El sistema

Escribo estas notas mientras estoy en la sala de espera de algún hospital de asistencia médica social de mi país. (No quiero herir susceptibilidades, así que omitiré el nombre y la entidad).

Vengo con cierta  regularidad porque apoyo  a mis padres con sus citas, ambos son adultos mayores pensionados y esta es su única opción de salud médica. Debo decir que aunque agradezco este servicio no puedo tolerar la burocracia e intransigencia.

Cada vez que acudo a la institución siento que entro a la dimensión desconocida, a un nivel del inframundo. Hay una energía densa en el lugar, supongo que la enfermedad y el pesar se apoderaron de manera voraz. Tal vez lo consideren una tontería pero  antes de ingresar hago una oración de protección que me previene contra cualquier mal.

Las enfermeras que están a cargo de la recepción en cada especialidad tienen la llave de acceso  a la agenda, son dueñas del tiempo. A veces te dicen con desdén que ya no hay fichas, que regreses mañanamuy tempranito porque nada más se reparten cincuenta turnos por día. Pocas veces sonríen,  las justifico porque atienden a un centenar de asegurados en cada jornada lo cual va endureciendo su corazón sin darse cuenta.

La clínica es un laberinto. Te mandan de un lugar a otro  sin consideración, hay gente perdida en los pasillos que no encuentra norte ni salida, los módulos de orientación son una especie de oasis, si corres con   suerte  y encuentras personal que atienda.

Todos los derechohabientes  cargan con un folder de plástico que venden los ambulantes  en la puerta  de entrada por veinte pesos. Allí se guarda el carnet; el más preciado de todos los  documentos, las recetas con su copia rosa, el pase para laboratorio y la vigencia; un certificado que autentifica que el paciente tiene el derecho para recibir los servicios médicos.

Mientras afuera la vida corre, dentro los minutos van a paso lento. Debe ser otro capricho del sistema, que roba trozos de vida en la espera.

Después de varias horas mis esfínteres me traicionan, cuando  acudo a la zona de sanitarios un olor nauseabundo me alerta, retrocedo porque si doy un paso más no podré controlar la nausea. Busco otra opción, pero es lo mismo en cualquier edificio. Me comenta la persona de limpieza que no hay agua.

-¡No hay agua!

Exclamo incrédula.

-¿En un hospital no hay agua?

Convenzo a mis riñones para aguantar un poco más.

Regreso a mi sitio, tengo casi cinco horas en espera, la enfermera indica  en voz alta que hay problemas con el sistema, que está muy lento. Que viene y va. Que está por terminar el turno. Entonces entro en un diálogo interno ¿Me voy? O persisto. 

Decido permanecer  en  la trinchera de la paciencia inquebrantable. No estoy dispuesta a perder otra mañana en este sitio. Le explico a la señorita que yo no vivo en la ciudad, que es complicado para mí volver al día siguiente. Supongo que se percató de mi congoja. Entonces sacó un pequeño cuaderno de notas del cajón y me dijo con tono susurrante:

-No acostumbro hacer este tipo de favores, pero voy a hacer una excepción.

Escribió los datos de mi padre y me pidió mi número telefónico.

-En cuanto se abra de nuevo el sistema, voy a agendar su cita y me comunicaré con usted.

Incrédula agradecí el gesto. 

Salí de la clínica con prontitud porque mis riñones ya habían soportado demasiado. Tenía poco de haber llegado a casa cuando recibí la llamada de “Lupita”quien me confirmó la cita con el urólogo para el 8 de mayo a las 11:15 am (Dentro de cuatro meses, menos mal que el padecimiento de mí  padre no es una cuestión de gravedad).

Agradecí el favor. Estoy convencida que mi oración de protección surtió efecto. 

Creo que “Lupita” es un milagro dentro de la dimensión desconocida.

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