El nido vacío

Este proceso inició en febrero. Vi cómo una tortolita comenzó la construcción de su nido: ligero, simple, hecho de pocas ramas, como si quisiera pasar desapercibido. La visita del macho era constante. Entre los dos levantaron su hogar en el tabachín que adorna el frente de mi casa, ese que apenas despertaba de su sueño invernal. Sus ramas empezaban a tornarse de un verde más vivo; el ambiente se sentía renovado.

Cada mañana, al salir a trabajar, la saludaba. La tortolita, visiblemente concentrada en su labor, apenas reparaba en mí. Yo observaba cómo el macho regresaba una y otra vez; en esos encuentros parecía haber algo más que instinto, algo cercano al cuidado, al acompañamiento. A veces se veía como un abrazo.

Era la tercera vez que, como familia, presenciábamos un proceso de anidación en ese árbol. Las dos anteriores no habíamos visto crías. Esta vez se sentía distinto.

A la par, Enzo, nuestro perro, iniciaba también su propio proceso. Con cinco años, y tras algunos problemas de próstata, nos recomendaron cruzarlo. Encontramos a Maya, una frenchie merle. Entre intentos, una inseminación y la espera, la casa comenzó a llenarse de expectativa.

Llegó el equinoccio de primavera. Al tabachín le brotaron pequeñas bolitas en las puntas de las ramas, anunciando la floración. La tortolita no se movía. Dos huevos descansaban bajo su cuerpo. Los zanates comenzaban a rondar, esos pájaros negros y brillantes de mirada fría. Aprendimos a espantarlos como quien defiende algo que, en realidad, no le pertenece.

Hubo días de viento intenso; uno en particular derribó anuncios, sacudió árboles, desordenó la ciudad. Y aun así, ella no se movió. Cuidó sus huevos con toda el alma.

Las vainas del tabachín comenzaron a cambiar de verde a marrón. Pronto llegarían las flores, hermosas y abundantes, obligándonos a barrer cada día. La vida también necesita mantenimiento. Mientras tanto, supimos que Maya estaba preñada. Su cuerpo lo confirmó: la pancita creciendo y los pechos llenándose. Todo apuntaba a una primavera llena de nacimientos.

Un día encontramos un cascarón en el suelo. No supimos si era una pérdida. Elegimos pensar que no. Los zanates seguían rondando. Las flores rojas comenzaron a cubrirlo todo, y el nido se volvió casi invisible. Aun así, el ir y venir de la pareja continuaba: alimento, turnos, cuidado. Sabían exactamente lo que hacían.

La espera en casa también seguía su propio ritmo.

El 30 de marzo llegó la noticia más esperada: Maya había tenido seis cachorros por cesárea. Tres hembras, tres machos. Todos sanos. La casa se llenó de felicidad.

Días después empezamos a escuchar pequeños sonidos en el árbol. Había vida. Llegó una lluvia fuerte, acompañada de granizo aunque pensamos lo peor; resistieron. Y un día, entre las ramas, logramos ver dos pequeñas cabecitas. Dos polluelos. Los vimos ser alimentados, protegidos. Era un momento mínimo y, al mismo tiempo, inmenso.

Una noche, mi esposo me dio la noticia. Un gato, de los que rondan el fraccionamiento, había subido al árbol y se había llevado a uno de los polluelos. Seguramente regresaría por el otro. Me dolió. Horas antes, le había dicho a esa tortolita que pronto veríamos volar a sus pequeños.

Por primera vez en semanas, la madre abandonó el nido.

A la mañana siguiente lo encontré vacío. Sin polluelos. Sin ella. El árbol se veía igual, pero algo había cambiado. La vida, en apariencia, continuaba. El nido, no.

Pero esa misma mañana, de nuevo, escuché un ruido. Un movimiento leve entre las ramas. Luego, las siluetas.

La tortolita… y un polluelo. Habían volado a resguardarse en otro lugar. Y volvieron.

No sé si el próximo año esta u otra tortolita elegirá ese mismo lugar. Quiero pensar que sí.

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