Antes que madres, somos mujeres.

Cada año regresamos a la misma reflexión a propósito de ser madres.
Hemos vivido la maternidad como un regalo y nos sentimos profundamente agradecidas por haberla experimentado.
Compartirla con mujeres que admiramos profundamente —empezando por nuestras madres— ha sido un privilegio.
Ser seres que regalan vida a otros, que los acompañan a introducirse en este mundo, nos ha dado momentos de plenitud y de sentido.

Y sin embargo, hay una parte de esta celebración que no nos gusta.
Porque a veces nos reduce a un solo rol, como si ser madre fuera la única manera legítima de ser una mujer completa.

Sabemos que ser madres no nos hace más mujeres, y que no lo seríamos menos si no lo hubiéramos sido.
Ser madres ha sido un don magnífico, sí.
Pero no es nuestro destino, ni nuestra definición.

Fuimos creadas para todo lo que creamos.
Para todo lo que queramos.
Para todo.

Dejemos de repetir que la mujer fue creada para ser madre y que ese es su fin más noble.
Eso nos limita, nos etiqueta, nos condiciona.
Ser capaces de realizar una tarea —incluso la de gestar vida— no convierte a esa tarea en el propósito de nuestra existencia.

Somos madres como podemos,
con dudas, con aciertos, con cansancio, con entrega.
No se ama en automático.
El instinto no lo resuelve todo.

No todas las historias de maternidad son dulces.
Podrá haber madres maravillosas, podrá haber madres espantosas, y muchas que no caben en ninguno de esos extremos.
Porque antes que madres, somos mujeres.

Y desde este lugar, queremos detenernos con especial respeto y profunda admiración ante esas otras maternidades.
Las que no tuvieron ningún modelo de madre amorosa.
Las que perdieron una batalla y sus miedos se hicieron realidad.
Las que cargan la pena grande de la pérdida del fruto de su vientre,
las que no lo encuentran, las que no lo pueden salvar.
Las que lo cuidan enfermo.
Las que migran buscando algo mejor.
Las que no tuvieron otra opción que dejar a sus hijos.
Las que no comparten las responsabilidades con el padre de sus hijos.
Las que batallan por poner el pan en la boca de sus hijos.
Las que sostienen el día a día con una fuerza silenciosa y desgastante.
Las que están en guerra.
Las que visitan la cárcel, el hospital, el anexo.
Las que se han quedado con preguntas e ira, sin respuestas, sin justicia.

Nos inspiran. Nos conmueven. Nos motivan. Aprendemos de ellas.
Nos muestran lo que significa ser una madre real: con lágrimas, con errores, con caídas.
Admiramos su capacidad de seguir de pie, de seguir viviendo.
Aun cuando el corazón ya no esté entero.

Todas las madres tuvimos matriz. Algunas lo han sido sin ella.
Fuimos cuna para la vida. Y la vida toma sus propios caminos sin preguntarnos.
Tarde o temprano nos llegó el momento de despedirnos de ella.
Y lo tratamos de hacer en paz.

No tenemos más que gratitud.
Fue divertido, retador, gratificante, amoroso, tener esta cajita mágica que supo alimentar y abrigar nuevas vidas.
Pero nuestro valor no nació con ella, ni se fue con ella.

Somos completas. Somos valiosas.
Con hijos o sin ellos.
Con útero o sin él.
Por lo que somos, por lo que creemos, por cómo vivimos.

Nos reservamos el derecho de ser las madres que podemos, desde las mujeres que somos.
No somos las más generosas, ni las más pacientes, ni las más mil cosas.
Nos reservamos el derecho de intentar ser las mujeres que queremos ser.
Nos reservamos el derecho a anhelar, a desear, a equivocarnos.

Que la maternidad no nos distraiga de ser mujeres.
Que el cuidado de los demás no nos impida cuidarnos.
Que el amor hacia otros no nos haga olvidar el amor propio.

Son bellísimos el amor y la gratitud de los hijos y las hijas.
Pero liberémoslos —y liberémonos— del halo de idolatría y santidad con el que se pretende envolver a la maternidad.
Remarquemos maternidades construidas desde la honestidad de querer hacerlo lo mejor posible.
Sin juicios por no saber serlo todo.

Más miradas amorosas, pero honestas.
Más comprensión ante el gran intento de estar, de mejorar.
De no ocultar ni ignorar nuestras heridas o emociones, sino de relacionarnos más humanamente, más sinceramente, como mujeres en reconstrucción continua.

Gracias, maternidad.
Gracias, cuerpo.
Gracias, vida.

7 comentarios

Añade el tuyo →

La maternidad es más cuando se escoge conscientemente y aún así se vive de esas mil maneras que explicas.

Me encanta que invites a que aterricemos con compasión este rol.

Deja una respuesta