Dandelion to lion

Siempre me pregunté como algo tan frágil tiene un nombre tan fuerte: Diente de león.

Uno, frágil; el otro, feroz. Uno, suspendido en la brisa, deshaciéndose en suspiros dorados; el otro, clavado en la carne del viento, desgarrando el silencio de la selva.

El diente de león se entrega al aire, sin miedo al desprendimiento, sabiendo que su destino es partir, volar, esparcirse en mil fragmentos de luz.

Es un grito suave, un estallido manso. En cambio, el diente del león se aferra a su presa, es filo y sentencia, es la firmeza que no negocia, la mordida que marca territorios de sombra.

Pero ambos, en su esencia, conocen la misma ley: la de la fugacidad.  

El diente de león, con su vuelo ingrávido, sabe que el tiempo lo disipará. Y el diente del león, por más afilado que sea, sabe que un día caerá, vencido por la edad, enterrado en la boca de la jungla.

Así conviven: uno se deshoja en la caricia del viento; el otro, en la voracidad de la vida. Uno es ternura; el otro, hambre. Y sin embargo, ambos son nombres de lo efímero con un paso breve por la tierra.

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