La Negra

Pos yo pasé los días de mi infancia —de seis a diez de la noche— metida en la carbonería. Subía y bajaba del negocio —que estaba en el primer piso— a los cuartos de arriba, donde vivíamos en dos piezas —mis siete hermanos, yo, mi amá y el que se decía mi padre—. Olíamos todos a hollín y era imposible tener algo blanco, pues el humo se nos metía por todos lados. Me sonaba y me salían los mocos negros. Así era el ambiente, renegrido, como yo. 

Eso de ser la mayor está cabrón. A la Negra le tocaba hacer todo. O sea, a mí. 

Aunque cada año me apuntaban en la escuela, cada año duraba nomás asistiendo unos cuantos días. Siempre me tenía que salir cuando mi amá lo decidía o se peleaba con la maestra si la mandaban llamar, o un buen día estaba de malas y me hacía saber que mejor me quedará con ella. 

—Esta negra no nació para aprender nada, mejor que sirva de algo aquí. 

Y entonces sí que me hacía trabajar. Lavaba, cocinaba, cambiaba pañales, hacía mandados, barría, cargaba bebes, acarreaba agua, arrimaba la leña. Y estar en la casa estaba mejor pa mí. Pos cómo iba a ir a la escuela así de destartalada, con la ropa cochina. Las otras que iban no podían ser mis amigas, no me hallaba yo con ellas –todas catrinas con zapatos decentes y retepeinadas—. En la casa yo estaba mejor. 

A lo mejor, si hubiera sido lista o bonita, podría haber tenido una amiga. Me daba harta vergüenza ver a las vecinas irse con sus uniformes relucientes cargando sus mochilas, mientras yo me quedaba —como ya dije— renegrida de la piel y de la ropa a lidiar con mi amá y con mis hermanos. Siempre me hacía mensa pa’ no salir a barrer la calle y que no me miraran. 

Todos los días, al obscurecer, le agarraba la nerviolera a mi amá y me la contagiaba a mí. Cuando ya iban a ser las diez, era la hora en que mi apá se podía apresentar —si es que decidía llegar— tambaleándose de tanto trago y poniéndose furioso por lo que fuera. 

Cuando había harto trabajo por terminar y mis hermanos andaban de desmadrosos, mi amá se ponía como loca y se agarraba gríteme y gríteme, dando órdenes a lo pendejo. Yo, pos hacía lo que podía; trataba de cumplir, pa’ evitar sus alaridos y madrazos. 

—Calla a tu hermano, Negra. ¡Ándale, sirve de algo! ¡Apaga los frijoles, pendeja, se te van a quemar otra vez! ¡Cierra la ventana, babosa, que no vez que me estoy helando! Dile a ese pinche chamaco que se duerma. ¡Te dije que lo durmieras! 

Se agarraba de verás, así sin parar, sin darse cuenta que mi hermano gritaba porque se había quemado, que no había gas pa cocer los frijoles, que la ventana estaba quebrada, que el chamaco ardía de calentura y que yo —a mis 12 años— no podía hacer las cosas que ni ella podía a sus 30. 

Prefería quedarme sola con mis hermanos. Me gustaban más los días en que se desaparecía. Se iba a toda prisa, ya de noche, con esas ropas apretadas que le traía la vecina de la vuelta, se maquillaba la boca roja —pero bien rojísima— y sacaba los zapatos altos y ruidosos. A mis hermanas pequeñas —chamacas babosas— les gustaba verla así. Mis hermanos ni color se daban o preferían hacerse de la vista gorda, pero a mí se me revolvía el estámago. Entonces, no estando ella, ¡sí que ponía orden! Pobre del que no me hiciera caso. Debía tener a todos dormidos —o haciéndose los dormidos— antes que llegara mi apá. De esa manera no jallaba con quien peliar, le ganaba lo borracho y caía dormido en el sillón. 

Esos eran momentos de gloria pa mí. Sin mi amá en casa y todos los demás dormidos, podía decidir lo que chingados se me antojara hacer. Me urgía agarrar aire, aire limpio pues. Podía subir a la azotea a espiar a los vecinos —nomás de curiosa— a mirar lo que tenían y lo que hacían. O si tenía suerte de encontrar unas pinches monedas en el tarro donde mi amá escondía el cambio, corría a la tienda de abarrotes que cerraba a la medianoche pa comprarme un gansito, una coca o unas papas, pa mi solita. Las cabronas de las vecinas a esa hora ya no salían, por suerte; porque cuando me veían se me dejaban venir a echarme bronca. Me decían machorra, prieta y carbonera. Ni me asustaban, con una vez que le solté a una un buen putazo, ya vieron que conmigo no se podían meter. 

Como soy grandota, cuadrada y fea, con una cachucha pasaba por hombre. Así, a esa hora de la noche nadie se fijaba en mí. Ni los viciosos de la banqueta de enfrente me volteaban a ver. Me gustaba que se miraban todos despreocupados. Mis hermanas les tenían harto miedo, pero yo no. De más chica, también a ellos les había dado sus madrazos y me tenían miedo. Y ¿qué creen? Un buen día —ya más grande— que se me ocurre acercarme a ellos. Por curiosa crucé la banqueta. Me sentí más a gusto con los hombres que con todas las ridículas de las vecinas. Ahí conocí a Ulises, y de ser amigos que jugaban canicas en la obscuridad, un buen día se le ocurrió plantarme un beso y de ahí ya no paramos. Cada que me quedaba sola iba con él. Cambié los gansitos por Ulises. Hasta que a los 15 años me tuve que ir con él. 

