La disonancia del pájaro del alma

El amor es un pájaro rebelde que nadie ha podido apresar. Es inútil llamarlo si él no quiere venir. El amor es un hijo de gitanos que nunca, nunca ha obedecido una ley. Si tú no me amas, yo te amo. Pero si te amo, cuídate.
El expediente de Anna Ajmátova, Alberto Ruy Sánchez.

El eco de su canto se cuela entre mis sueños. Una vez que abro los ojos me doy cuenta que no está. Ayer murió entre mis manos. Él era Rosa, extraño en esta tierra. Aún no comprendo que pasó.

***

Cada que pasaba a la tienda de mascotas lo observaba detrás de su ventana. Me miraba atento sin perderme de vista. Parecía imitar mis movimientos de cabeza y si le silbaba contestaba. Juré que estaba conectado a mí. Pasaron días… meses, y cada vez que iba por alimento para mi perrita, él seguía pacientemente esperando a que alguien le mostrara la luz del sol.

Un día pregunté a una empleada cuánto llevaba ahí. Me dijo que casi un año. Rosa veía su jaula llenarse de otras aves para quedarse solo una vez más. Imagino que por eso dejaba que sus cuidadores lo tocaran, cantando alegre al sentir el tacto de los demás. Mientras lo observaba, la señorita me dijo que iba a ser puesto en descuento en unos días para Navidad. Regresé por él, a pesar de que siempre había pensado que los pájaros son para volar libres sin ataduras a esta tierra. Compré la jaula más grande que encontré, pero no pude evitar pensar que al final era un prisión, y que mi bellísimo perico australiano rosa no podía hacer que su casa de metal no fuera vista como tal.

Poco después Él llegó con un perico verde.

—Me lo regaló el mozo de la oficina, dijo que sus padres lo rechazaron y lo tenía solo en una jaula aparte— dijo sin cambiar el tono apático de su voz mientras se aflojaba la corbata.

—Yo no quiero otro perico— contesté en un susurro.

—¡No lo pienso devolver! Si no lo quieres deshazte de él— respondió sin mirarme al salir de la habitación.

Lo metí a la jaula esperando que mi perico se adaptara a su invasor. A Verde no parecía importarle Rosa. Huraño, no permitió que se le acercara para jugar, soltándole dos que tres picotazos de advertencia. Rosa, enemigo de la guerra, dejó por la paz a Verde.

Rosa continuó imitando los cantos de los pájaros que se acercaban a comer el alpiste derramado al suelo, bailando al compás de la música y siguiendo el ritmo de mis pasos. Aprendió a vivir con la indiferencia y la brusquedad de Verde, en su jaula llena de espejos y juguetes. A causa de vivir ahora con el arisco perico verde, ya no dejó que lo tocara como antes. Me entristecía que se sintiera solo, por lo que compré un perico amarillo para ver si Rosa sí podía tener un amigo en casa.

Amarillo era juguetón, le gustaba bañarse mientras gritaba de alegría. Yo los observaba felices volar dentro de su jaula, posarse en su percha y dormir juntos uno al lado de otro. ¿Qué se sentiría que ni el aire circulara entre los dos?

Mientras tanto, una sucesión de días y noches trajo la noticia de que otra vida se encontraba en mí. Me había sentido extraña, diferente. No me había percatado que ese sentir pertenecía a un embarazo. Nerviosa no me animé a contarlo al mundo. Además, ¿a quién le contaría? Me pulverizó la desilusión de no tener con quién compartir la noticia. Aún así la luz del sol inundaba todos los rincones, generando pequeñas alegrías. Esto le fue intolerable a Él, el padre de mi bebé, pasando del enojo a la indiferencia en segundos, castigándome con su silencio o sus gritos a su antojo. Pero yo, con mis alas rotas, tenía una razón para volar lejos a otro mundo.

Hasta el día que amanecí con un dolor que me apuñalaba el vientre. Corrí al baño y ví sangre. Le imploré a él que me ayudara —¿Qué puedo hacer si no soy médico?— contestó fríamente mientras sus ojos se oscurecían por tener que cancelar sus citas para llevarme al hospital. El ultrasonido confirmó que mi otro corazón se detuvo y que tenían que extirparlo de mí.

Regresé a mi vida anterior, aquella donde caminaba dormida, sonámbula, entre el rumor de los días.

