Una llama viva

Volvía siempre al mismo lugar después de largos silencios. Caminaba entre sus propias dudas como quien cruza un bosque conocido, pero nunca igual. Volvía, una y otra vez, atraída por algo que ardía dentro de ella desde niña: una llama suave, persistente, que le electrizaba la piel cada vez que intentaba ignorarla.

Ese fuego la había acompañado toda la vida. A veces brillaba fuerte; otras, apenas sostenía un hilo de luz. Se había ido repartiendo, dejando calor en los abrazos que daba, en las escuchas que regalaba, en los perdones que ofrecía. Con esa llama había sazonado encuentros, sostenido a los suyos, mirado a los que no eran tan suyos. Con ella había construido toda una vida, nombrando sus días desde el amor.

Volvió al lugar donde la llama se encendía con más fuerza. Era una habitación fría, silenciosa, solemne, con paredes que guardaban ecos antiguos. Ahí estaba la imagen que, aunque le atraía, solía incomodarle: un hombre muerto, clavado, callado, inmóvil, con la cara triste.

Lo miró con honestidad.
—No me gusta verte así —pensó—. No me mueve este silencio rígido. No me acerca esta tristeza encerrada.

El hombre no respondió. Permaneció igual: quieto, inconmovible, muerto…

Una frase llevaba semanas, meses, años, siguiéndola:
“Descubre tu soledad para contribuir a la salvación del mundo.”
No sabía quién la había escrito, pero le abría un hueco de dudas en el pecho cada vez que la leía. Había emoción ahí, pero también miedo. Un miedo de esos que anuncian algo grande, algo que pide valentía.

La mujer siguió mirando al hombre muerto.

—Tal vez representas a los que se sienten vacíos —susurró—. Tal vez eres mi reflejo cuando me clavo, cuando me detengo, cuando me frustro. Tal vez representas todo el dolor, ese que de ser tanto, mata.
¿Es la soledad un destino por el que se transita inevitablemente cuando hay sufrimiento?

La habitación permanecía muda. Ella también calló.

Pensó que quizá la vida no estaba en esa figura clavada, sino afuera. En el agua corriendo. En la luz moviéndose. En la gente que respira. En ella misma cuando camina sin prisa. Sintió un impulso de salir, de llevar su deseo a otro lugar, de fluir sola o acompañada, de abrazar su propia sombra con ternura.

Se puso de pie.

—No te reto —dijo al fin—. Ni tú me retas. Si existes, no hay lucha.

La llama dentro de ella brilló un poco más. Sin tanto resplandor, ahora con el calor que genera aceptar la soledad.

El silencio en la habitación se hizo distinto. Menos muerto. Menos ajeno. El hombre que buscaba definitivamente vive en otro lado, con otro semblante.

Mientras salía, entendió que la llama que siempre había sentido no venía de ahí, ni de la imagen clavada, ni de las paredes frías.

En su soledad, en su búsqueda, en su deseo de vivir, había una presencia que no se apagaba. Una compañía que no dependía del ruido, ni de la muerte, ni del miedo.
—No me observas —por fin entendió—. Me habitas. No me pides. Me acompañas. No me condicionas. Me quieres.

Ya era tiempo de continuar.

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