Pensamientos y anécdotas de una mente gorda

Hace unos meses vi un capítulo de Grey’s Anatomy donde ingresa a urgencias una mujer, aproximadamente de mi edad, con un dolor intermitente en la rodilla que le impide caminar y bajar escaleras. El residente que la recibe es un doctor obeso que se enfrenta al doctor tratante por no querer hace una resonancia magnética. El ortopedista, desde el juicio, recomienda a la mujer bajar de peso, como si ser delgada fuera la solución a su malestar.

La paciente tenia un problema de hernia de disco vertebral, descubierta en una caída. Durante la operación entra la famosa Dra. Bailey, jefa del hospital, que ya tuvo un ataque cardíaco hace algunas temporadas que casi la lleva a la muerte; sí, por su sobrepeso, mala alimentación y nula actividad física; pero me estoy yendo lejos. 

Ella se unió a la operación y aclara su punto de vista sobre la obesidad. No es la primera vez que escucho que la obesidad es una enfermedad, pero si la primera vez que escucho que el IMC (índice de masa corporal), es un título elegante y una fórmula inventada por un matemático hace 200 años, que no toma en cuenta la densidad del hueso, el tono muscular o la distribución de la grasa, actualmente utilizado solo para cobrar más en las pólizas de seguro mundialmente.

Adolphe Quetelet autor del IMC fue un matemático, poeta, astrónomo y sociólogo que fundó el término del hombre medio: “un individuo que, en un momento dado, es el epítome de todas las cualidades del hombre promedio, representaría toda la grandeza, belleza y bondad del ser”.1

Así que ¿por qué creerle a un hombre que se dedico a buscar al “hombre medio” que solo representaba un ideal social?; que sólo se basó en mediciones realizadas únicamente a soldados franceses, creerle al que afirmaba que la peligrosidad del criminal era la única medida de hasta que punto ser castigado y que las personas de color eran una raza separada, salvaje e inferior. Me niego a creerle a Quetelet.

Mi Infancia

He revisado mis fotografías de niña, no sé como ni cuando empezó a incrementar mi peso, seguro cuando se volvió una preocupación. En la mayoría aparezco con un peso y tamaño ideal según las tablas de Quetelet, pero a partir de la edad de ocho o nueve años se nota el cambio, una de las razones a las que yo adjudicó el incremento de mi IMC es a la sazón de mi madre y la adicción compartida de mi papá por los postres, sobre todo por el pan dulce. Sin embargo, ahora entiendo que a esa edad todos los infantes empiezan a “guardar” grasa para el inicio de la adolescencia y sus cambios hormonales.

Una noche mis papás salieron a bailar. Los cuatro hijos quedamos a cargo de mi abuela materna, quien vivió con nosotros muchísimo tiempo, bajé al comedor de “puntitas”, sigilosamente abrí una bolsa de papel con un contenido alto en calorías y simplemente me comí 2 deliciosas conchas de vainilla. Después me tomé una leche con chocolate y así apareció mi primer sentimiento de culpa por comer.

La mañana siguiente mis papás preguntaron quién había sido el tragón o tragona y ¿qué fue lo peor? yo dije que mi abuela. Ahí fue, castigo divino por mentirosa y golosa.  Me convertí en una niña gorda.

Durante un período de cinco años más o menos estuve en el proceso de engordamiento infantil, mi madre, nacida en el puerto de Tuxpan, Veracruz, tiene un sazón delicioso en su amplio recetario que incluyen unas delicias culinarias que nos ha cocinado desde niños a mi y a toda la familia, incluyendo ahora a mis hijos.

Recuerdo que cada día nos preguntaba que queríamos para comer, mi casa era una mesa de buffete todos los días, había desde la típica carne asada, pasando por la milanesa hasta llegar a los deliciosos huazontles, si esas hierbitas con mucho queso; de todas las cosas que hacía no sabías que escoger. 

Toda la familia tomaba las decisiones para la hora de la comida. Adicional, mi abuela paterna había incrementado el recetario familiar. Logró junto con mi madre, hacer de él un viaje culinario extenso y sabroso de oriente a occidente del país.

La Adolescencia

Sí, en la adolescencia todo duele. Ya era de por sí difícil tener el peso arriba como para que además se empezara a salir de control el problema hormonal. 

De todas las maneras posibles mi cuerpo relucía con grasa, a los once años llegó a mi cara el acné; inicié con el arduo trabajo de reducir grasas, evitar los chocolates, comer ensaladas y dejar de lado todos los platillos de mi madre.

Aún así no lo logré, en la secundaria yo parecía ser la niña granosa y regordeta que nadie pelaba, era la etapa en que nada te hace feliz, que tus padres no te entienden, que los niños son importantes y te hacen suspirar, a los 12 años el vecino recién llegado se veía como el más guapo, el más varonil y con tres años más que yo, todo se tornaba color de rosa. 