Una mañana me acerqué a la jaula y con horror vi a Amarillo muerto en el piso. Lo enterré debajo del árbol en el jardín. Rosa calló. Verde siguió indiferente. Lágrimas atrapadas dentro de mí salieron a torrentes inundando la casa.

No comprendí cómo Él podía seguir como si nuestro bebé hubiera sido una nota al pie de nuestra historia. Me obligué a no pensar para no sentir. Fue imposible pues el olvido no existe. Vacíos. Me convertí en un ser de rutinas. Intenté nuevamente ser la esposa perfecta: el reflejo de sus ojos… de sus palabras. No lo logré, nada era suficiente.

***

—¡Señora, venga rápido!— me gritó Doña Mary, quién mantenía la casa en orden. Corrí hasta la terraza detrás de ella. Ví a Rosa en el piso con las alas caídas piando triste, a Verde con sangre en el pico en su percha. Con horror vi como Verde se dejaba caer sobre Rosa picoteandolo feroz . Rosa se movió tratando de escapar abriendo más sus alas. Brotaba sangre de su espalda y me percaté de que sus plumas rosas cubrían el piso de la jaula. Sin pensar metí la mano y tomé a Verde como pude.

—¡Mátelo señora, por maldito! O si quiere lo mato yo— dijo con la cara sonrojada Doña Mary. Sentí un enojo inmenso, quería dejarme llevar y apretar al agresor hasta que dejara de respirar. No me atreví y lo solté. Lo dejé volar.

—¡Pobre Rosa! Lo dejo bien mal señora, bien malito— se lamentaba Doña Mary.

Toda su pequeña espalda estaba desplumada, sangrada, en carne viva. Lo tomé entre mis manos. Dócil como antes intentó cantar para mí mientras lo abrazaba. Lo llevé a mi cuarto, lo limpié y curé sus heridas. Dejó de sangrar. Triste, no se quería separar de mí. Lo coloque en una caja y corrimos a buscar al veterinario de aves. El consultorio estaba cerrado. Le marqué desesperada.

—Estoy fuera de la ciudad. Regreso en la noche, te marco. Ve mientras con cualquier veterinario. Todos estudiamos sobre aves aunque no se dediquen ahora a ello. Algo podrán hacer.

Fui con varios. Nadie quiso atenderlo a pesar de mis ruegos, pues no eran especialistas en razas pequeñas, exóticas, de aves y demás pretextos.

—¡Vámonos a la casa señora! Pobre animal no se ha de sentir bien andando de un lado a otro— me dijo Doña Mary.

Regresando me recosté con Rosa sobre mi pecho. Sentí cómo respiraba. Lo cubrí con una toalla y se durmió. De repente se movió inquieto y dejó de respirar. Un sonido ahogado se me escapó. La señora Mary me encontró llorando con Rosa entre las manos.

—¿Por qué duele?— le pregunté. No entendí porqué Verde quería destruir a Rosa. Con cada picotazo le robo la vida.

Me levanté. Busqué una pañoleta de seda, lo envolví con cuidado y lo até con un listón dorado. Doña Mary ya había limpiado la jaula, guardando las plumas más largas y bellas que encontró. Lo enterramos debajo del árbol junto a Amarillo. Soltamos una plegaria al aire y entramos nuevamente en la casa.

Cuando Él llegó me encontró tirada en la cama con los ojos rojos, la cara inflada y sin voz.

—¿Y a ti qué te pasa?— me preguntó impaciente.

—Se murió Rosa. No, no murió. Verde lo mató— le contesté seca.

—¿Y por eso se te cae el mundo? ¡Es sólo un pájaro! Compra otro y ya— me contestó burlón.

— ¡No quiero ningún otro!— contesté levantando la voz. El corazón reconoce lo amado… no acepta sustitutos, pensé. Después de años de caminar sonámbula, desperté.

—Se acabó. Tu no das amor, quitas. Yo te di todo. Ya no más— le dije buscándole la mirada. No se digno a dármela.

Me fuí para no regresar. La disonancia que me acompañaba se transformó en una melodía cuyos matices apenas reconocía. Notas que me habían acompañado mucho antes de ésta era. Tranquila, partí llevando en el corazón el eco de su canto, el canto de mi pájaro del alma.

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