y suena. En lo que contestan analizo al paciente en cuestión: el dedo sentenciador, con el que señalo, con el que muchas veces pedí la palabra, con el que condené a alguno de mis hijos. Entre todo ese pellejo escamado encuentro figuras, caritas, la forma del algún estado de la república —creo que es Oaxaca. Por fin, responde una voz aterciopelada, mecánicamente amable, que me informa que la doctora puede recibirme hasta mayo. No reservo, pues en mayo seguramente ya no tendré un dedo que atender. Marco a la siguiente recomendación; contestan inmediatamente, pero habrá citas dentro de
una semana. Y yo que creía que los dermatólogos no estarían tan ocupados como los demás médicos, pero luego pienso que es obvio que su agenda esté saturada, ya que el uso del cubrebocas provoca reacciones en la piel. Acepto el primer espacio disponible y cuelgo con la sensación de haber triunfado: un pendiente menos. Ahora solo queda esperar a que llegue el día.


Camino hacia mi cuarto y al llegar me recuesto en la cama. Leo las notas que escribí al inicio de la pandemia:


1 abril 2020
Todo el día cómoda, en ropa deportiva, pienso hacer ejercicio a alguna hora. No importa si es por la tarde o a mediodía, lo importante es darme ese espacio para sacar tanta energía contenida que antes salía con el estrés diario, el ir y venir, el pensar constantemente qué sigue por hacer. La adrenalina de los partidos de los niños; las endorfinas producidas por convivir con los amigos, el trabajo, los
pendientes…


En una entrevista Mario Benedetti dijo que en los años sesenta el buen uso del ocio permitía sentarse en los cafés, en los parques o plazoletas con los amigos y colegas para enterarse qué ocurría en sus vidas y, de ser así, prestar ayuda a quien la necesitara, ejerciendo el servicio social y fortaleciendo la comunidad. El poeta concluye que el capitalismo de los 60´s orillaba a las personas a vivir a un ritmo vertiginoso, con una preocupación excesiva por lo material. Y en esa carrera continuábamos a toda velocidad hasta que topamos con pared en 2020. Tras el impacto nos pasmamos (re)descubriendo nuestras prioridades y cuestionándonos cuál es el propósito real de nuestra existencia como especie y como individuos. Dándole vueltas a este pensamiento, dejo el celular a un lado —me siento hostigada por él. Deslizar por la hilera de publicaciones de las redes sociales se vuelve mecánico, también el saltar de historia en historia. Me imagino que es parecido al zapping cuando se tiene contratado el plan completo de televisión privada, sin ver nada en especial.


Bajo de la cama, camino descalza; siento el piso helado, un escalofrío me recorre. En el baño prendo la tina y espero a que llene. La caída del agua me reconforta, pero al mismo tiempo siento culpa por su desperdicio. Aun así, esto no me detiene y la dejo correr hasta conseguir la temperatura ideal para mí, para «pelar pollos», dicen. El ocio también nos permite enfocarnos en aquello que rara vez hacemos. Enciendo las velas con aroma a vainilla. La flama destella ocultando lo negro del pábilo. Dejo caer la ropa al suelo, introduzco con cuidado primero los pies y luego el resto del cuerpo. Cuando vemos esta escena en las películas parece tan sensual y relajante, pero en la práctica te agarras con uñas y dientes de los bordes y la pared.


Me relajo en la tina. ¿Cómo un lugar tan sencillo puede brindar tanto placer? Es un espacio íntimo donde mi mente vuela y logro escapar de estas cuatro paredes. Tomo el libro que había dejado en una orilla, leo unos cuantos capítulos y no puedo evitar que mi mente divague. El protagonista es tan sensual. Me toco, toco esos lugares donde se encuentran la imaginación y el deseo. El deseo de disfrutar mi desnudez, mi libertad y mi cuerpo. Me gusta mi cuerpo, me gusta seducir, me gusta complacerme. Tan compleja y abundante es la sexualidad, y tan solo probamos lo que se nos permite. ¿Qué tan difícil es romper las formas y los estereotipos sin rebasar tu naturaleza, esa que se transforma, evoluciona con cada caricia y cada orgasmo que se provoca? Fluir en un mar de placer sin pensar ni hablar, tan solo sentirme en el éxtasis. Repito en mi mente la escena que leí, pero le agrego una parte erótica. Me gusta imaginar a los personajes que me provocan y me estimulan. Me gusta sentir su placer, y con cada caricia mi cuerpo se crispa. Si una de esas caricias me tocara, seguramente la disfrutaría y sabría acoplarme a la coreografía de ardientes pasos. Llega mi esposo a mi cabeza, en lugar de sentirme culpable, lo invito a que nos unamos para dejarnos llevar en lo profundo, en el alma, en el corazón.

