Flamy no quiere ser Flamy

Flamy, a pesar de vivir rodeado de familiares, cercanos y lejanos, porque en Riviera Laguna nadie podía vivir en otro lado, se sentía incómodo de formar parte de esa colonia pintada de rosa y coral ¿No se podía usar otro color que no fuera de ese pantone? A él le fastidiaba al punto de sentir nauseas al ver su plumaje, no sabía porqué tenían que lucir todos iguales. 

En la escuela Flamy quería ser del equipo de los gansos, siempre tan ligeros y alegres entre ellos y con otras especies. En cambio los flamingos, desde su elevado ego, solo se relacionaban entre ellos. 

A Flamy, todo eso le causaba mucha inseguridad y angustia, también cargo de conciencia porque le dolía sentir tanto rechazo por su familia y a la vez por él mismo. Además del color, sus piernas larguiruchas y flacas lo avergonzaban, los gansos las tenían proporcionadas a su cuerpo no que las de los flamingos eran largas tan largas que el agua les quedada zancona. Por si fuera poco, las rodillas se les doblaban en sentido inverso, como si cada paso fuera un exorcismo. No encontraba sentido a su apariencia ni a su modo de vivir, por lo que comenzó a tener miedo de todo: miedo a crecer, a ser, a pensar, a hacer amigos. Poco a poco se aisló, tanto, que dejó de ir a la escuela. 

Un día, Flamy estaba perdiendo el tiempo detrás de las rocas pedregosas cuando se dio cuenta de que el nivel del agua en Riviera Laguna había crecido tanto que sus rodillas por primera vez en la vida se mojaron. Se asustó, algo no estaba bien, así que caminó, corrió como pudo a la escuela. 

Graznidos, gritos, aleteos y plumas sueltas inundaban el ambiente, ¡Los gansos y los patos estaban siendo arrastrados por la corriente! Flamy se sintió inútil, asustado veía todo perdido. Incapaz de recurrir a algo que asemejara a una ayuda lo único que supo hacer fue cerrar los ojos, subir su patiita y dejarse arrastrar por la corriente. Pasaron los minutos y no moría, abrió los ojos, observó más allá de su miedo y se dio cuenta que sólo él podría salvar a sus compañeros. Por primera vez agradeció su fisonomía.  

Respiró hondo y comenzó a dar pasos valientes que lo acercaban a la catástrofe. Conforme avanzaba escuchaba los gritos de auxilio que lo incitaban a seguir adelante. Por fin, logró llegar al tronco endeble donde se sostenían las demás aves. Una a una comenzaron a subir al cuerpo de Flamy para ser rescatados. 

Cuando iba de regreso se dio cuenta que sus familiares estaban haciendo lo mismo que él. Entraron al agua y ayudaron a todos los que pudieron.

Las aves de Riviera Laguna estaban muy agradecidas pero, sobre todo,  sorprendidas al ver quienes acudieron a su rescate. Jamas pensaron ser importantes para ellos y menos que arriesgarían su vida para salvarlos. 

Por primera vez Flamy sintió orgullo de ser flamingo y de pertenecer a esa familia. Lo que aún no terminaba de aceptar era su color coral, pero ya no le parecía tan malo lucir como todos ellos. 

Pensó que a lo mejor podría de vez en cuando trenzar sus plumaje con hojas verdes y plumas blancas de ahora sus amigos los gansos. 

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