Entre flores blancas

Un recuerdo de mi infancia es la solemnidad con la que mis padres se preparaban para ir a algún funeral. Yo los observaba desde la cama, sin que me vieran. En el tocador, el espejo devolvía su reflejo: mi mamá de luto completo, un labial discreto como único color. Hablaban entre ellos con una calma que yo no entendía del todo pero que me tranquilizaba. Recuerdo haber visto llorar a mi mamá algunas veces y otras tantas verla firme.

Para mí, esas salidas de mis papás eran momentos desconcertantes: muchas veces sentí miedo al pensar que ellos no regresarían, que esa podría ser la última vez que los vería. Pero había veces que esas salidas ocasionaban todo lo contrario: felicidad, porque sin vigilancia nocturna sabíamos que podríamos desvelarnos; mis hermanos hacer alguna travesura, y yo quedarme hasta muy tarde viendo televisión. Creo que dependía del ánimo con que salían y de quién era el difunto.

De niña mi miedo no era exactamente la muerte sino lo que venía después. En el catecismo todo era muy claro: portarse bien y llegabas al cielo, portarte mal y ardías. Pero nadie explicaba qué pasaba en el espacio entre medio, ni qué tan mal era suficientemente mal, ni si mi abuelo me estaría esperando o no. El purgatorio me perturbaba especialmente: años yendo y viniendo entre una puerta y otra sin que nadie te dejara pasar. Me preguntaba por qué solo existían esas tres opciones para algo tan grande.

No hubo un momento exacto en que dejara de tenerle miedo. Fue gradual, a través de lecturas, de años, de ir entendiendo que morir bien depende en buena medida de haber vivido bien. Algunas lecturas me abrieron una puerta: la posibilidad de que esto no sea el único viaje. No sé si es verdad, pero me acomoda más que el cielo y el infierno del catecismo. Hoy la veo diferente, no como un castigo ni como un final, sino como la cúspide de algo que vale la pena construir.

La puedo ver cargando con el odio de muchos, llevándose a tantos sin que nadie se lo agradezca. Yo he estado ahí enojada con ella cuando se llevó a seres muy queridos: desde mi abuelo, mi primer amor platónico, mis abuelas… me he enojado mucho. Se llevó a mi perra Laika. En la veterinaria sin ninguno de nosotros. Sola. Unos días después a mi querida amiga Soco, sin darme la oportunidad de despedirlas. Creo que ella también lo sabe: nadie la quiere hasta que en noviembre le ponemos flores, comida y color, y por unos días la tratamos como lo que es. La única que nunca falta.

Hoy quiero creer que me dará tiempo. Tiempo para viajar, ponerme un sari. Para conocer a mis nietos. De hacer de la vida un papalote, soltarla y verla volar. Cuando finalmente nos encontremos, quiero que sea sin prisa y sin deudas, las dos sabiendo que cada una cumplió con lo suyo.

Entretanto, seguiremos peleándonos. Se llevará a muchos y yo cargaré ese vacío en el cuerpo que no se llena con nada. Ya sé cómo es. Pero cuando sea mi final nos reconciliaremos, y quiero imaginarlo así: flores blancas, mis seres amados bailando, abrazándose, sabiendo que nos vamos a encontrar de nuevo.

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