Una noche en la cueva

Para mis amores más grandes: Estefan y Sebastián. Nunca es tarde para encontrar lo que les apasiona. El camino que tomen los llevará lejos. 

El verano está tocando a su fin. La temperatura comienza a descender, las hojas a caerse de los árboles y los días a tener menos horas de luz. Los cambios de estación nunca habían provocado que hibernara la familia Pardo, pero este año ha sido muy diferente.

—Las semanas que llevamos encerrados en la cueva han sido muy reconfortantes: hemos podido dormir y reponer fuerzas —dice Bish alegremente. —¡Pero yo no quería encerrarme! —contestó Sebastián, el cachorro menor de la familia, removiendo la tierra con un palito—. Extraño corretear las abejas y comer la miel de sus panales.

—Yo estoy contento de no salir —intervino Estefan, el osezno mayor—. 

Me gusta estar en mi cueva, tocar la guitarra y jugar videojuegos en línea con mis amigos. 

—A mí también me gusta jugar videojuegos, pero también quiero tallar mi espalda en los árboles y meterme al río a cazar pescado. ¡MMMM! ¡Qué rico es el pescado fresco! —se saborea Sebastián dejando caer saliva de su hocico. 

—¿Qué les parece si hoy hacemos una noche de camping dentro de la cueva? —interviene Dega, el papá oso, para detener el palabrerío entre los hermanos. 

—¡Sííí! –gritaron al mismo tiempo los dos oseznos. 

Mamá osa se queda con cara de sorpresa, sin entender de qué manera Dega piensa organizar un campamento. Ante la emoción de los niños, solo alcanza a decir:

—Pero todos vamos a recoger y limpiar la cueva, aunque sea tarde y tengan sueño.
Todos aceptan pagar ese alto precio con tal de romper la monotonía de la hibernación. Dormir y guardar reservas en su cuerpo ya se estaba convirtiendo en algo muy aburrido. Aunque ambos padres les habían explicado varias veces por qué tenían que estar encerrados, no lograban darle la dimensión correcta. 

–Estefan, tráeme la leña para la fogata ─indicó Dega, mientras arma la casa de campaña. 

Bish y Sebastián van a la cocina a poner bombones, salchichas y trozos de pescado en charolas para asarlos al fuego. Tamborileando con sus garras, voz queda y mirada ausente, el osezno menor dice: 

—Mamá, ¿me explicas otra vez qué pasa afuera y por qué no podemos salir? 

—Claro, hijo, todas las veces que lo necesites. ¿Recuerdas a la vieja hiena? Se enojó porque el Grupo de los 10 Sabios no le otorgó el poder absoluto del bosque y, en su frustración, echó un conjuro para contaminar el aire de la Zona Verde, que es la más transitada y donde están la mayoría de las escuelas y trabajos. Es aleatorio, no se sabe a quién matará; ha habido animales a los que no les pasa nada, pero la gran mayoría muere al respirarlo. —Un escalofrío erizó el pelaje de la osa mientras continúa hablando—. Nosotros no vamos a arriesgarnos. Hasta que regresen los Sabios con el antídoto no podremos salir. Gracias a la Madre Naturaleza tenemos todo lo que necesitamos dentro de esta cueva; además, no debemos olvidar que somos muy afortunados al no vivir en esa zona. 

Mientras hablaba, los ojos de mamá osa se llenaban de lágrimas porque ella, en el fondo, sabía que la realidad era mucho más fea de lo que les platicaba a sus hijos, pero no era necesario que ellos lo supieran. 

Cuando regresan a donde están los demás se sorprenden: Dega y Estefan han adornado con flores y mantas las paredes de la cueva. La fogata arde con intensidad y la casa de campaña tiene luces a su alrededor. 

—¡Mamá!, ¿te gusta cómo quedó? —preguntó emocionado Estefan. 

—¡Me fascina! —contesta Bish, abrazando amorosamente a su hijo y lanzando una mirada de complicidad a su esposo. 

—¿Qué quieren jugar? —pregunta Dega.

—¡Rummy! —gritan los dos hijos y salen corriendo por el juego.
Una nube de ensoñación inunda la mirada de Bish.

—¿Qué piensas, amor? —pregunta Dega.

