Mi lugar seguro

Mi lugar seguro puede ser el abrazo de quien amo.
Un espacio donde la risa no necesita permiso
y el llanto no pide disculpas.
Cuando me siento mirada sin ser juzgada,
amada sin condiciones.

Puede ser también un rincón de mi infancia:
ese bosque con olor a pino que me llenaba los pulmones de vida,
donde el viento tenía voz propia;
o aquel río, con su rumor cristalino, que deshacía mis miedos uno a uno.
Puede ser la fogata, donde las brasas, el canto, las risas o una oración
se fundían en una sensación de compañerismo y alegría.
Puede ser la alberca tibia donde aprendí a flotar,
más ligera que mis pensamientos.

Mi lugar seguro puede tener la forma de un jardín viejo,
con los mismos árboles que me vieron crecer.
Puede ser mi antigua cueva,
esa habitación que fue santuario y trinchera,
testigo de sueños, de lágrimas, de música a todo volumen.
Un altar encendido en medio de la noche,
o el rincón donde habito mi soledad sin pedir permiso.

Mi lugar seguro puede vestirse de muchos escenarios,
pero hay uno solo al que he aprendido a honrar como sagrado:
Ese territorio íntimo que me acompaña siempre,
a donde voy, como un latido que nunca calla.
Y que, cuando olvido que está, cualquier escenario se enturbia y pierde la paz.

Un lugar inviolable, sin espectadores,
donde no entran los juicios, ni las expectativas, ni la urgencia de ser otra.
Cuando me abrazo como he anhelado tantas veces,
cuando me doy la aprobación que creí que solo el mundo podía darme,
cuando cierro los ojos, respiro y reconozco ese lugar solo mío,
puedo entonces estar en paz y sentirme segura en cualquier escenario o circunstancia.

Ese lugar perfecto en su imperfección,
donde no necesito ser más para ser amada,
ni menos para ser aceptada.
Quizá desde ahí —donde recuerdo el amor
incondicional de mi creador —
pueda por fin escuchar la voz del amor,
esa que a veces se parece tanto al silencio.

Mi centro, mi lugar sagrado.

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