Túnel de luz

Parada en el umbral recuerda su último invierno. Ese invierno que le mostró el túnel de luz que la llevó a una existencia eterna, etérea, tranquila pero no en paz. 

Ahora, vuelve a ver ese túnel pero al fondo estaba él.  Reconoció, absorta, a su amado. 

Charly también la ve.  El frío que lo torturaba desaparece, deja de sentir dolor.  Un calor conocido, profundo, lleno de amor lo envuelve, el miedo se desvanece. No sabe cómo es posible pero sin ninguna duda ella está ahí, su Chaparrita

Años de no verse, y ahora aparece tan bella, tan intacta, tan radiante. 

¿Qué tienen estás vísperas navideñas que, por más que se trata de huir de ellas, terminan envolviendo con su insistente magia?

Charly había planeado escapar de las fiestas organizando una escalada en el Ajusco. Creyó que la montaña sería refugio y silencio. No contaba con que el Ajusco no lo quería ahí, desde que puso el pie en la entrada del lugar un mal presentimiento lo asaltó, algo sutilmente incómodo. Sin embargo, el plan ya estaba armado y pagado así que decidió evadirlo justificándolo con nerviosismo. 

Varios metros más arriba supo con claridad que no debía seguir. Quiso decirle al guía que mejor dieran la vuelta de regreso pero al momento que iba a comenzar a hablar el suelo cedió a sus pies, cayó en una grieta oculta por la nieve. Resbaló hasta el fondo, trató de gritar pero no tenía aire en los pulmones, intentó moverse pero su cuerpo estaba aprisionado entre las paredes de piedra. Sólo alcanzó a escuchar al guía, a lo lejos, gritándole que iría por ayuda. 

Charly ahora espera, a medio congelar, a ser rescatado. Entre el desmayo y la hipotermia vuelve a clavar su mirada en ese túnel que se abre tan luminosamente cegador, al fondo sigue estando ella. Quiere sentir el calor de su abrazo pero su cuerpo no responde. 

Flor, su Chaparrita, lo tranquiliza. Se acerca despacio a él, recarga su cara en su pecho. Él siente que se le estruja algo dentro, como si el corazón recordara cuánto añoraba aquellas caricias. 

Escucha, sin que se pronuncie una sola palabra, que ella dice:

No estoy aquí para llevarte conmigo, aún no es tiempo. Vine para aliviar tu agonía. Pronto pasará. 

Él responde:

Mi cuerpo está cansado, mi alma está rota. Tu ausencia es una lápida cruel que me impide vivir como tú hubieras querido que viviera. Me he torturado durante muchos años por no poder honrarte con mi existir. Estas fechas me recuerdan que nada volverá a ser como antes y que soy incapaz de pegar mis piezas rotas. Esta escalada me confirma que solo huyo para no enfrentar el inmenso vacío que dejaste en mi vida.  

Lo sé amor, –Responde ella.-. La vida no es justa, pero desde aquí no he dejado de estar unida a ti.

Lo cobija con su manto. Se funden en un haz de luz. Es lo último que Charly ve.  

Abre los ojos. 

Está en el hospital.

 Al fondo, como música ambiental, se escuchan villancicos. Repara en que, por primera vez en años, no siente rechazo por ellos.  Ve a su familia que rodea la cama, entonces lo entiende, por fin, está completo. Cada poro de su piel le grita que está frente a un nuevo comienzo, que está listo para soltar, poco a poco, su enojo.

Charly ahora sabe que podemos morir varias veces pero que también volvemos a nacer las veces que sean necesarias. Nunca pensó que el invierno y La Navidad volverían a tener algo que ofrecerle, mucho menos el duelo. Pero ahí, en ese límite borroso entre la conciencia y lo imaginario, comprende que no todo lo que se pierde desaparece y que hay ausencias que no vienen a llevarse nada, sino a devolver el sentido de todo.

El túnel de luz se cierra. Flor, por primera vez, siente que puede soltar y descansar.

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Podremos caminar por todo lo ancho del mundo, o alcanzar las cimas más elevadas, hundirnos en las profundidades del océano, pero huir de nuestros fantasmas es imposible. De ellos no hay escape, tal vez la salida está en aprender a vivir con ellos y saber que son el recordatorio de lo que algún día seremos para alguien más.

Gracias Denise!

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