Josefina

La conocí por casualidad, hace unos días en la tienda-cafetería del hospital Regional de Alta Especialidad T1. Las dos bajamos en el mismo elevador a comprar algo para desayunar.

Ella se sentó a la sombra de un árbol y le pregunté si podía acompañarla; con una sonrisa, me invitó a sentarme. Así empezamos a compartir el tiempo, el almuerzo y a hablar, como lo hacen quienes se encuentran cuidando en los pasillos de un hospital. Yo acompañaba a mi papá, ella a su mamá.

Josefina tiene unos cuarenta y tantos años, el cabello negro y una mirada que parece venir de lejos. Vive en una comunidad cercana a Salamanca. Su mamá tiene problemas pulmonares. Después de buscar ayuda en la clínica más cercana y pasar a Salamanca donde la enviaron a internar a su mamá, terminaron en León. Llevaban ya siete días aquí, turnándose con tres de sus seis hermanas para no dejarla sola. El viaje desde su comunidad dura cuatro horas así que ahora se turnan cada cuarenta y ocho, porque el cuerpo y el dinero no alcanzan para venir a diario.

Me compartió que ayer a su mamá le hicieron una biopsia. Tendrán que esperar a que les entreguen los resultados doce días más. Mientras tanto, la angustia la mantiene en estado de alerta. En su familia ha habido muchos casos de cáncer, así que, según ella, lo más probable es que se trate de un tumor.

Josefina también. Hace tres años le detectaron cáncer de mama: dos tumores, una bolita benigna. Me lo contó como si hablara de una gripa.

—El médico no me creyó lo tranquila que estaba, hasta al psicólogo me quería mandar —me dijo —. Pero yo le dije que hiciera su trabajo, que yo iba a hacer el mío.

Entonces me contó que dos de sus hermanas, una prima, su abuela y un tío también lo habían tenido. Que justo cuando se lo detectaron a ella, se estaba divorciando y que su hija mayor se alejó.

—Seguro le dio miedo —le dije.

—¿Miedo? Eso no es miedo. Además es bien convenienciera porque no más me busca cuando quiere algo. Ahora que para que le cuide a los niños, pero esos canijos ya me agarraron cansada. Ya no aguanto, me duelen mucho mis piernas. Y menos al más chiquillo que es como el alma de Judas.

Está en remisión desde hace año y medio, pero no quiere hacerse estudios. La quimioterapia le dejó reumatismo, la tuvieron que suspender. Así que dice que mejor no saber.

—Mi mamá ni se enteró. Nunca le dije. ¿Para qué? Si me moría, pos ya se iba a enterar. Como no bajé de peso que es en lo que más se fija de mí, ni cuenta se dio. Me compré mis pelucas, me maquillaba, hasta me tatué las cejas. Y mire, aquí estamos.

La miré con respeto. Le dije que admiraba su fuerza, que tal vez debería hacerse un chequeo, pero no insistí. Entonces calló un momento, miró al cielo y dijo:

—Nada me ha dolido más que cuando se llevaron a mi muchacho.

No supe qué decir. Me quedé muda por unos instantes, buscando palabras que no fueran irrespetuosas. ¿Cómo se puede vivir así?

Pero Josefina, con tranquilidad, continuó su historia.

Su hijo era consumidor, tenía veintidós años cuando se lo llevaron. Mantenía una relación con una mujer casada, mucho mayor que él. Ella y sus hijos adolescentes estaban metidos en la venta. Josefina está segura de que por eso se lo llevaron. Al día siguiente de interponer la denuncia en la fiscalía, la amedrentaron en su casa.

—Que no le moviera, me dijeron. Que no buscara, que no preguntara.

Investigó entre las amistades de su hijo, que también consumían, y le dijeron lo mismo: «Ya no le busque, Josefina».

Han pasado cinco años. No hay rastro. Ha caminado con las buscadoras, sin encontrar huella. Solo quiere enterrarlo y poder decirle adiós.

—A mi mamá le digo que se fue a la frontera a trabajar. Si algún día lo encuentro, le diré que tuvo un accidente y me lo entregaron en una caja cerrada. ¿Para qué le digo otra cosa? Nomás se va a preocupar.

Y mientras hablábamos de este dolor y de la muerte, empezó a contarme de su hijo menor. Tiene dieciséis años. Dice que a ese lo ha consentido demasiado.

—No sabe hacer nada. Si algo me pasa, no sabe ni ganarse para un taco. Tiene todo tirado, siempre anda de malas, es bueno mi niño. Pero es que desde bebé me costó mucho trabajo.

Cuando nació, lo tuvo que internar a los dos días. También tuvo problemas respiratorios. En Salamanca solo le dijeron que, si lo quería salvar, tenía que llevarlo a León. Allí lo intubaron, lo cuidaron, y a los diez días fue dado de alta. Los doctores no podían creer que «el bebé que no respiraba» se hubiera curado y se fuera a casa. El día que se lo entregaron, Josefina tuvo que ir a Salamanca por papeles, validarlos y regresar a León después de horas por su bebé.

—Ahora no se enferma el condenado, pero no sé si lo estoy haciendo bien.

Josefina, nadie lo hace del todo bien. Todos nos equivocamos. Con nuestros hijos, con nuestros padres. Hacemos lo que podemos, con lo que tenemos, con amor.

Te admiro. Te respeto. Y te agradezco los veinte minutos en que me confiaste tu historia. Eres valiente. Eres feroz. Cargas mucho y lo haces sin quejarte.

Terminamos de comer nuestra fruta. Ella su Coca, yo mi café.

Antes de volver a subir, me dijo que tenía que esconder un sándwich en la bolsa; su vecina de cama no ha comido en dos días. Así que tomamos el elevador de regreso al piso 3 con el «lonche» en su bolsa.

Gracias, Josefina. Te honro. Que tu corazón siga en paz, esa que se alcanza solo después de haber sobrevivido a tanto.

10 comentarios

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Que corazón de Josefina. Historias que no imaginamos. Historias que duelen y que enseñan a dar, como el sandwich escondido. Historias que nos enseñan que todo es relativo y efímero. Mujer valiente y comprometida.

Gracias Maria, mujeres que no vemos, pero que como ella, hay miles a nuestro alrededor. Y que nos enseñan tanto en un momento tan corto. Te quiero!

Que vida tan difícil la Josefina, gracias por honrarla con este texto. Que la realidad de tantas madres mexicanas no nos sea indiferente.

Ay no Myr!!! Que historia!! Gracias por compartirla de una manera tas n sensible y respetuosa. Nos deja lecciones a quienes leamos. Que la vida le regale a Josefina años de salud, de bienestar y de certeza de que lo está haciendo lo mejor posible.

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