Cuando salgo del baño ya es tarde. Mis manos están viejitas por el agua, pero mi dedo índice ahora no me da tantas molestias. Me ato la toalla al cuerpo y doy por terminado el día.


Setenta y dos horas han pasado desde que programé la cita con el médico. Hoy el dedo está hinchado y no logro cerrar el puño por completo; la uña me punza como si fuera a desprenderse. No he tenido tiempo para sentarme a escribir, pero ahora sí estoy lista para que fluyan las palabras: mi cerebro está
inflamado de creatividad, pero el trabajo y los niños no me han permitido darme ese espacio. Caprichosa es la escritura, que mantiene al escritor esclavo de sus vaivenes.


Entrelazo pensamientos; entonces recuerdo la ansiedad que padecí al enterarme de que los niños ya no podrían asistir al colegio; las clases serían en línea, por lo que estarían todo el día en casa. Tan solo imaginarlos todos los días pegados al Xbox me sacó canas. Y creo que los chats de mamás de la escuela
también contribuyeron a que me volviera un poquito loca —cómo podemos llegar a ser tan poco empáticos ante una crisis—, pues exigían clases impartidas perfectamente y sin desperdiciar el tiempo de la jornada, porque alegaban que ya se había pagado por el servicio. Muchas no fueron capaces de ver todo lo que tuvo que modificarse: la creación de una estructura diferente de enseñanza —y ni hablar de las pobres maestras, pues algunas no sabían ni mover el mouse, pero estaban obligadas a capacitarse en el uso de una aplicación, y además mantener entretenidos a los chamacos. En mis notas escribí sobre esto:


15 abril 2020
Me ha costado, pero esta semana mientras leía un libro pensé: en tiempos de guerra y posguerra la educación escolarizada no fue una prioridad. Caí en la cuenta de que antes de la pandemia lo primero para mí era la educación de mis hijos: cumplir al máximo con la escuela y que absorbieran todos los
conocimientos que su grado exige, pero llegó el famoso covid-19 y me hizo replantear mis prioridades. No estamos en una guerra armada, pero sí en una que nos obliga a reestructurar nuestro plan de vida y nuestras exigencias.
Sí, es verdad que llegarán con lagunas al año siguiente; es verdad que en casa no podremos enseñarles lo que corresponde; es verdad que los maestros, por más que quieran, no podrán impulsar las facultades de cada uno de sus alumnos. También es verdad que las escuelas no podrán ofrecer los servicios que normalmente nos proveían. Y por todo esto es momento de que cambiemos nuestras expectativas y nos replanteemos qué es lo que realmente vale la pena que nuestros hijos aprendan.
No enumeraré una lista con miles de lecciones que hemos recibido todos los días durante este tiempo, porque estoy segura de que otras madres y padres ya son conscientes de ellas a través de la mirada de sus hijos o del transcurrir de las horas. Pero lo que sí diré es que hoy no busco que mis hijos aprendan todo, ni tampoco busco exprimir la colegiatura que tengo que pagar, porque comprendí que la adaptación a las circunstancias implica no aferrarme a la ahora llamada «vieja normalidad». Soltar y confiar.


Y así ha acontecido casi un ciclo escolar completo. A la fecha, los que asimilaron todo más rápido fueron los niños. Debo reconocer que los colegios han hecho lo suyo para mantener un buen programa, logrando que el alumnado se acostumbre a esta nueva modalidad. El gobierno, dentro de sus posibilidades, implementó en las escuelas públicas una telescuela durante el día por medio de diferentes canales televisivos. Aparentemente parece muy buena la idea, pero en la realidad no lo es: muchos de esos niños están solos porque ambos padres deben salir a trabajar —si han tenido la fortuna de conservar sus empleos. Además, la cuestión de la alimentación en ciertos sectores sociales resulta clave, pues si no hay dinero para comprar suficiente comida, ¿sus hijos cómo podrán rendir en las clases y el estudio? Me angustia la polaridad tan grande que habrá en esta generación: los que tienen los recursos aprovechan para tomar clases extracurriculares en línea, o contratan profesores particulares para que los ayuden con las materias; mientras en el otro sector no saben si mañana podrán desayunar. ¿Qué nos toca hacer para cerrar esta brecha entre unos y otros? Mientras escribo esto miro a mis hijos. Uno toma clases de piano por medio de Zoom. Las teclas de marfil y obsidiana retumban en sintonía. Los deditos se estiran para alcanzar cada acorde, y poco a poco «Balada para Adelina» toma sentido y vibra en mi pensamiento; no dejo de tararearla, como si sus tempos se hubieran integrado a mis neuronas. Mi otro hijo toma clases de Física y «Mate» para evitar sufrimientos a la hora de los exámenes. Escucho sus dudas, no entiendo nada y lo imagino en una oficina de la nasa coordinando el despegue de una nave espacial a Marte. Entre él y el profesor hay un diálogo que me suena a un idioma irreconocible. Me llena de tranquilidad saber que entiende. Somos afortunados: esta pandemia ha sido muy benévola con nosotros, pues tenemos trabajo, salud y tiempo para disfrutar de los pequeños momentos.

