Guardo dentro de mí muchos altares.
Uno para cada persona que he querido y se ha ido.
En cada altar enciendo una vela que me recuerda darle significado a mi vida antes de que se me escape toda: no solo en el tiempo que se diluye cada vez más rápido, sino también en esas preocupaciones distractoras que me alejan de lo que realmente importa.
El altar de muertos no se queda en la tristeza. Con sus colores, sus flores y su alegría melancólica, me inspira a celebrar la vida.
Cada ofrenda, cada detalle, guarda la esencia de quienes amamos y la manera en que disfrutaban estar aquí.
Pero creo que el mejor altar no está hecho de papel picado ni de velas.
Está dentro de nosotros.
Esos altares interiores se encienden cada vez que recordamos, reímos, bailamos o saboreamos algo que los traiga de vuelta.
Abrazar a los vivos es la mejor manera de revivir a los que ya no podemos abrazar.
Cada recuerdo grabado en la mente es una chispa que invita a conectar de verdad con los que sí están, a vivir con más conciencia y gratitud.
Sin darnos cuenta, montamos un altar cada vez que, en la familia, vivimos algo que esa persona sembró: una costumbre, una frase, una forma de celebrar o de cuidar.
Son esos momentos en los que su ausencia se siente más fuerte, pero también más viva; cuando su energía se vuelve tan latente que casi se puede tocar.
Ahí comprendemos que siguen presentes, y podemos agradecer su paso por nuestras vidas.
En esos altares invisibles no busco la nostalgia, sino la energía de la vida que sigue.
Al recordarlos, dejo que la tristeza se transforme en una luz suave, una que me recuerde lo hermoso que es querer, lo valioso que es compartir la vida y lo urgente que es vivirla con sentido.
Necesitamos estos altares: espacios cotidianos donde ofrendamos nuestra propia existencia con admiración y respeto por quienes ya no están, permitiendo que su ejemplo nos inspire a seguir construyendo, riendo, amando.
Honramos tanto a quienes partieron cuando vivimos en plenitud,
cuando llenamos nuestros días no solo de citas o compromisos, sino de significado.
Los ausentes —desde ese altar que habita en el corazón— nos lo recuerdan siempre:
la vida vale por el sentido que le damos,
por la forma en que la ofrecemos,
por las luces que decidimos mantener encendidas.
Al final, no importa cuánto hagamos, sino cómo lo hacemos.
El mejor altar no tiene flores ni velas.
Está en el corazón,
cuando recordamos y agradecemos,
cuando vivimos con amor lo que otros nos dejaron.
Ahí, la vida se vuelve ofrenda.
8 comentarios
Añade el tuyo →Hermoso escrito!! Gracias cuñi
Que hermoso Lumela. El altar del interior. Del corazon. Gracias a todos los que han pasado y se quedan dentro
Coincido contigo, Lume.
El recuerdo que guardamos de nuestros seres ausentes, siempre estará en el corazón de cada uno, recordando y honrando su vida.
Y siempre agradeciendo a Dios el tiempo que convivimos y la oportunidad de hacer nuestras las enseñanzas que nos legaron.
Que bonita tu manera de hacer una ofrenda.
Cómo siempre nos mueves el corazón. Querida hija Lumela.
Hermoso texto Lumela, un homenaje desde el corazón. Que viva la vida.
Hermoso texto madrina Lume … así es nunca mueren las personas si las tenemos en el corazón
Lume, coincido completamente contigo y mi sentimiento es espejo del tuyo . Con años de trabajo personal queda el agradecimiento, Alegría y Paz por los Seres que iluminaron y que dejaron aprendizaje en nuestras vidas .
Un beso
Nadie es olvido mientras viva en la memoria y en los corazones de alguien.
Que lindo texto Lume.