Camina con paso rápido, sin importarle demasiado la tormenta. Sostiene con fuerza el paraguas para que el viento no se lo arrebate de las manos. Tiene los lentes empapados y no ve con claridad. Se apresura aún más, sin importarle la posibilidad de tropezar. Sus zapatos están ensopados, pero no repara en la sensación de sus pies. Su único pensamiento es llegar a tiempo, antes de que sea demasiado tarde.
Gira en la esquina, atravesando la multitud que lucha por resguardarse bajo el pequeño techito donde esperan el siguiente camión. Ella sigue inmutable, como si caminara por una calle vacía y sin lluvia. No oye los cláxones, ni los murmullos de la gente, mucho menos el agua que salpican los autos veloces, indiferentes a los que se mojan a su alrededor. Solo escucha su agitada respiración. Va encerrada en sus pensamientos, en su prisa, en su preocupación.
En lugar de bajar el paso, lo acelera cada vez más. Va cuesta arriba y cruza la avenida sin llegar a la zona peatonal. Lo hace entre los autos detenidos ante la luz roja. Esquiva motos y bicicletas. Le gritan, le reclaman su osadía. Ella no se detiene. La tormenta arrecia. Al intentar brincar el charco del arroyo de la calle, no logra dar un paso lo suficientemente grande para alcanzar la banqueta, y cae sobre el agua.
Hay muchas personas en las aceras, pero ninguna la observa. Cada quien sobrevive su dificultad, entre el viento y la furia del agua. Una bravura que brota de una alcantarilla destapada la succiona. El charco la absorbe. El asfalto se la traga.
Jamás se le vuelve a ver.
Al día siguiente, un paraguas yace abandonado y roto en el arroyo de la calle.
5 comentarios
Añade el tuyo →Lo leeré de nuevo, para analizar …
Sin palabras!
Buena descripción.
Excelente narrativa, intensa, capta la atención y rápido
Al día siguiente tapan la alcantarilla, recogen el paraguas y la vida sigue…
OMG!!!!!!! se siente la tensión durante todo el texto el final no podría ser otro… las prisas no nos llevan a nada bueno.