Mañana es mi cita con el dermatólogo, justo a tiempo porque la uña está morada, como machucada. Necesito estar distraída para no pensar en esto. Evito a toda costa consultar en internet sobre los síntomas de las enfermedades de la piel. Me concentro en lo que haré de comer: pescado a la mantequilla con ajo y cilantro, bañados en crema de champiñones. El filo del cuchillo rebana con tanta suavidad, pero la poca presión que debo hacer me produce pequeños calambres que me recorren el dedo, extendiéndose por toda la mano. Ignoro esto entreteniéndome con el olor sazonado de la mantequilla con ajo. Es hora de agregar el cilantro, pero al abrir el cajón de las verduras descubro que no hay. Salgo a comprar.


He manejado tan poco este año de encierro que cada vez que me subo al coche experimento una sensación de extrañeza en el asiento, como si me quisiera expulsar, pero conforme avanzo y enciendo la radio, mi cuerpo se adapta a la máquina y disfruto el trayecto. Miro a la gente caminar por la calle, a la espera del camión o en la fila de algún puesto; ya me acostumbré a ver que no todos usan cubrebocas —también a no reconocer los rostros de quienes lo usan. Antes pensaba que este accesorio nos mermaba identidad y que era difícil empatizar con un extraño sin mostrar una sonrisa, pero aprendí que los ojos y una mirada sincera transmiten lo mismo. Recuerdo la primera vez que salí a la calle tras un mes de encierro debido al semáforo rojo.


17 abril 2020
Hoy salí más allá del Oxxo. ¡Me topé con una realidad paralela a la que yo vivo! Tiendas abiertas, mucho tráfico, gente trabajando, otro tanto paseando; todos haciendo su vida normal. No lo entiendo. Al estar afuera me sentí mal, se me revolvió el estómago, tenía ganas de vomitar, me dolía la cabeza. Me sentí extraña en mi propia ciudad, en todos los sentidos. ¿Es inconsciencia?, ¿necesidad?, ¿necedad?, ¿ingenuidad? O ¿todo junto y revuelto?

Mientras, aquí, siento que este mundo cambia, que después de esto seremos otros, el mundo será otro. Me atormenta la huella humana en el planeta —que ahora se ha tomado un respiro—, me entristece que seamos los culpables de enfermar a nuestro mundo. Pero, realmente, ¿qué hago para cuidarlo? Pensar
en regresar a las playas me encanta, aunque de inmediato pienso que con nuestro regreso los animales y la naturaleza en general volverán a sufrir por nuestra huella. ¿Seremos capaces de coexistir? ¿Deberíamos alejarnos de las playas, montañas, ríos, selvas…?
En fin, estamos en el día 31 de la cuarentena. Tal vez los niños regresen a clases el 30 de mayo. ¿Qué tantas cosas ocurrirán durante mes y medio? Aunque no nos movemos del mismo lugar, siento que suceden muchas cosas diferentes cada día. Estoy contenta, aunque a veces me pregunto qué pasará con la economía, con el trabajo de mi mamá; ¿las ventas subirán para nosotros? A todo lo anterior le doy espacio un rato y después pienso en otras cosas: fluir con el día y con la vida. Nada es fortuito, así que confío en que las cosas son como tienen que ser para nuestro futuro.
A veces siento que esta pandemia es un velo invisible: unos piensan que no existe debido a su transparencia; otros han quedado enredados en sus hilos traslúcidos, asfixiándose.


Al regresar, termino de cocinar y el día transcurre sin novedades. Toda la tarde la paso escribiendo. Mis dedos bailan sobre el teclado, excepto el índice, el único quieto que se alza sobre todos los demás para no ayudar —está fatigado y enfermo. Siempre me he considerado una mujer de muchas palabras,
desordenadas la mayoría de las veces; creo que es por eso que disfruto escribir, para ordenarlas y trenzar una idea con la otra. Empiezo la noche con la sensación de tener casi concluida mi historia.


