Tamales y un árbol

Fui al Hospital General a llevar a mi papá a un chequeo. Nunca había ido, no sabía ni cómo llegar. Sorpresa fue ver un edificio enorme y bien cuidado, aunque ya estando adentro confirmé la falta de recursos, tanto humanos como de medicinas y herramientas. Pero ese es otro cuento… de nunca acabar.

El primer reto fue encontrar estacionamiento. Mi preocupación se desvaneció al topar con unos “viene, viene” amables y atentos. “Se están ganando su propina”, pensé.

—Aquí se lo cuidamos, güerita —me dijo un señor joven y sonriente.

Me alejé pensando que estaba tomando mi sesión de blanqueamiento, como dice un amigo cada vez que va al mercado y le dicen “güerito”.

Al salir, después de casi cuatro horas, mi papá quería un tamal. Empujar una silla de ruedas con un hombre de casi 80 kilos por las calles de México no es fácil, requiere fuerza y maña. Pero mi papá, para bien o para mal, nunca experimentará el otro lado de la silla, el lado que guía, empuja, sostiene, cuida y controla la dirección. Entonces, él quería un tamal.

Tropezando con una piedra y otra, volteé a buscar entre los puestos, pero ninguno era de tamales. Me sorprendí, porque siempre que hay vendimia callejera los tamales no pueden faltar.

—Papi, no veo tamales, luego te compro. Tengo prisa, ya se hizo bien tarde —le dije.

—Pero seguro debe de haber —me insistió, volteando la cabeza para verificar si no le mentía.

Un poco molesta llegué a la camioneta, mi papá le preguntó al “Sr. Viene, viene” si sabía dónde había tamales.

—Allá al fondo está el puesto, patrón —le contestó, y con un movimiento de cejas mandó a su hijo en esa dirección.

Le agradecí su atención mientras trataba de apresurarme para guardar la silla e irme. Me incomodó mucho que mi papá siguiera tan insistente con algo que se podía comprar en otro lado, en otro momento. Mientras yo me movía de un lado a otro, el señor me contaba de la vez que él estuvo internado ahí, lo que más le pesó fue no haber podido comer lo que él quería. Cerró el tema diciendo que nunca hay que quedarse con las ganas de comer lo que nos gusta.

—No sabe las tragedias que vemos nosotros aquí —concluyó.

Para corresponder a su amabilidad, le saqué plática, aún no me explico por qué terminé preguntándole si vivían lejos de ahí.

—Nosotros vivimos aquí —dijo.

—¿Aquí dónde? —repliqué, volteando la mirada hacia su dedo índice, que señalaba un árbol flaco, desnutrido y un poco inclinado.

Observé bien, porque no quería avergonzarlo, entonces vi una lona roja tensada desde ese árbol, de la que colgaban otros plásticos simulando una pared. Dentro había más gente, algunos niños, unas señoras. No sé cuántos eran, pero definitivamente eran muchos más de los que esa “casa” podía resguardar.

El corazón se me apachurró. Volteé la cara con una sonrisa, tratando de ocultar mis lágrimas y mi falta de palabras, porque no quería denigrarlo sintiendo lástima, pero no pude frenar la compasión que nació en mí, mezclada con una vergüenza inexplicable, yo vivo, gracias a miles de circunstancias que no estuvieron en mis manos, en otra situación. En otra realidad que ahora me parecía tan lejana.

De pronto apareció su hijo de regreso con una bolsa con dos tamales calientitos. Esperó a que su padre le diera una indicación muda, y me los entregó. Saqué dinero y los pagué.

—No, señorita, es un regalo para su papá. Que coma. Hay que comer todo lo que se le antoje a uno, mientras pueda.

Me dejó fría de tanto calor que emanaba su bondad. Me regresó el dinero. No lo acepté. Me desbaraté en agradecimiento. Subí a la camioneta con los ojos desbordados, volteé a ver a mi papá, con una mirada alegre, me dijo:

—¡Ya ves que sí había tamales!

Con una sonrisa a medias le expresé que habíamos percibido dos lecciones muy distintas.

Avancé, dejando en el horizonte aquella realidad, deseando que se me quedara el olor de ese hogar, de esa calle. El olor de la esencia del señor pegada a mi piel para que desvanezca el miedo que siento a veces de que mi mundo se haga chiquito y olvide mirar de verdad. 

Por favor, que su sensibilidad se adhiera a mí, para no olvidar voltear a ver a los ojos de quien se cruza en mi camino, tanto aquel a quien se le antoja un tamal como al que vive sobre un camellón, bajo un árbol. Ese árbol que es cimiento de un hogar, con raíces más sólidas que muchas casas de concreto porque se alimenta del alma caritativa de los que la habitan.

Ahora entiendo por qué sus hojas eran tan verdes.

7 comentarios

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Que enseñanza Denise. Que bueno que lo escribes. A veces dejamos cosas importantes de lado por la prisa inexistente. Que bondad del señor y su hijo lo que aprendemos de ellos. Gracias por tu escrito

Así es Maris, lo que más me conmovió fue la bondad y la capacidad de mirar al otro a pesar de las adversidades. Gracias por leerme. si abrimos bien los ojos siempre hay lecciones que aprender.

Aun cuando parezca que no se tiene nada que dar, cuando se es generoso, siempre habrá algo que dar! Que belleza! Gracias Denise.

Felicidades, me cautivo esta lectura, tocó fuerte mi corazón. La inicié y tuve que suspenderla. Ansias tenía de poder continuar.
Grandes lecciones nos dejas, bondad, generosidad y la paciencia que necesitamos, entre otras cosas.

Felicidades, me cautivo esta lectura, tocó fuerte mi corazón. La inicié y tuve que suspenderla. Ansias tenía de poder continuar.
Grandes lecciones nos dejas, bondad, generosidad y la paciencia que necesitamos, entre otras cosas.

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