Cuando mi amá regresaba —ya bien tardísimo— pos yo ya estaba acostaba, retecansada, y aun así la oía chismorrear con la vecina. Siempre mentando madres contra todos los cabrones que le decían que la querían —incluido el que ya dije se decía nuestro papá—. De veras que se arrastraba mi amá pa que la quisieran. Yo me juré que nunca sería tan taruga como ella. 

Ulises nunca me dijo que me quisiera ni me prometió nada, ni siquiera nos decíamos novios. A lo mejor por eso agarré confianza de estar con él. Nomás estábamos de curiosos, estábamos solos, solos, solos y sentíamos rico. Como yo nunca vi las pinches novelas ni cosas esas de enamorados, ni sabía qué era eso de tener novio, pos nomás me dejé calentar y ya. Así que cuando me empezó a crecer la panza, pos nos dijeron que teníamos que vivir juntos. Ni modo, ya ni pa’ qué alegaba. 

No me asustaba que me creciera un niño, ya había cuidado muchos bebés. Lo que me tenía bien pero bien emocionada era irme de la casa; no le aunque fuera a la casa de enfrente. La amá de Ulises, era pan comido comparada con mi amá. Además, yo hacía más que todas las huevonas de mis cuñadas juntas. 

Por unos meses estuve allá y ancá. Cuando ya casi me iba a aliviar, llegó corriendo una vecina a decirnos que acababan de atropellar a mi amá en la avenida, a unas cuadras de la casa. Pa ese entonces ni cómo avisar a mi apá, ya tenía como un año que no sabíamos nada de él —y hasta la fecha—. Llegamos corriendo a donde estaba, ahí tumbada en el pavimento, nomás justo pa’ que me alcanzara a decir: 

—Mi negra, te los encargo. 

La descarada de Lupe —mi hermana— le quitó los tacones que siempre había querido. Yo nomás agarré la bolsa por si traíba dinero, pa que no se lo robaran los mirones. 

Desde entonces sigo en la carbonería. Ulises, trabaja pa mí —ay de él, pobre donde no me haga caso—. Todavía viven conmigo tres de mis hermanos y mi hija. Ya me acostumbré a que todos me digan Amá Negra. 

A Ulises ya le dije que si no le gusta como soy, que se largue cuando quiera; que yo nunca voy a andar de la manita y esas pendejadas. Lo dejo que ande con quien quiera, nomás con que no me llegue con copas. A veces se quiere sentir como si fuera mi esposo, pero no me dejo convencer. Ya desde que nació la niña no lo dejo que se me acerque, solo lo deje pocas veces, cuando me ponía peda. Él sabe hacer cuentas, por eso lo he aguantado cerca, y pos no se va. Así que yo aprovecho pa que ayude y no esté de huevón. Cuando me aburre o quiero estar sola lo mando con su amá unos días. 

Hace algunos años, bajé la guardia y me acosté con un cliente. También bien pero bien tomada. De ese cabrón como que sí me andaba queriendo engriar. Pero cuando supe que tenía esposa, me desenamoré toda, y ya mejor siempre estoy seca, pa no complicarlo todo. 

Ahora todos me dicen que no me dejo querer, pero pos yo no sé nada de esas cosas. A veces me siento pero bien sola. Pero pos yo digo que mejor así. Nomás cuando yo quiero, nomás por que se me antoja. Ansina no me arriesgo. Sufren porque se dejan. 

Ya van como tres veces que sueño con mi amá. Sueño que está sentada sin gritar y que me dice que me arrime a su lado pa peinarme. Me despierto con un hoyo en la panza y mejor pienso en otra cosa, pos me dan ganas de chillar. 

A la niña yo sí la mando a la escuela, y como no es huevona, pos sí le compro zapatos y la dejo salir. A ver si ella no crece como yo, a puros chingadazos. De vez en cuando le doy un abrazo, no quiero que sienta ese hoyo en la panza cuando se acuerde de mí. Quisiera abrazarla más, pero pos poco a poco. Porque como que a mí eso no me sale. La verdá, la verdá —no por presumir— yo, segurito estoy haciendo las cosas mejor que mi amá. Sin chillar, sin tacones y sin chupe. Ojalá por lo menos se me quitaran mis modos tan feos. Porque lo negra, eso sí, seguro nunca se me va a quitar.

12 comentarios

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Qué historia tan triste y cruel , creo que más común de lo que podemos imaginar, cómo hacer para cambiar el patrón de conducta ?

Muy triste historia. Ningún niño debe vivir esa realidad. Los niños son la esperanza y la fortaleza del avenir. Cuidémonos y tratemos de cuidar a los jóvenes. Muy bien escrito Lume. Bravo.

Me atrapo tu historia, triste pero sucede más frecuente de lo que nos imaginamos. Muy bien Lumela, querida hija, te felicito, sigue escribiendo. Un beso.

Me gustó como me llevaste a ese lugar y fuiste pintando (tu especialidad), a la negrita por dentro y por fuera. Gracias por esa experiencia.

Querida Lume haz cambiado la temática de tus escritos.Es una triste realidad lo q describes,se necesita mucho trabajo y educación para cambiar esto.Te felicito por arriesgarte y presentarlo!!

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