Por fin llegó la cita con el dermatólogo. Después de atravesar por todos los filtros sanitarios de la clínica —que me hicieron sentir en aduana de aeropuerto gringo—, entré al consultorio donde una señorita con careta y cubrebocas KN95 negro me extendió una hoja en la que debía anotar mi historial clínico. Hace tanto que no escribía a mano que me dio pena ver plasmadas mis palabras —hasta las patas de araña son más rectas y uniformes que lo que escribí. Siempre me he preguntado por qué en los formularios hay espacios tan cortos para respuestas tan largas. Soy una persona sana, con dos o tres cositas que mencionar, pero me es inevitable pensar en aquellas personas que su lista de enfermedades es más
extensa, ¿cómo le harán? ¿Escriben al reverso y luego piden una hoja blanca? Me llamaron por mi nombre y guiaron mis pasos hasta la puerta del fondo, que abrió la asistente para encontrarme con el Doctor Hernández. Recordé una estadística que decía que el apellido más común en México es Hernández. El médico me recibió con exagerada amabilidad, condescendencia y un tono de «hazte para allá, no me vayas a saludar de mano». Tomé asiento donde me indicó. Observó mi dedo a través de una lámpara con lupa integrada. Después de varios minutos en silencio, me invitó a sentarme frente a su
escritorio.


—Abra su mente —dijo. Inmediatamente, captó toda mi atención.


Salgo de ahí 40 minutos después con una hoja llena de explicaciones sobre cómo debo cuidar mi piel y una receta con cuatro medicinas distintas. En la parte superior derecha, a manera de título, dice: «Diagnóstico: Dermatitis por contacto», que para entendimiento de todos significa que tengo reacciones alérgicas leves pero constantes cada vez que froto fuertemente mi piel, o si la pongo en contacto con productos abrasivos o alcalinos. También cada vez que uso ropa con cierto tipo de tela. La suma de todos estos factores provoca que mi cuerpo no aguante más y lo manifieste por medio de descamaciones. Pienso en todo esto mientras tomo mi bolso y me apresuro a salir. Suena mi celular, peleo con el fondo de mi bolsa que atrapa mi mano, esconde el teléfono y enreda mis dedos con todo menos con lo que quiero agarrar. Por fin alcanzo a decir «bueno» antes del último timbrazo. Es mi mamá, me cuenta que necesita un plomero porque parece ser que hay una fuga en la pared. Después de platicarle mi día, quedo en ayudarla a buscar alguno con las tres B: bueno, bonito y barato.
Por cierto, la sociedad actual —hipersensible— considera vulgar esta expresión,
pues según ellos no debemos pedir que sea barato, sino de buena calidad y se
corresponda con el precio. ¡Estoy de acuerdo, gente! Es solo una expresión que
a mi entender expresa concisamente eso mismo.


29 abril 2020
¡¿Por qué nos hemos vueltos tan sentidos y blandos como sociedad?! ¿Es así o solo es mi interpretación? Por la mañana leí en uno de los grupos de ventas de Face una publicación en la que solicitaban un carpintero «bueno, bonito y barato». Tras leer los comentarios, me sorprendió la polémica que se armó por esto.
Muchas señoras expresaron juicios de valor y calificaron como errónea la manera de expresar lo que necesitaba la interesada. Las opiniones variaron entre quejas respecto a que gente como ella perjudicaba los negocios, al preferir lo barato sobre la calidad; mientras otras le «recomendaron» que cambiara «barato» por «precio justo».
Las redes sociales nos convierten en expertos jueces anónimos, porque nos perdemos entre el rebaño. Yo me pregunto, ¿si tuvieran que expresar cara a cara sus opiniones, dirían lo mismo?
Debemos dejar de buscarle al lenguaje dobles intenciones; a veces las palabras son simplemente eso, sin más fondo.


Llego a casa luego de haberme detenido en la farmacia más solitaria que encontré a mi paso. Ahora tengo el kit para rescatar a mi pobre dedo índice agonizante. Hace un año la economía de mi mamá también agonizaba. La empresa donde labora estaba cerrada al igual que todas las sucursales; ella supervisa dos. En consecuencia, los dejaron sin sueldos, pero a cambio les dieron a vender mercancía para que sacaran lo que pudieran. Fue prueba superada porque a lo largo de tres meses nos movimos muchísimo vendiendo lo suficiente para que ella estuviera tranquila. Gracias a Dios su trabajo regresó a la normalidad, pues ya no habríamos sabido a quién más ofrecerle. Así como este negocio, cientos
de miles aún se encuentran a punto de desaparecer, si no es que ya muchos sucumbieron devorados por la crisis financiera mundial.

