Cuando el mayor de mis hijos me comentó que quería vivir por un tiempo en el extranjero jamás imaginé que sería en un país remoto.
Ya estaba acostumbrada a su ausencia como estudiante foráneo, pero siempre había visitas breves que aminoraban la lejanía.
En esta ocasión fue diferente, el Océano Pacífico estaba de por medio. Más de trece mil kilómetros entre su residencia y nuestro hogar marcaban una enorme frontera. Pero
la distancia más impactante fue la del tiempo.
Mientras él vivía en el futuro yo habitaba el pasado.
Diecisiete horas de diferencia son una línea ficticia entre el hoy y el mañana.
Esta aventura nos transformó.
Él rompió con ciertas creencias. Descubrió la riqueza de la multiculturalidad.
Las bonanzas y miserias del primer mundo.
Un sin fin de anécdotas enmarcan su experiencia.
Pero sobre todo se reveló como un ser libre e independiente.
Capaz de elegir y decidir su destino.
Yo en cambio tuve que aprender a soltar.
A vivir sin esa incertidumbre de perderle.
Tardé en comprender que los hijos son un préstamo fugaz y que el amor más grande consiste en dejarles ir hacia la vida.
Al nacer deberían venir con una etiqueta:
“Este hijo es tuyo hasta que pueda valerse por sí mismo”.
Así no habría reclamos ni malos entendidos.
Después de muchos meses volvió a México.
Luce más alto. Más GRANDE.
Yo también crecí.
Ahora sé que los hijos tienen su propio camino. Que puedo acompañar con respeto.
Que las semillas de la infancia dan fruto.
Que la libertad es una condición para obtener la felicidad.
Y que estos vacíos que afronto como madre son una oportunidad para reflexionar y reconectar conmigo.
1 comentario
Añade el tuyo →Que bonito Adry!!! Que maravilla que puedas ver a tu hijo volar con las alas que le construiste, tú, y claro que también ru esposo.
Que bueno que esta en puerto por un tiempo. Disfrútalo.