Debo admitir que no quiero hablar de ciertas cosas. Siento que al nombrarlas las agito, que las pongo sobre la mesa, que se vuelven más visibles de lo que quisiera. Como si decirlas provocara algo, como si al hablarlas se desordenaran más.
Prefiero esperar. Confiar en que se diluyan solas, en que el tiempo acomode lo que todavía no entiendo. Hay momentos en los que eso es lo mejor: dar espacio, dejar que las emociones bajen, que algo se asiente antes de hacerlo palabra. Pero hay silencios que no ordenan. Se quedan, se acumulan, se endurecen. Lo no dicho no desaparece. Se guarda en el cuerpo, se vuelve peso, una presión difícil de nombrar. Lo que no se dijo a tiempo llega después, más cargado, más difícil de mover.
Se vuelve confuso: saber cuándo esperar, cuándo hablar. Cuándo el silencio acompaña o cuándo me empieza a estancar.
Quizá el péndulo me dé la respuesta.
El péndulo no se queda quieto; se mueve por el peso, por la gravedad, por una fuerza que lo lleva de un lado a otro, lo hace volver. No se resiste ni se adelanta. Encuentra su equilibrio en ese movimiento. No decide por sí mismo. No tiene prisa, no corrige, no se apresura. Responde a una fuerza mayor, a un orden que lo sostiene.
No todo lo tengo que resolver. Hay cosas que se mueven más allá de mí, tiempos que no controlo, procesos que pertenecen a los demás.
Necesito tiempo para ver con más amplitud, para no quedarme en el momento, para que lo que hoy se siente urgente encuentre otra perspectiva. No hablo desde un lugar completo. Hablo desde lo que siento, desde lo que alcanzo a ver, no desde una visión total. Reconocerlo me hace esperar. El silencio no es evasión, sino tiempo, un espacio para que lo que está en juego termine de tomar forma.
Hay momentos en los que hablar es necesario, porque algo adentro busca salir, acomodarse, encontrar su lugar.
Lo difícil es distinguir uno de otro.
Cuando detengo demasiado ese movimiento, cuando me quedo en el silencio por miedo a incomodar o a perder algo, el péndulo se queda inclinado hacia un solo lado. Ya no fluye. Aparece esa sensación: el cuerpo cargado, algo contenido, una presión que no termina de irse.
No forzar la palabra antes de tiempo, no retenerla cuando ya pide salir. Dejar que mis palabras, mis silencios se muevan, encuentren su propio vaivén, en ritmo con una voluntad mayor.
Jamás conozco la razón completa; por ello no puedo decirlo todo. Hay un movimiento más amplio, con el que no he de pelear, sino dejarme llevar. No me rebasa, sino que me ordena y equilibra.
Aceptar que no todo depende de mí. Que hay cosas que se acomodan con el tiempo. Los demás tienen su ritmo.
Confiar.
Dejar que lo que exige voz salga,
y lo que necesite tiempo madure en silencio.
Entrar en ese vaivén.
Porque el balance es y está más allá de mis deseos.
4 comentarios
Añade el tuyo →Felicidades hermana, Muy bueno como siempre!!
A dejar fluir….confiar y ….
Confiar… saber que todo está en manos de alguien más poderoso que nosotros y que nos ama y quiere nuestra paz y felicidad me gustó mucho Lume, felicidades!!
Lume, excelente reflexión …. todo un arte a Confiar !!!
Lume
Me encantó. Muy cierto. En mi experiencia, también el silencio puede estar cargado de miedo. De tristeza, y ahí es donde viene la pregunta es mejor hablar. Callar?
Y normalmente opto por lo primero. Dejando q el tiempo resuelva por mi
Que encrucijada a veces una decisión q parece inocente. Simple