Tatiana Tibuleac: El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes

“Callábamos ambos casi gritando, 

y nuestro silencio era más pesado que cualquier ruido.”

¿Una madre puede despreciar a su hijo? 

¿Un hijo puede odiar a su madre? 

El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes nos deja ver cruda y honestamente que si. 

A veces nos cuesta entender que no solo por ser madres merecemos el amor de nuestros hijos. La infancia que les formamos cuando su felicidad y bienestar depende de nosotros es vital. Lo anterior sería muy fácil si no respondiéramos a nuestra propia historia de vida, nuestros traumas, miedos e inseguridades. 

Tuvimos la oportunidad de platicar con Tatiana Tibuleac vía remota. Conocimos su proceso de escritura, el cual para este libro fue casi mágico. Nos comentó que simplemente sintió la urgencia de sentarse a escribir, ya que pasaba por un momento personal complicado relacionado con su maternidad, y que no pensó ninguno de los detalles que forman la estructura de la obra. Cabe mencionar que ella es periodista de profesión y, aunque es muy humilde para reconocerlo, seguramente esto la llenó de recursos para poder crear sin pensarlo mucho. 

Al preguntarle porqué creía que tantas y tantos lectores se identificaron con su libro a pesar de ser culturas totalmente diferentes respondió que los sentimientos que inundan son los mismos, que la maternidad es un tema que muchas veces se vive en solitario. La diferencia con Latinoamérica es que, muy a nuestro modo, hablamos, gritamos decimos lo que nos sucede pero que en países como Alemania no es así, los sentimientos de insuficiencia, culpa, carga emocional, etc. los viven en silencio. Y que al tener una historia que las hace sentirse vistas crea un lazo profundo y la sensación de ser entendidas por alguien más. 

Que tantas personas de diferentes países hayan podido leer este libro es gracias a las y los traductores. De hecho, para mí son también escritores porque su trabajo va más allá de pasar un texto de un idioma a otro, tienen que saber transmitir la esencia del texto, lo cual no debe de ser fácil. Marian Ochoa de Eribe es la responsable de que podamos leer en español esta maravillosa historia. Ella nació en Bilbao en 1964.  Es Doctora en Literatura Comparada por la Universidad de Deusto y fue lectora de lengua española en la Universidad Ovidius de Constanta (Rumanía) entre 1993 y 1997.

 Tatiana Tibuleac es moldava. Al hacer una pequeña investigación de su país de origen aprendí que el territorio que ahora es la república de Moldavia estuvo bajo control turco otomano desde el siglo XV, hasta su anexión por parte de Rusia en 1812. En 1918, fue reocupado por lo que se había convertido en Rumania. Después, fue ocupada por la Unión Soviética en 1939 y en 1940 se organizó como la República Socialista Soviética de Moldavia. Moldavia se reincorporó nuevamente a Rumania entre 1941 y 1944, pero en 1944 pasó nuevamente a los soviéticos. Con la desintegración de la Unión Soviética, Moldavia declaró su independencia el 27 de agosto de 1991. 

La variedad del rumano hablado en Moldavia es el dialecto moldavo, que también es hablado en el noreste de Rumania. Los dos países comparten el mismo estándar literario. En efecto, pocas diferencias pueden encontrarse entre el rumano estándar de Moldavia y el rumano estándar de Rumania. Pero antes de esto, Moldavia sufrió mucho culturalmente hablando, ya que hubo una época que tuvieron prohibido hablar su idioma natal, celebrar sus festividades y sentir su tierra como propia. Fueron obligados a aprender ruso, de hecho muchos ciudadanos se rehusaron aprenderlo, perdiendo los derechos de ser ciudadanos activos. Este es el caso del papá de Tatiana, quien murió sin hablar una sola palabra de ruso a manera de protesta. 

Ahora sí, hablando del libro que nos compete. Comienza con Aleksy, adolescente con un desorden psicológico, diciendo lo mucho que detesta a su madre, lo único que reconoce que tiene hermoso son sus ojos verdes. Estos sentimientos se acrecentan cuando ella le pide que pasen el verano en un pueblo al norte de Francia. Estando ahí, le revela que está enferma de cáncer. 

Narrada en primera persona a modo de testimonio Aleksy recuerda ese verano. Todo lo que leemos cobra más fuerza cuando entendemos que, como ejercicio terapéutico, él mismo es el que escribe. Es decir, el mismo libro se convierte en personaje. 

“Ella quería un verano.  Un último verano para vivirlo también ella como un cáncer rabioso. Un verano para morir viviendo hasta el final.”

Esta historia podría sonar ordinaria y desgastada, pero la escritora logra desnudar los corazones de los lectores con la prosa llena de poesía que utiliza. Aunque se mantiene constantemente en el espectro de lo depresivo y nostálgico hace que descubramos la compasión y el perdón. Que veamos más allá del dolor y entendamos porqué la mamá actuó como lo hizo, estemos de acuerdo o no. Descubrimos que amó a su hijo como pudo, con lo que tuvo ¿Cuántas y cuántos no podemos identificarnos con eso? 

Con capítulos muy cortos y con lenguaje sencillo Tatiana nos lleva a derrumbar las creencias sobre la maternidad, a cuestionar los estereotipos que la forman y sobretodo nos obliga a ver a la humana que hay detrás de toda la construcción social. Si se logra hacer una lectura profunda se vuelve una historia sanadora y de introspección, ya sea como hijo, hija o madre. 

Está primera novela de Tatiana Tibuleac se convirtió en un éxito mundial sencillamente porque se atrevió a escribir sin romanticismos sobre un tema que nos concierne a todos, LA MADRE. 

“Me habría gustado, sin embargo, que mi madre se hubiera acordado también de mí siquiera una vez —su otro hijo, expulsado a este mundo por el mismo útero inconsciente—. Me habría gustado que mi madre hubiera venido a verme Pero mi madre no vino, no habló, no me llamó. Mi madre eligió otro camino.”

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