Voces

Los juguetes dejaron de sonar y sentí que por fin había encontrado paz después de tanto tiempo.

Entré al cuarto del bebé y me di cuenta que todo estaba tranquilo, sin pensar lo tomé en mis brazos y salí a tomar el elevador que llevaba 5 minutos abierto de par en par.

La primera vez que empecé a escuchar voces en mi cabeza fue como a los 4 años, recuerdo que estaba en la sala de TV del departamento de mis papás jugando sola, pensé que mi hermana mayor había salido a jugar con las vecinas y que eran ellas molestándome, porque a veces se podía escuchar desde el cubo de la ventana que daba justo a ese cuarto. 

Pero después me acordé que mi papá la había llevado al dentista, así que las voces que se reían eran desconocidas para mi, no quise prestar atención y mejor prendí la televisión.

Estas voces siguieron apareciendo cuando estaba sola en ese cuarto y mis papás nunca me creyeron, tantas veces las oí que terminé escuchándolas, siempre eran risas, cantos y campanitas así que me acostumbré a ellas. Vivimos en ese departamento unos 5 años más y cuando nos mudamos a otra casa las voces desaparecieron y las olvidé.

En esta casa conocí amistades nuevas, salíamos a jugar por las tardes en patines, a andar en bici, empezamos a crecer, hasta que me enamoré y salí feliz para casarme con el compañero de trabajo que tanto me piropeaba. Nació mi primer hijo y de nuevo regresaron las voces, pero esta vez no eran tan divertidas como las de mi infancia, empecé igual que antes a no ponerles atención, hasta que tuve que escucharlas porque siempre aparecían cuando el bebé estaba dormido, lo ponían muy intranquilo, las risas que alguna vez me acompañaron empezaron a volverse carcajadas macabras. Las voces eran demasiado ruidosas, algunos juguetes sonaban de repente, lo extraño es que mi esposo nunca las escuchaba hasta que un día se encendió la computadora en la noche y tuvimos que traer un padre para echar agua bendita a todo el departamento.

Días después el conserje del edificio nos contó que, años atrás un par de años, unos niños descuidados brincaron de la azotea y cayeron en el balcón. Fallecieron. Los papás dejaron el edificio al día siguiente con un dolor que no puedo ni imaginar, así que pedimos por ellos, rezamos, volvió a venir el padre y finalmente las voces desaparecieron.

Mi esposo no solo ya me creía sino que estaba más asustado que nunca en su vida, decidió que nos iríamos lo más pronto de ahí. El día que nos fuimos la última caja en empacar era la que contenía todo lo del bebé, esa caja sonó solo una vez más. 

Parecía que nos despedían porque ya nunca más los juguetes volvieron a sonar.

Deja una respuesta