Cuando era niña, y por alguna razón poco frecuente, me quedaba fuera del colegio durante la jornada escolar, solía observar el mundo con una mezcla de sorpresa y envidia. Veía los autos pasar, la gente caminando con prisa, las tiendas abiertas, los sonidos cotidianos de la ciudad. Sentía que la vida seguía su curso mientras yo estaba encerrada entre muros escolares, cumpliendo horarios, repitiendo rutinas. Había en mí una sensación extraña, como si la verdadera existencia ocurriera allá afuera, mientras yo permanecía prisionera del tiempo escolar.
Años después, volví a sentir algo parecido en los hospitales, acompañando a mis padres cuando estuvieron internados. Al cruzar las puertas para salir a la calle, el aire parecía distinto, liviano, lleno de posibilidades. Afuera, los vendedores ambulantes ofrecían comida, los autos tocaban el claxon impacientes, y la gente reía sin saber que, a unos metros, otras personas estaban sufriendo. Esa imagen —el contraste entre el bullicio del exterior y el silencio tenso del interior— se grabó en mi memoria. Me aliviaba volver a respirar el aire fresco,volver a afuera, pero al mismo tiempo sentía culpa: ¿cómo podía existir el sol tan intenso y luminoso cuando adentro alguien que yo amaba sufría y esperaba?
Hace poco escuché un audiolibro titulado Los siguientes del autor Pedro Simón, uno de sus narradores hablaba sobre la felicidad de la calle. Esa felicidad colectiva, indiferente. La felicidad que se manifiesta en las luces encendidas, en las conversaciones despreocupadas, en los escaparates llenos de color. Esa felicidad que no sabe que muy cerca, dentro de hospitales, funerarias, cárceles o casas en silencio, alguien está viviendo un duelo, una despedida o una espera interminable.
Pensé entonces que la calle es un espejo invertido: mientras unos atraviesan el dolor, otros caminan con prisa hacia su cita, compran flores, piden café, ríen .Tal vez en esa indiferencia radica también su belleza: la vida sigue, impredecible, generosa. La calle, con su ruido y color, me recuerda que la existencia continúa incluso cuando yo no puedo seguir su paso.
La felicidad de la calle, esa que no me pertenece del todo, me recuerda que aún hay muchas cosas hermosas esperándome ahí afuera. Y que, incluso en los momentos más oscuros, el ritmo del mundo sigue siendo una forma de consuelo: la promesa de que, pese a todo, la vida no se detiene.
6 comentarios
Añade el tuyo →Macris eres una gran mujer , atte tu padre que te quiere
Macris eres una gran mujer , atte tu padre que te quiere
Que hermoso tu papa me encanto. Y que pequeño espacio es ser y estar felices. La meditación de ayer queda muy bien Te quiero mi querida Macri
Me haces reflexionar sobre tantas cosas q pasamos inadvertidas en la vida cotidiana, gracias!
Tan cierto y tan inadvertido cuando estamos bien… gracias por recordarnos hacer consciencia de la belleza de lo cotidiano.
Que ternura tu papá amiga.
Y si la vida sigue, cruelmente sigue, llena de esperanza sigue.
Saber disfrutar de cada momento nos hace sensibles para reconocer cuando estamos en la libertad de la calle.