Dogmas o dudas

Me gustan las ganas, lo intenso, lo admirable. Me gusta lo auténtico, lo sincero, lo leal. Lo que no hace dudar. Lo que incluso a la distancia no se echa a perder, lo que a pesar del tiempo sigue siendo importante.

No solo a mí, como sociedad tendemos a idealizar y a poner esas cualidades en lo que no las tiene. Soñamos con encontrarlas en algún lugar. Nos convencemos de que alguien, algo o alguna causa encarna esos valores, cuando en realidad solo los estamos proyectando porque necesitamos creer que existen.

El problema es que muchas veces terminamos sosteniendo lo contrario: tolerando, aplaudiendo, haciéndonos ciegos frente a lo falso, frente a lo podrido aunque venga disfrazado de fe, de éxito o de promesa.

Hace poco salió en HBO la serie sobre el gran fraude que fue la vida de Marcial Maciel. No quiero hablar de él, me interesa hablar de nosotros. De cómo hemos permitido que estas historias se repitan. De cómo unos padres, cegados por la ilusión de que su hijo sería especial ante Dios, entregaron a un niño de doce años en manos de un joven de veintiuno. De cómo algo que me atrevo a llamar fanatismo se volvió más fuerte que la sensatez.

Yo misma, cuando formé parte del Regnum Christi, fui bombardeada con ideas que me llenaban de culpa. Y no era solo la culpa de no irme de consagrada. Era una culpa más honda.
La sensación de que nunca hacía lo suficiente.
La idea de que jamás podría agradecer lo bastante.
La certeza de que no merecía tanto, apenas un poquito.

Vivir así te hace creer que todo es deuda. Que la vida es una eterna negociación con Dios: si te portas bien, si te entregas más, si renuncias más, si rezas más, entonces tal vez merezcas.

Lo que nunca me dijeron es que hay cosas que son gratuitas. Que todos merecemos lo bueno por el simple hecho de existir. Que la vida, más que deberse, se recibe y se agradece. Y que amar no es pagar o hacer transacciones. Amar no es si cumplí… no cumplí…

Amar es estar. Pero ahí no había espacio para esa certeza. Había mucho espacio para la sumisión. Para vivir bajo órdenes. Para dejar que alguien más te dijera qué hacer, en vez de aprender a escuchar tu conciencia y ejercitar tu responsabilidad ante ella.

En aquel entonces mi fe era ingenua: llena de preceptos en los que ya no creo, quizá sobre todo porque ya no los necesito. Las tradiciones que parecían rituales importantes, ahora las cuestiono. Yo creía que hacía un bien transmitiendo una “verdad salvadora” a los demás. Hoy creo que nunca tuve la verdad en las manos. Me parece soberbio haber pensado que mis caminos tenían que ser también los caminos de otros.

Cuando me dijeron que si no era generosa y me iba de consagrada nunca sería feliz, afortunadamente, mi mamá me dio una clave que me salvó: “cuando elijas lo que quieras en tu vida, no estarás mortificada por lo que dejas, porque siempre que eliges renuncias a algo, pero lo haces con alegría por lo que escoges”. Gracias a esa claridad me alejé del Regnum Christi antes de sucumbir ante la presión.

Seguimos buscando ídolos. Ya no es el becerro de oro, pero convertimos a muchos en ello. Ponemos nuestra fe en un santo, en un escapulario, en una piedra, en una iglesia, en una aparición, en un personaje público, en una teoría. Hoy se sigue a influencers como brújulas de vida, a políticos a los que se les da un poder casi mesiánico, a artistas idealizados, a empresarios que prometen fórmulas mágicas de éxito, a gurús de la espiritualidad que aseguran tener todas las respuestas.

La historia lo confirma: ideologías enteras han devorado generaciones. En la Alemania nazi, millones se entregaron a un líder convencidos de que obedecerlo era construir una nación fuerte. En la Unión Soviética, la promesa del comunismo ideal justificó purgas y silencios. En América Latina, dictaduras se sostuvieron con la creencia de que sacrificar libertades era necesario para mantener el orden. Una y otra vez, hombres y mujeres han preferido rendirse al dogma antes que sostenerse en el equilibrio de pensar y decidir por sí mismos. Me detengo ya con los ejemplos.

Hay quien cree que la vida debe vivirse “al cien” en una sola cosa —la carrera, una causa, una religión— como si lo demás pudiera quedar en segundo plano. Me he llevado chascos al idealizar, por lo que me inclino más por el equilibrio. No desde la mediocridad, sino desde el disfrute y la conciencia de que no hay nadie perfecto o realmente santo. Desde la certeza de que poner todos los huevos en una sola canasta siempre nos hace más vulnerables, porque casarnos con una sola idea nos quita perspectiva, nos encierra y nos vuelve presas fáciles del miedo o de la manipulación.

Amar a alguien, sí, pero sin perderte a ti mismo.
Entregarte a tu carrera, sí, pero sin olvidar tu salud, tus vínculos, tu descanso.
Luchar por una causa, sí, pero sin hipotecar tu libertad de cuestionar, de decir no, de salirte si algo huele a mentira. Creer, sí, pero con congruencia. No puede haber un Dios que esté por encima de un inocente. No puede haber cercanía con un Dios y lejanía con mi entorno, con los míos, con la humanidad.

La vida nos pide equilibrio. Para ello necesitamos cuestionarnos. Decir adiós a los dogmas. Porque lo genuino, lo leal, lo que se sostiene sin máscaras, nunca exige fanatismo ni idolatría. Exige búsqueda, apertura, valentía para seguir aprendiendo. Aunque parezca que lo único que perdura es la duda, lo que en verdad permanece —y no se echa a perder— es la conciencia: esa voz que nos permite discernir, elegir con libertad y hasta abrazar el misterio en un “no sé”. Si acaso creemos en un creador, ese don de conciencia sería el fuego que nunca se apaga, la chispa más humana y también la más divina que nos dejó.

19 comentarios

Añade el tuyo →

Lume! Wow! Nada que agregar. Tan claro que asusta pero a la vez Nos llevas a la tranquilidad de la libertad de elegir desde el equilibrio.
Gracias por poner en palabras lo que muchas veces he pensado.

«Siempre que eliges, renuncias a algo» lo aseveró y lo sigo pensando. El P Javo nos hizo reflexionar sobre las renuncias, y fue muy profundo y muy fuerte ese cuestionamiento. Bravo por tu escrito querida hija Lumela, y sigue aprovechando y compartiendo tus dones. Un beso.

Amar a Dios con libertad y consciencia es un regalo que Él o Ella nos hace.. en mi caso no vuelvo a permitir que nadie me diga como hacerlo. Gracias por este texto tan valioso.

Muy cuerto, gracias Lumela por tus palabras, san Ignacio de Loyola decía que había que ir ligeros de equipaje por esta vida, es una gran aportación a nuestra sociedad, queremos creer en un Dios bien demandante y castigador, cuando al contrario, es ligero y amoroso, El nos invita a dejar de cargar nuestros mundos para ser libres y Vivir HOY, ligeros, el Reino De Dios aquí en la tierra. Podemos promover la espiritualidad Ignaciana, ilumina un montón nuestros caminos.

Totalmente de acuerdo, Ceci. Benditos Jesuitas con la propuesta de un discernimiento desde una espíritualidad amorosa, humana y cercana.

Deja una respuesta