Random acts of love

Nunca hemos celebrado el catorce de febrero. No es necesario. Es solo un día más en el calendario. En cambio cada día hay, sin orden ni concierto, pequeños actos de amor de parte de él. Como cuando me subo al auto y siempre tiene gasolina. Cuando él lleva a mi hijo menor a la escuela para dejarme dormir una hora más. Cuando tengo las manos frías y las aprieta entre las suyas para calentarlas. Cuando permite que mi mascota se acueste a mis pies sobre la cama, a pesar de que no le gustan los perros, menos aún los pelos que sueltan. Cuando lleva a mi hijo mayor a tomar el autobús que lo regresa a la ciudad donde estudia la universidad porque, sin importar el tiempo transcurrido, sigue doliendo verlo despedirse. Cuando él se convierte en un sí a todo y me acompaña a conciertos sin saberse las canciones; o a conferencias de escritores y ferias del libro, a pesar de que no comparte mi gusto por la lectura. Cuando va por mí al aeropuerto y estaciona el auto para esperarme adentro en la puerta de llegadas. Cuando me comparte el último bocado de su comida, aún con hambre. Cuando no puedo dormir y me acaricia el pelo. Cuando por la mañana, al despertar, me toma de la mano sin decir nada. Cuando cada día se despide de mí con un beso. Y por la noche antes de dormirse me da otro más. Pequeños actos de amor que se han vuelto cotidianos y, por lo tanto, un ritual entre los dos. Una celebración de nuestra vida en común. Sencilla, pero feliz.

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