Me tomo la primera pastilla mirando mis notas de reojo:


6 mayo 2020
Debo aceptar que mis más grandes preocupaciones en la vida son la salud de mi papá y la economía de mi mamá. Son las cosas que me imposibilitan estar tranquila. Quisiera ayudar más, curar, hacer magia y hacerlos sentir como se merecen: plenos, realizados, contentos, sanos. Hago lo que está en mis manos
y lo que creo que esté bien en ese momento. Quizás lleguen arrepentimientos en el futuro, no lo sé.


Todos los seres humanos somos tan imperfectos; algunos intentamos mejorar cada día y superar lo que nos marcó, lo que nos dolió. Intentamos tirar las navajas con las que muchas veces, sin quererlo, lastimamos a los que más amamos.


Este aislamiento nos ha enfrentado sin tapujos a nosotros mismos. Ha sido una gran prueba también para los matrimonios. Antes había un escape para expulsar enojos, frustraciones y malentendidos, pero ahora todo se acumula en las paredes de la casa como dentro de una olla de presión. Aunque tengo la
fortuna de mantener una relación estable con mi esposo, hemos atravesado por situaciones estresantes en las que nos hemos querido ahorcar o echarnos a la calle. La pareja que lo niegue, miente: todos, tarde o temprano, llegamos a un punto en que cuestionamos el rumbo de nuestra relación.


Estoy agradecida porque el entendimiento y el amor han ayudado a resolver cualquier problema que se haya presentado, pero ¿qué sucede con los matrimonios que no lo logran?, ¿con los que viven un infierno dentro de casa? Las estadísticas confirman que la violencia doméstica y los divorcios han
aumentado durante estos meses pandémicos —no lo dudo ni tantito.


15 mayo 2020
Hoy peleamos. Hoy no encontramos un punto medio. Hoy no fuimos capaces de dialogar. Cada uno habló su monólogo sin hallar tierra neutral. Me dijiste que SIEMPRE te uso como amenaza cuando los niños no me hacen caso. Yo trataba de explicarte que la palabra «siempre» es muy tajante; que si hacía eso no era conscientemente o con la intención de ponerte como el malo, pero resultó inútil porque no logramos darnos a entender.
En tu rostro vi enojo, frustración y coraje. Me dolió pensar en todas las veces que me he sentido igual; esos momentos en que se me nubla la razón y soy incapaz de pensar en tus cualidades y en todo lo hermoso que me das. Hoy te sentiste así: me miraste como a una extraña, como a una enemiga que busca sabotearte. Créeme cuando te digo que jamás me atrevería a dañarte, así como sé que tú tampoco lo harías.

Somos dos piezas, dos piezas marcadas por el tiempo.
Nuestras cicatrices nos separan,
nuestro amor nos transforma.
Eres mi timón,
eres mi ancla,
eres quien sopla mis alas.


Han pasado 24 horas desde la cita con el médico. Con la primera dosis de medicamentos noté cómo se desinflamó el dedo y cómo lo morado empezó a disminuir; creo que mañana será un día mucho mejor. Debo tener muy en cuenta no abandonar a la mitad el tratamiento, aunque me sienta bien —debe durar 12 días, sin pretextos. Mientras, me acomodo en mi sillón y releo la última nota de mi diario electrónico.


28 mayo 2020
Cuando todo esto pase, quiero salir a abrazar con ganas, besar sin miramientos y tomar de la mano sin miedo. Quiero sentir el aire en mi cara y redescubrir sonrisas que había olvidado. Anhelo invitar una taza de café sin pensar en desinfectar todo. Deseo hacer fila a la mexicana, toda chueca, hecha bolas,
sin preocuparme por la sana distancia. Quiero que tú y yo podamos disfrutar de esa libertad que se vio herida. Deseo que ya no nos preocupemos por tus muertos o mis muertos. Anhelo que pronto podamos decir que como sociedad nos equivocamos, pero que corregimos y vencimos.


Diez meses y el bicho sigue… Y yo continúo apretándome el corazón por los enfermos que pululan, y practico el complicado ejercicio mental de no juzgar y de ser lo más empática posible con los demás, ya que hoy estamos sanos, no sabemos si mañana…


Suena el teléfono. Escucho la voz de mamá entrecortada por los sollozos incontrolables. Lo único que alcanzo a entender es:


—Tu hermana se contagió y le cuesta trabajo respirar.

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