Salgo de la plaza. Cruzo con facilidad al otro lado de la avenida. Voy sola en el carro, feliz. Cuando las pequeñas rutinas se cumplen conforme a lo planeado me siento eficiente. Los administradores del centro comercial aceptaron la propuesta, el evento de hoy salió muy bien y voy en tiempo para alcanzar a ver a mi hija en su partido de voleibol.
Me acerco al retorno, giro a la izquierda y freno en el semáforo que está en rojo. Antes de detenerme del todo veo a unos chicos con toda la intención de lavar mi parabrisas, para evitar que se lancen a su labor sobre mi coche los miro a los ojos fijamente, les digo que no mientras muevo enérgicamente mi dedo en sentido de negación. Ellos se miran con una sonrisa burlona, casi traviesa, como si mis señas hubieran sido el impulso que buscaban para abalanzarse. Me enojo, una ola de impotencia y frustración me inunda, por eso finjo no verlos hacer espuma casi en mi cara. No quiero que se den cuenta de mi reacción porque seguramente se reirán pensando “ya se enojo esta doña”. Y claro está que bajar la ventana para darles una explicación por mi molestia no es opción. Mi venganza: no darles ni un peso cuando terminen. Luego me llega el remordimiento, pienso que es la única manera que encuentran para que la gente les de dinero, son sus medios caóticos en una ciudad caótica.
Pasa un minuto, La burla que percibí en ellos no me deja ¿Si dije NO claramente porque lo hacen? Pienso en las veces en que he ido en el coche con mi esposo y algún muchacho quiere lavar el parabrisas. Él dice NO y no se avientan, no se burlan, no insisten. ¿Qué diferencia hay entre mi «NO» y su «NO»?
Está a punto de cambiar a verde el semáforo, lo sé porque los coches vecinos comienzan a intentar avanzar y los jóvenes están terminando de limpiar lo que no tenían que limpiar, para ser justos tienen muy bien calculados sus tiempos. Yo acelero sin voltearlos a ver pero con un nudo extraño en el estomago, ¿Será que le estoy dando demasiada importancia a algo intrascendente?, a veces me pasa que profundizo y desmenuzo temas y situaciones que son insignificantes para la mayoría de la gente.
Avanzo, tomo la avenida y conforme acelero llegan a toda velocidad eventos que me han hecho sentir de la misma forma. Doy vuelta para entrar a la deportiva del estado mientras pienso que no es solo lo débil que, a veces, suena mi «NO» sino el trato diferenciado. Hace unos días fuimos a celebrar el cumpleaños de una amiga a un restaurante. Al ser de noche comimos poco, si tomamos pero en lugares así nos limitamos. El mesero, cuando se percató de que nuestro consumo sería poco significativo para él, comenzó a hablarnos con menos cortesía, a poner los platos bruscamente, cuando queríamos encargar alguna otra cosa se tardaba muchísimo en traerla o de plano era casi imposible llamar su atención para que nos tomara la orden. Pensé que había sido aislado pero recordando otra veces nos ha pasado muy seguido la indiferencia o descortesía por parte de los meseros. Ahora que lo pienso no es nada más mi «NO» lo que, a veces, vale menos sino también mi dinero; mi presencia en ciertos lugares se valida más si voy acompañada de un hombre.
Tomo mi bolsa, me bajo del carro y camino por los corredores arbolados hasta llegar a la cancha techada. Desde lejos escucho el tronar de los balones, el rechinar de los tenis sobre el pavimento, luego descubro que el rechinar es de mis dientes. Estoy enojada y valido ese enojo, soy consciente que todas las situaciones que me llegaron a la mente pueden ser tomadas como exageraciones pero me rehúso a normalizarlas más.
Llego justo a tiempo para que mi niña me salude a lo lejos antes de comenzar el partido. Amo verla activa, fuerte y ruda cuando se necesita. Caigo en cuenta que así es como debo de dejar caer mis “NOs”, sin remordimientos ni pena. Hay mujeres que hablan muy firmes, que hasta parecen molestas, que sus exigencias son tajantes y no dan explicaciones. Yo no soy así, me cuesta validar mis propios límites porque por mucho tiempo en mi vida yo misma les he quitado fuerza, están débiles e inseguros porque a mi «NO» lo he ignorado sobre todo al escuchar palabras como “ándale”, “qué sangrona”, “no seas payasa”, “¿Porqué te enojas?”, «no exageres». He ganado más aceptación cuando me muestro triste o con temor que cuando mis ojos brillan con determinación y mi voz habla claro y fuerte. Lo peor es que no me gusta que piensen que estoy enojada o que soy grosera, pero al ver a mi hija clavar el balón sin dudar y con una energía que solo la dan las ganas de hacerse notar me prometo que cuando vea que mi «NO» está siendo menospreciado lo clavaré como el filo brillante de un cuchillo.