La duda

Ella
Fue al centro de la ciudad para hacer un mandado. Las calles abarrotadas de gente y un sin fin de callejuelas le hicieron perder rumbo.
Tratando de recobrar el camino preguntó a una peculiar mujer a la puerta de una vecindad, si conocía la calle de San Juan de Letrán.
Respondió que no. Después le miró fijamente como si la conociera y añadió:
— Lo que sí sé, es que uno de tus hijos, un varón, tiene a Mercurio en la casa ocho, partirá pronto de este mundo.
Después de escuchar tal afirmación un escalofrío cubrió su cuerpo, trató de escapar a toda prisa del vaticinio.
Cuando estuvo a salvo no podía dejar de pensar cuál de sus dos hijos habría de morir.
Volvió al lugar porque no podía con la duda. Pero ya no había rastro de la adivina.
Jamás comentó lo sucedido por temor a que fuera una verdad anticipada.



Él
Se encontraba en la oficina. Su familia había ido a pasar unos días a la montaña. Decidió quedarse en la ciudad porque tenía mucho trabajo, citas importantes, poco tiempo para el descanso.
Su secretaria dio aviso de una llamada emergente por la línea dos.
En el auricular una voz cargada de angustia y pesar le informó que su hijo tuvo un accidente y perdió la vida.
Le brindaron una avioneta de la empresa para llegar presto al lugar de la tragedia.
Tenía dos hijos. No tuvo valor de preguntar cuál de ellos fue el desafortunado.
Le carcomía la duda. ¿Sería éste o aquel?
A veces imaginaba que habría sido el mayor, otras que el menor.
Perdía a uno, luego al otro. Resucitaba al primero, después al segundo.
Fue el viaje más largo de su vida.

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