Aquí estoy junto con un centenar más como testigo de las nupcias de un par de enamorados.
Un evento memorable.
Cada uno aceptó sumar su destino al del otro, un acuerdo, una locura, una esperanza.

Me conmueve la sonrisa radiante de la novia, la música exquisita que acompaña sus pasos vacilantes, el vestido de luna, su cola estelar y un ramillete de colores que perfuma el camino.

En el altar un hombre impaciente le espera, pequeños azahares se asoman en la solapa y una curva suave en sus labios delata su alegría.

El poder de las palabras hizo eco en el intercambio de votos. Un beso selló su promesa.

Había olvidado que el amor inicia siempre con un sí.

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