La última llamada

El día.

La electricidad se siente en el aire. La energía acumulada por miles de personas en la Plaza Principal de mi ciudad entra por las plantas de los pies y sale desde lo alto de nuestras cabezas irradiando esperanza. Me contagio de la ilusión por un México mejor, mientras apretada —apretadísima— entre la gente escucho a muchas mujeres que elevan su voz clamando para que la paz regrese a México, pues sé que dentro de nosotras habita el miedo de que nuestros hijos e hijas un día no regresen a casa. Junto con la alegría también me entra de repente el pánico ¿Qué hacer con todas estas expectativas si no se vuelven realidad? Me resisto a caer en la duda. Rezo para que no suframos una desilusión.

Esperamos por más de una hora. Xóchitl no avanza rápido para llegar al templete, pues en el camino desde el Arco de la Calzada la gente la quiere tocar, tomarse una foto, pedirle justicia. En ella depositamos todos esos sentimientos y necesidades que han sido obliteradas. Por fin la vemos cerca, con una sonrisa cálida y honesta. Ella también se observa emocionada. Cuando le toca hablar nos da la bienvenida leyendo el inicio de “Caminos de Guanajuato”. La gente canta con potencia. Sus palabras me conmueven, grita “Guanajuato también es México” y acepto su invitación a estar despierta.

De repente un “Fuera Morena” va creciendo hasta convertirse en una ola que nos alcanza a todos. Fuerte el rugir de la gente que clama cansada de haber vivido el peor sexenio de los últimos tiempos. Xóchitl tiene que hacer una pausa. Cuando continúa, su mensaje es por un México sin miedo. Por la vida, la verdad y la libertad.

Recuerdo mi primer mítin. Era una adolescente de quince años que no comprendía porque mis padres me llevaban a ver a un señor nombrado Maquío en diciembre de 1987. He perdido muchos recuerdos, pero esa experiencia es una de las que me marcaron iniciando así mi educación democrática en tiempos del PRI. Recuerdo la fuerza de sus palabras, su presencia y convicción. Sin él no se puede entender el triunfo de Carlos Medina como presidente municipal en León, para después convertirse en el primer gobernador interino del Pan. De esa elección recuerdo como la gente tomó las calles defendiendo su voto y denunciando el robo de urnas y el fraude electoral. Tanto ha costado crear esta democracia, que me entristece ver su fragilidad.

De ahí mi mente viaja al cierre de campaña de Fox sacando al PRI del poder después de 70 años de gobernar. En esa y en la siguiente elección me tocó ser funcionaria de casilla, comprobando la imparcialidad del entonces IFE, ahora INE, y profesionalismo en la capacitación dada a los ciudadanos. Del 2018 recuerdo el desánimo, pues en el cierre de campaña del candidato del Pan se respiraba derrota. Ahora no la huelo, pues la esperanza es de color rosa. Llenó cada poro de mi piel en la última marcha de la Marea Rosa al escuchar el discurso de Xóchitl, ver el lleno en Ciudad de México mientras ondeaba nuestra bandera y entonamos nuestro himno nacional.

Este año es la primera vez que mi hijo mayor vota. Me encuentro emocionada, asustada y nerviosa por el desenlace de la elección. Espere seis largos años para votar nuevamente en contra del partido gobernante. Hoy expreso mi sentir:

No puedo callar ante lo que duele.

Basta de complacencia.

De ser cobardes.

De pecar de indiferencia.

De no actuar.

De ser una mexicana distraída, abstraída en mi propia vida.

Ésta es la ÚLTIMA LLAMADA.

Piensa en el futuro que queremos dejar a nuestros hijos y nietos. Yo no quiero subirme a un avión viejo donde el piloto no sepa pilotear (y se caiga como el metro). A un autobús sin destino definido. A un país donde la calumnia y la mentira es el orden del día.

México es un país rico en todo: en tradiciones, juventud y recursos. Pero si no acudimos a VOTAR y dejamos que el miedo gane, se puede estar todavía peor. Creo firmemente que, si todos aportamos nuestro granito de arena, crearemos un puente sólido que nos llevará a un futuro mejor.

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