Detrás del espejo

¿Debía estar en ese lugar? ¿Cómo decir que no? No recuerdo bien si lo hice.

Me duele el muslo. Reviso cada parte de mi cuerpo mientras mi corazón late como si en cada pulsación se atorara la vida misma. Descubro sangre seca en mi ropa. El olor a semen y tequila me golpea; quiero vomitar, pero no tengo fuerzas.
Arrastro mi cuerpo hacia la regadera. Paso el jabón lentamente, y cada frote es un recordatorio de sus bocas sobre mi piel. Mis pechos vibran de dolor. Los flashazos llegan: estoy frente a un espejo, como si todo ocurriera en cámara lenta. ¿Alguien más estuvo ahí?
Recuerdo mi bolsa, mi celular. Salgo de la regadera para revisarlo. Es cierto, estuve en un baño con mis amigas. Hay fotos de los momentos previos: las tres frente al espejo, jugando, retocándonos el maquillaje.
Me seco con extremo cuidado, mientras el tiempo pasa lento, llenando los huecos con imágenes: las del celular, las de mi mente, las que vuelven una y otra vez.

Desperté con esa sensación de nuevo. Mi mente se detiene con el mensaje de mi celular: la invitación a la fiesta navideña de este año. No quiero ir. No quiero enfrentar de nuevo mis demonios. Han pasado cuatro años y, cada día, he reconstruido a pedazos la cronología de aquel día.
La llegada al lugar. Los de la oficina. Mi jefe. Mis amigas. Aún no entiendo en qué momento les dije que estaba bien, que podían irse sin mí.
La comida. Los regalos. La convivencia. Las fotos en el baño. Las cervezas. El vaso con tequila que me supo raro y que dejé pasar. El baño, otra vez. Mi rostro en el espejo, tratando de arreglar el rímel corrido, el labial rojo.
Mis compañeros de trabajo. Aquellos con quienes había recorrido tantos lugares, sintiéndome segura en su compañía. Mi jefe. Alguien en quien confiaba, quien me había enseñado tanto. Ahora sé que ellos se acercaron al baño para «ayudarme». ¿Ayudarme a qué? ¿A salir? No. Aprovecharon mi vulnerabilidad.
Tomaron mi bolsa para sacar mis llaves, «evitando un accidente». Mis piernas abiertas. Cada uno sosteniéndolas. Él sobre mí, jugando a conquistar un cuerpo sin voluntad, un cuerpo que no era mío, porque yo no estaba ahí. Me fui. Me fui cuando entendí que no tenía opción de salir de eso.
El tequila. Su saliva cayendo sobre mis pechos. La fuerza de la embestida, como si fuera suya con consentimiento. Los otros dos tomando fotos. Esas fotos que recorrieron todos los celulares de la empresa. Las risas. Sus ojos dilatados, llenos de esa luz roja que ahora veo en cada hombre que se me acerca.

Los años han pasado. Años de terapias. De sanar mi cuerpo, mis heridas, mi piel, mi confianza, mi cordura. Cuatro años de entender que lo único que pude hacer fue pedir un cambio de sucursal. No podía verlos a la cara, sabiendo que ellos violaron mi espacio, mi cuerpo, mi alma.
No quiero ir a la fiesta de este año. No quiero enfrentarme al peso de lo que no hice: no denunciar, no hablar.

Me veo en el coche, frente al espejo. Uso de nuevo mi labial rojo. Pero no estoy camino a la fiesta. Estoy frente al ministerio, como cada semana. Antes de cruzar la puerta, me detengo. Me arrepiento. ¿Quién me va a creer? ¿Quién dará fe de lo que pasó hace tanto tiempo?
Si yo misma aún sigo sin creerlo.

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