Me enamoré y me di cuenta que el ser humano tiene la preferencia por los cuerpos esbeltos y con caras con cutis de bebé, inicié el vía crucis de remedios para mis dos males más importantes. Lo peor aún estaba por suceder, mi mejor amiga, mi hermana y cuaderna de doble raya desde los tres años, estaba enamorada del mismo personaje, así que aún era más difícil la competencia. No sé qué hice y si realmente bajé de peso o no, el tipo en cuestión duró un mes conmigo, un mes con mi amiga y después duró años con una vecina mutua. Inició el amor, el desamor y el engaño.

Los tres años de la etapa en la escuela secundaria fueron dolorosos, es cuando los niños más grandes te gustan, cuando tus amigas afortunadas empiezan a noviar, cuando tienes la primera fiesta de graduación importante.

Tenía que ir con vestido de cocktail y me enfrenté a la cruel realidad de que el mundo no está diseñado para la obesidad, mucho menos a la obesidad adolescente. Las pocas opciones que existen tienen el corte para señoras de edad madura. Fue un proceso largo y sinuoso, los niños en esta edad no estamos lo suficientemente preparados para vivir la crueldad de los demás, tu autoestima se baja más allá de los suelos, te enfrentas a un mundo diseñado para los cuerpos estéticos mal denominados saludables.

Para fortuna mía, mis hermanos mayores y mi mejor amigo lograban distraerme de este problema, íbamos sin mayor interés que divertirnos, fumábamos a escondidas, eran las fiestas de paga realizadas para recaudar fondos de las graduaciones escolares, nos divertíamos mucho, para ese entonces decidí que no podía seguir así.

Ya en camino a la fiesta de XV años, mi mamá que seguramente se hartó de mis quejas, me llevó al doctor, después de análisis y de constatar que mi gordura era por “simple gusto” y no por nada mal en mi cuerpo, decidió someterme a un tratamiento de tres meses a dieta. Diariamente me ponían una inyección que dolía a más no poder, tomaba solo jugo de limón en ayunas, una dieta que era al principio fue difícil, pero pasando los tres meses era de lo más normal. Bajé 12 kilos, fue mi momento de gloria, un cuerpo de 15 años torneado “cero grasa”. Por fin, lo había logrado, ahora mi reto era complementar el ejercicio diario de los ensayos para el vals, y tener una fiesta de envidia como cualquier niña de mi edad deseaba.

Actualidad

Durante un par de décadas mi cuerpo lució estable, mi salud estuvo en armonía, me casé; a los dos años preparé mi mente para dejar todo aquello que me hiciera daño. Dejé de fumar, no bebí alcohol, encontré un estado de equilibrio para que mi primer embarazo fuera lo más perfecto, subí ocho kilos, sin embargo tuve preclampsia, aún cuidando cada alimento, cada bebida, cada gramo. Mi hija nació a las 42 semanas por cesárea. Mi segundo embarazo también fue cuidado, pero aún así se desató mi presión alta y desde entonces soy hipertensa.

Llevo años siendo gorda, me miro al espejo y algunas veces no reconozco la figura de mi cuerpo. Dios nos regala un cuerpo perfecto lleno de sabiduría celular que permite desarrollarse de manera perfecta durante nueve meses dentro de una maravillosa máquina. Naces y después de alguna manera vas mermando la creación divina.

No creo que Dios toma venganza, pero ¿será que de alguna manera así es?, se cobra cada uno de los malintencionados actos que degeneran nuestras máquinas. 

Creo que todos nos hacemos esta pregunta muy seguido. ¿Qué estamos haciendo mal? Hemos tenido la fortaleza de hacer dieta tras dieta, seguimos un plan de entrenamiento, vamos al gimnasio con las caras largas, pero con la determinación de hacer todo para que nuestros cuerpos reflejen el bienestar que estamos tratando de implementar. Esas veces que nos vemos en los espejos, junto a ellos, los delgados, los de cuerpos torneados, que nos afligen por nuestras carnes flojas sin darse por enterados.

Intentamos todo, y siempre caemos en algún bache de auto sabotaje, nos vemos en reuniones tratándonos como jueces contra las decisiones que tomamos en ese momento, sí todos lo hemos pensado. Las fuerzas divinas nos castigan por no tener esa fuerza de voluntad de mantener nuestros organismos en el perfecto estado en el que nos fue entregado. 

Sufrimos cada vez que nos intentamos sentar en algún lugar en el que no cabemos, nos duele la mirada tácita de juicio de los que nos rodean en estas actividades físicas. Nos preocupa que los médicos reciten la misma historia de cada cita, nuestra obesidad duele. 