—Nada, que tan solo un aroma logra transportarme a ese bosque que tanto amo y ahora sufre. —Voltea a verlo a los ojos y concluye—. Esto que acabas de hacer por nosotros significa mucho más que sólo matar el tiempo. Estoy tan relajada y feliz que puedo sentir a los árboles moverse y escuchar el crujir de las hojas bajo mis patas, como si estuviera allá afuera. 

—¡Qué profunda! —contestó Dega, riendo con un tono de burla. Siempre le ha gustado la manera de ver la vida de su esposa y se lo celebra haciendo bromas de lo que dice. 

Los niños regresan corriendo con el juego de mesa y comienzan a revolver las piezas mientras platican de su vida virtual y las grandes batallas que enfrentan en sus juegos. 

—¡Listo! Tomen sus fichas —anunció Sebastián, quien es el más emocionado porque siempre gana. 

Todos están pendientes. Los turnos empiezan hacia la derecha; las tercias y las corridas se hacen aparecer; las estrategias de cada uno hacen más compleja la partida. Cuando Estefan comienza a hablar con mucha seriedad, todos se sorprenden: 

—Mamá, Papá, ¿saben qué es lo que más estoy disfrutando ahorita? El cielo que puedo ver por el pequeño orificio que hay en esa esquina. Aunque no hay estrellas se ve luminoso porque creo que la luna se puso contenta de vernos en familia. 

—¡Oooh! —exclamaron todos, maravillados por la reflexión del hijo  mayor.

—¡Qué filosófico, Tefan! —dijo Sebastián, riendo y poniendo la ficha triunfadora sobre la mesa—. ¡Gané otra vez!

Todos ríen. De fondo se escucha la playlist de trova que tanto le gusta a Dega. Se ha repetido toda la velada, pero a nadie le importa. Bish lo que disfruta son sus letras y compases, que la llevan a crearse historias de amor y desamor. 

La tanda de turnos vuelve a empezar; las fichas de Rummy chasquean en la mesa. Bish pregunta: 

—¿Es mi turno?
Todos responden al unísono: 

—¡Síííí!

Con fingido enojo, exclama:

—¡Olvidé mi jugada!, ¡la tenía muy bien pensada! —Pero en el fondo no le importa, porque sabe que ella ya ganó con este momento de unas horas, pero que seguro vibrará en ella por mucho tiempo. 

Los bombones truenan y se derriten; las salchichas se asan y tuestan al compás de la madera quemada. 

—¡Me toca ponerlos al fuego! —intervino Estefan, con los ojos encogidos por la intensidad de las llamas, sosteniendo su brocheta con el hocico. 

—¡No acerques tanto la cara, que te puedes quemar! —expresó el papá oso. Luego se voltea con mamá osa y pensando en voz alta concluye: 

Ese calor que sale de la fogata me hace pensar en lo vulnerable que es nuestra piel, que tanto disfruta las caricias, pero que, también, se consume si permites que cualquier brasa la toque. 

Bish lo sorprende con un beso y una risita juguetona:

—¡Ya te pusiste también a filosofar! ¡Ja, ja, ja!

—¡Todo se pega! —dijo Dega en modo de excusa, con una carcajada. —¡El sabor del bombón en mi boca! ¡Ese sabor! —exclamó Bish.

El crujir del azúcar quemada la transporta a su niñez. Continúa diciendo: —No sé si me gustan por lo que me recuerdan o realmente por su sabor, pero los estoy disfrutando muchísimo. Igual que disfruto cada segundo que esta vida me regala con ustedes —concluyó mamá osa lanzándoles besos a sus tres osos favoritos. 

La noche cierra con Dega pensando en la vida que fluye dentro de las venas de las plantas que crecen en su huerto. 

—Ojalá pronto todas las manadas nos demos cuenta y valoremos la importancia de cuidar el bosque sin importar quién gobierne —concluyó el papá, acariciando las cabezas de sus hijos que se quedaron dormidos en su regazo. 

—Esperemos que así sea, amor –contesta Bish—. Vamos ya a la cama, mañana recogemos. 

Mamá y papá cargan en sus espaldas a los cachorros dormidos. Llevan el olor del hollín en su pelo y un aroma nuevo en el corazón. 

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