Cada veintiséis de abril

Año con año, cada 26 de abril, elijo la misma fotografía para recordar nuestro aniversario.
La imagen transmite amor, pero también juventud e ingenuidad. Tú tenías veintiséis, yo veinticinco. Hoy pienso que fue justamente esa ingenuidad la que nos animó a la aventura de casarnos.

Yo estaba consciente de las responsabilidades de una vida en pareja, de construir algo independiente de mis papás, sé que tú también lo estabas. Las actividades del día a día —el trabajo, la casa— parecían obvias, casi naturales. Como si bastara con querer para que todo funcionara.

Nadie nos preparó para lo que vendría después: los hijos, las pérdidas, las crisis personales, las enfermedades, los problemas económicos. Lo bonito de la vida se disfruta casi sin esfuerzo. Lo complejo, en cambio, nos lleva a veces a lugares oscuros. Y es justamente el atravesarlos en compañía lo que los vuelve más llevaderos.

Aunque también es cierto que, a veces, la pareja misma se convierte en el reto. Las diferencias, los cambios personales que trae el tiempo, la rutina que se instala sin pedir permiso, el enamoramiento que inevitablemente se transforma.

Ahí es donde empieza lo verdadero.

Porque el matrimonio no se sostiene solo del amor que sentimos aquel día frente a una fotografía. Ese amor existe, sí, pero no basta. Se desgasta, se mueve, se redefine. El matrimonio —lo hemos aprendido— es otra cosa:

Es decidir quedarse cuando sería más fácil tomar distancia.
Es volver a mirarnos cuando dejamos de reconocernos.
Es hacer espacio para el otro, incluso cuando estamos llenos de nosotros mismos.

Es elegir, una y otra vez, seguir caminando juntos.

No porque siempre sea fácil, ni porque siempre estemos de acuerdo, ni siquiera porque siempre estemos enamorados de la misma forma. Sino porque hay algo más profundo que nos sostiene: la convicción. La convicción de que este “nosotros” vale la pena, de que lo construido no es casualidad, de que, a pesar de todo, seguimos encontrando el camino de regreso.

Hoy miro esa fotografía y ya no veo solo a dos jóvenes enamorados, veo a dos personas que no sabían lo que venía, pero que, de alguna manera, eligieron bien, porque después de todo lo vivido, de todo lo que hemos sido y dejado de ser, seguimos aquí.

Y eso —hoy lo sé— también es amor.

2 comentarios

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Wow Macri hermoso escrito como tu. Una conquista diaria. Un decidir estar dia a dia.
El amor que se conquista y se renueva
Hermosa foto.

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