No deberíamos tener el poder de cambiar esta máquina perfecta, al principio no sabemos cómo funciona, pero al pasar el tiempo empiezas a manipularla, esa conciencia de cuidarla se va perdiendo. 

Raras veces nos vemos como los seres maravillosos que somos, encontramos infinidad de quejas para nosotros mismos, lo cual repercute en nuestra integridad, en nuestra autoestima. Todo se vuelve un círculo vicioso del cual no puedes escapar.

Analizo mi cuerpo, entiendo que las cicatrices son marcas de una vida que avanza, amo mis estrías que son la victoria de mis cesáreas, pero no puedo reconocer que las estrías de mis rodillas sean algo hermoso. Esas marcas que alguna vez fueron de un rosa vívido, ahora surcos amarillos, hayan aparecido por el estiramiento de mi piel que no da para más. Las mismas marcas, diferentes sentimientos. 

Las marcas de mi rostro ganadas por una varicela tampoco me importan, pero las que llevo a un lado por el acné, me duelen cada vez que reconozco a ese compañero de la secundaria que se burlaba de mi. Pero ahora entiendo que la burla que viví en los años pasados también ha cicatrizado.

—No, no te puedo querer igual que hace 23 años, no eres la misma mujer. Hoy eres una persona totalmente diferente a la que conocí. Eres madre. Eres independiente. Eres otra Myriam, remasterizada, mejorada, con otro cuerpo, con otra mente, y por esto no te puedo querer igual. Hoy te amo más y cada día que pasa mi amor incrementa por todo lo que haces. Hoy deberías amarte más—.

Después de estas palabras de mi esposo, mi cerebro recibió una dosis de amor que ahora procuro alimentar, más que a mi cuerpo. Alimento mi mente con palabras amorosas que nunca tuve antes para mi misma. He hecho cursos, he tratado de sanar, hoy puedo ver mi cuerpo y agradecerle el arduo trabajo que hace para funcionar, es perfecto como es, soy perfecta.

Tú y yo somos perfectos. Aunque a veces se nos olvida.

Foto por Edgar Mikel Garrido.

19 comentarios

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Myr! qué texto tan hermoso y honesto. Gracias por compartir. Desafortunadamente se vive una discriminación hacia las personas gordas, una de muchas, pero no por eso menos dolorosa. Eres una mujer increíble, te quiero mucho.

Tocayita, me identifico con cada una de tus vivencias y palabras, que maravilloso es sanar y crecer en espíritu y amor propio.
Yo hoy sé que soy perfecta para mí, con todas y cada una de las cicatrices de mi cuerpo. Que maravilloso es el amor que podemos sentir por nosotras mismas y si ese viene acompañado del amor de nuestra familia, que mejor.
Te abrazo a la distancia y agradezco poderte tener la oportunidad de leerte.

Gracias Miri, crecemos cuando vamos aceptando lo que somos y cómo somos. Te abrazo de vuelta y agradezco que me leas además de tus palabras en este espacio

Amiga, me vi en muchas palabras, es cierto amarnos tal cual dios con su Divinidad nos hizo! Cierto es que las cosas vividas y sentidas por ser gordas duelen y mucho! Una sociedad con prototipos cada vez más imposibles de lograr más sin embargo much@s lo logran con cirugías muy peligrosas.
Hoy por hoy, te puedo decir que pensar en ponernos buenotaas no es el camino, yo logré encontrar mi camino, por fin! Cual es? Si amarme y aceptarme y por ese amor cuidar mi alimentación, nooo dietaaa, cero! Simplemente dejar 3 cosas, refresco, azúcar y harina y la cereza del pastel ejercitarme. La noticia : lo estoy logrando!

Amiga Mía, me sacas las lagrimas porque con tus palabras reconozco el sufrimiento de muchas personas que amo por lo que son y no por cómo se ven. Gracias por tu valor.
Mientras cada quien cuide su salud mental y física no nos debería importar nada más. Es más, cómo cuide cada quien su cuerpo no debería de ser asunto de nadie más que de esa persona.
Te quiero, te admiro y te abrazo fuerte, abrazo a esa mujer madura, en paz, sabia y hermosa.
Gracias por este texto.

Gracias Mai, por este hermoso texto, me ví en ti y me sentí en ti, hay que alimentarnos de buenos pensamientos y amor bonito ya que ahora somos las mismas. Te abrazo

Gracias Myriam por escribir tantas y tantas líneas con las cuales coincido y me identifico contigo…. No todos tenemos la valentía de poner en palabras esas emociones y sensaciones que nos da el sobrepeso…. Te admiro mucho!!! eres una gran mujer!!! Felicidades

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