Las mujeres que no soy

Para todas las mujeres antes de mi,

para todas aquellas que habitan en mi.

Gracias a ellas puedo encontrar mi pasión «entre letras».

¿Alguna vez te han tratado de explicar cómo funciona tal o cual tecnología? Hace tiempo trataron de explicarme el funcionamiento del fax y sus procesos para enviar la copia de un documento a través de la línea telefónica. Mi cara expresaba completa comprensión, pero esta persona se hubiera reído tanto
de haber sabido lo que realmente pasaba por mi mente: jeroglíficos, puntos, comas y ruidos de interferencia; es decir: ¡No entendí nada!

Algo similar sucede cuando me reúno en línea con el club de lectura que coordino. Antes de que la realidad de todo el mundo cambiara radicalmente, nos veíamos de manera presencial —una delicia que no valoraba como lo hago ahora. A ellas, las integrantes, siempre las he definido como las
mujeres que no soy
, porque, paradójicamente, soy a través de ellas. Puedo decir que a pesar de todo lo que ha desbaratado y cambiado este caprichoso virus, no ha podido con este grupo de lectoras entusiastas. Ahora las encuentro al abrir esas ventanas sin cortinas, compuestas por pixeles. Me detengo a pensar en la magia que hace posible la apertura de esas ventanas. «Conectada [al wifi]», dice la leyenda —como si con eso quedara todo claro. Mi mente vuela para imaginar miles de partículas invisibles que viajan por el aire, todas trabajando por un objetivo: conectarme con las mujeres que no soy. Pienso que se parecen a esas partículas que en otra época emocionaron a dos niños huérfanos al escuchar por medio de un radio roto y lastimado —como el mundo mismo en aquellos años— una voz que los iluminó. Al leer La luz que no puedes ver (2014), del escritor estadounidense Anthony Doerr, concluí que esa voz luminosa es la esperanza, que crece en mí cada vez que escucho a las mujeres que no soy, pues juntas logramos crear nuevas realidades, como la de aquella médica que viajó a lo más desértico de Marruecos para construirse una nueva vida al lado de un viejo amor. ¡Qué verdad tan maravillosa nos regala Luis Leante en la historia de Mira si yo te querré (2008), porque pudimos descubrir que ese amor perdido era el de sí misma! A través del viaje de la protagonista pudimos recuperar un pedacito de la autoestima que a veces encerramos en algún cajón.

Las mujeres que no soy me han enseñado tanto que creo que he vivido mil vidas en una. Para expresarlo mejor: si yo fuera un cofre, estaría rebosante de lo mucho que recibo de ellas. Es como si por cada aprendizaje me ornamentaran con una joya, un rubí o un collar de perlas, cubriéndome gradualmente de gemas, hasta que no fuera visible ningún recoveco de mi piel. Brillaría tanto que sería imposible ver mi propio reflejo en el espejo, como le sucedió a nuestra princesa al usar ese velo que tanto rechazó. Con ella cruzamos mundos, épocas y destinos para construir los cimientos de una niña que con valentía buscó su propia historia. De parte de la princesa muerta (1987), de la escritora francesa de origen turco-indio Kenizé Mourad, exprimió lágrimas de resignación y dolor que lloramos en compañía.


Esas mujeres que no soy tienen nombre, cara y esencia; de hecho, su esencia le da vida al grupo y lo hace único. Además, nunca había viajado tanto con amigas como lo he hecho desde que las conocí, porque una lectura compartida siempre es más reconfortante. Así, hemos recorrido el mundo, desde Argelia y Turquía hasta la distópica Gilead; desde la conciencia hasta lo más profundo del inconsciente.
Hemos vivido juntas en tantos lugares que ya somos una familia. Hemos compartido los manjares más excesivos y excéntricos hasta la migaja de pan más insípida. Llevamos a la distancia —pero juntas— más de un año, experiencia que ha sido una suerte de campo de concentración de cinco estrellas. Esta situación nos permitió admirar más al protagonista del Tatuador de Auschwitz (2018), de la autora neozelandesa Heather Morris, pues el personaje nunca abandonó la esperanza, aunque no tuviera claro en qué dios la depositaba. Igual que él, nosotras seguimos cuerdas, y creo que se debe, en buena medida, a lo que hemos rescatado las unas de las otras.


Las mujeres que no soy y yo hemos descubierto que las palabras son una puerta de verdades, de aventuras y de amores. Es por eso que un libro, más que hojas y tinta, es un laberinto con mil y una salidas. Es un mar de cadencia contenido entre sus hojas. Es un refugio que calma nuestra sed y aligera
nuestro ser.


Al final, no importa qué tanto entienda tal o cual tecnología, pues leer con ELLAS es un hábito que no requiere de conocimientos técnicos, pero sí de la sensibilidad de conectar las unas con las otras.

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