Recordando al príncipe feliz

Mi mente viaja al pasado, a esos momentos en los que me refugiaba en los cuentos.
Mi favorito de antes, de ahora y tal vez, para siempre: El Príncipe Feliz de Oscar Wilde.

No es momento de relatar la historia, es una experiencia que cada quien debe vivir en silencio, de manera personal e íntima. Sí, es momento de contar lo que este cuento significa para mí.

La primera vez que tuve el libro en mis manos no sabía leer. Pasaba las páginas observando las ilustraciones e inventaba mi propia historia. Mi curiosidad era inmensa: quería descifrar lo que decían los letreros en las calles, las señales de tránsito y sobre todo, las páginas de mi querido Príncipe Feliz. Seguramente mi madre lo leyó para mí en algún momento, pero yo consideraba tan especial mi relación con él, que no tenía sentido escucharlo de alguien más. Sentía que debía leerlo con mis propios ojos y darle voz con mis propias palabras. Las imágenes del libro eran claras el príncipe desde las alturas atestiguaba el sufrimiento de la humanidad, recuerdo que me angustiaba enormenmente la ilustración de un niño enfermo con fiebre y su madre de oficio costurera cosiendo sin parar y llena de preocupación por su pequeño.

Fui una niña privilegiada. A los siete años sabía muy poco de pobreza, sufrimiento y dolor. Era como el Príncipe Feliz cuando aún era humano: vivía ajena a lo que ocurría fuera de mi casa, de mi escuela, de la rutina que me protegía del mundo.

El Príncipe Feliz y su inseparable amiga, la golondrina, me enseñaron sobre la compasión y el desprendimiento. Conceptos que, aunque complejos para una niña pequeña, quedaron sembrados en mi interior. A lo largo de mi vida, he regresado a este cuento una y otra vez, y en cada lectura descubro algo nuevo: una enseñanza, una advertencia, un destello de amor y bondad. Es un maestro silencioso, que me regala lecciones en distintos momentos de mi vida.

“Querida golondrinita —dijo el Príncipe—, me cuentas historias sobre lugares extraños y maravillosos, pero lo más extraño es el sufrimiento de hombres y mujeres. El misterio más grande es la miseria.”

Todavía hoy mi mente no logra procesar estas palabras. No porque no entienda su significado, sino porque no comprendo por qué existen la miseria y el sufrimiento. No encuentro su sentido en el mundo. Tal vez —pienso ahora— no necesito entenderlo con la mente. El Príncipe Feliz lo comprendía con su corazón y tal vez allí, en el corazón, está la única respuesta posible.

Gracias, Príncipe Feliz, por mostrarme que la verdadera grandeza no está en el oro ni en las piedras preciosas, sino en los gestos invisibles, que la compasión no es un lujo, sino la forma más digna de habitar este mundo.

6 comentarios

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No he leído el cuento, voy a buscarlo para leerlo a mis hijos. Espero alcancen a captar alguna de las bonitas enseñanzas que compartes Macri.

Gracias Macri por compartirnos tu análisis y sentimientos con este cuento. Me llega muy hondo tu última frase: «…la compasión no es un lujo, sino la forma más digna de habitar este mundo.» Creo que esa compasión que habita en muchos seres humanos es lo que mantiene a este mundo girando. No la olvidemos.

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