Un día conmigo

Hoy tenía que salir a un curso, se me estaba haciendo tarde y estaba a punto de empezar mi día corriendo cuando me detuve, me dije: ¿Qué pasaría si no llegas a ese curso, sino alistas la casa antes de salir? Y ¿Si te quedas en cama a ver unos capítulos de tu serie?, ¿si te preparas el desayuno como si fuera cumpleaños de alguien?, ¿Si pones esa musiquita chill que nunca escuchas?


Estaba sola en casa. Hice cada pequeño deber por el gusto de hacerlo, doblar la ropa, sentir su aroma a jabón, tender la cama, ver como se elevan las cobijas y caen como plumas, ligeras y suaves. Leí un poco, lavé trastes disfrutando la espuma del jabón y me quedé sentada por varios minutos simplemente a estar, habitar el espacio, habitar mi cuerpo, mi mente.


Me metí a bañar sin prisas. Observé mi cuerpo en el espejo sin sumir la panza ni apretar la pompa. Vi mi cara, mis arrugas, líneas de expresión y pequeñas manchas. Simplemente las miré, sin críticas, sin repasar mentalmente cómo las podría desaparecer. No jalé mis cachetes hacia arriba para ver cómo me vería un poco más restirada. Acaricié mi pelo, toqué mis raíces y acepté que las canas forman parte de mi evolución, las seguiré pintando no para esconderlas sino para llenarlas de color. Mi cabellera ya no es tan abundante como antes, dejé estambres de mí a lo largo del camino.

Después de bañarme bajé desnuda de cuerpo y mente por un vaso de agua. Recorrí la casa despacio, sin prisa, sin pena ni pudor. Cuando volteé al jardín el mozo que ayuda a la vecina estaba en la azotea observándome. Lo agarré desprevenido, no supo cómo reaccionar, simplemente se me quedó viendo, con escoba en mano, y yo a él con la frente en alto, desvío la mirada avergonzado. En otro momento hubiera sido yo la que saliera corriendo, cubriéndome lo poco que pudiera con las manos, me hubiera muerto de pena y esa sensación duraría por siempre en mi recuerdo. La vergüenza no me permitiría contarlo y me regañaría a mí misma por el atrevimiento pero hoy fue diferente, hoy soy diferente.

Sonó el timbre, me puse una bata, me asomé al balcón. El aire dejó de entrar a mis pulmones, era el mozo. ¿Por qué toca? ¿Qué quiere? Volvió a tocar, me volví a asomar, con voz segura pregunté quién era. Me dijo: “buenas tardes señora” a la vez que abría la reja y caminaba a la puerta principal, siempre está sin llave durante el día. El miedo comenzó a dominarme. Bajé corriendo mientras gritaba que qué se le ofrecía. Vi moverse el picaporte mientras escuchaba pequeños toquidos en la puerta, un escalofrío me recorrió el cuerpo.  Saqué el taser que tenía en mi bolsa para defensa persona. ¡Nunca pensé que lo usaría en mi propia casa! Tomé el picaporte con fuerza y jale hacia mí, estiré el brazo lo más rápido que pude y electrocuté al hombre que quería entrar. Me quedé viendo cómo se desplomó al suelo con cara de sorpresa, no se esperaba que me defendiera, me sentí empoderada protegiendo mi hogar y mi integridad.

Me acerqué a él, seguía consciente —¿Entonces no me va a prestar la bolsa para la basura que le pidió mí patrona? —Me dijo antes de desmayarse.

Lo había olvidado por completo. Ahora tenía a un hombre tirado en la entrada principal y la basura regada por la calle.  

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