Glitch de Ofelia

La luz que se filtraba por la cortina dejaba ver la tarde dorada. Era momento de ir por los niños a la clase de tae kwon do.

Abrió la puerta de su casa y sintió el pulso del corazón acelerado. La falta de aire le impedía caminar. El equilibrio le falló; tuvo que sentarse al borde del escalón para intentar incorporarse. Por unos segundos, su vida pasó delante de ella como una película sin comerciales.

Supo que el frío que sentía no era normal. Los labios le temblaron. Quiso hablar, pero la boca no respondió. En su mente estaban todas las palabras que quería decirles a los niños, pero no pudo pronunciarlas.

La imagen del niño nalgueado, con la cara hacia la pared, se fijó en su cabeza. ¿Cómo pudo ser capaz de pegarle a su hijo? Quiso pedir perdón, abrazarlo, pero el niño se desdibujó. Su cuerpo empezó a convulsionar; las piernas no respondían. Sintió las lágrimas ahí, en el lagrimal, pero no percibió lo húmedo en su rostro. ¿Dónde estaban esas lágrimas? ¿Sería cierto que se le habían acabado llorando en las riñas de la infancia, las rupturas de noviazgos, la pelea con su hermana, el día que su madre la regañó, el día que su mejor amigo murió? ¿O por culpa de todas las películas románticas que vio durante su vida? No. No podía quedarse sin lágrimas. Hoy no.

Intentó marcar a su esposo. El celular no pudo hacer el registro facial. No recordó su clave. ¿Por qué no la reconoció el teléfono? Sintió el cachete deforme, el ojo izquierdo fruncido hacia abajo. Presintió que era el fin.

Intentó ponerse de pie. Si lograba llegar a la camioneta, podría hacer sonar la alarma y algún vecino la vería. Los minutos transcurrieron a una velocidad que no conocía. Su mano por fin encontró la llave. Sonó la alarma.

Su cerebro se quedó sin imágenes, sin sonidos, sin nada. Lo blanco. ¿Qué era lo blanco? Una especie de neblina, una luz. No. No la sigas. Siempre bromeaba con eso —“no sigas la luz”— y, sin saber cómo, hoy estaba ahí. Nítida. Comenzó como un punto de colores, con un halo blanco alrededor.
No. No quiero esto. Quiero volver a ver a mis hijos. Sentir la boca húmeda de mi esposo en mis muslos, sus manos en mi cara, él dentro. Quiero despertar con las lamidas del perro en la mano. Quiero estar aquí.

Al abrir los ojos, encontró el parque de su infancia. La calle transitada por taxis, los autobuses, el sonido de las palmeras. Entró de nuevo a su casa: la de sus padres.
Frente al espejo, su rostro joven, desconcertado. No. No pudo caminar.

Su madre salió de la cocina y le plantó un beso en la frente.

—¿Qué te pasó, Ofelia? Llevas más de una hora sentada en la puerta. Tu hermana está por llegar del trabajo. Por favor, ayúdame a poner la mesa. Mañana es un día importante para ti. ¿Recogiste el vestido de la graduación?

4 comentarios

Añade el tuyo →

Deja una respuesta