Mujer de altura

La genética me regaló una estatura generosa. Fui una niña grandota y nunca dejé de serlo. Mido 1.78 cm desde los doce años: una altura que, sin proponérselo, me fue construyendo anécdotas y recuerdos que hoy me habitan como cicatrices luminosas.

Desde pequeña ocupé “el final de la fila”, esos lugares que parecían estar reservados para mí: los últimos asientos del salón, el punto más alto en las fotografías grupales, justo en medio, como el vértice de un techo a dos aguas. No solo era alta: era delgadísima. Cuando me casé, a los veinticinco años, pesaba apenas cuarenta y nueve kilos.

Uno de mis primeros regalos fue ser abanderada en sexto de primaria. Recuerdo con claridad el día en que, aún cursando quinto, mi compañera mayor me entregó la bandera. Sentí un nudo en el estómago: me habían advertido que nunca debía tocar el suelo. El peso del lábaro patrio me tomó por sorpresa; tuve que aprender a sostenerlo, a domesticarlo. Con el paso del ciclo escolar dominé no solo el equilibrio del asta, sino también el de tantas miradas que cada lunes se posaban sobre mí. Sin quererlo, aprendí a marchar bajo la observación de toda la escuela.

A pesar de ser físicamente distinta a la mayoría de las niñas, nunca fui víctima de bullying. Aquello, al parecer, estaba reservado para otro capítulo de mi vida.

En más de una ocasión me preguntaron si pensaba inscribirme en Miss México. Años después, ya cursando la maestría, un profesor me detuvo en medio de una retroalimentación y me soltó: “¿A usted nunca le dio por ser modelo?”. Lejos de ofenderme, aquellas preguntas me halagaban. Hoy, con distancia y madurez, sé que soy mucho más que mi cuerpo y apariencia, aunque entonces no podía verlo.

Mi estatura me ha regalado privilegios sencillos, como una vista preferencial en conciertos y eventos. Pero también pequeñas culpas: esa incomodidad cuando sé que bloqueo la visión de alguien detrás de mí. Es raro que alguien me tape a mí… pero hace poco me ocurrió. Un hombre más alto se paró frente a mí en un concierto y no pude ver nada; comprendí entonces la frustración que otros sienten cuando me ven llegar.

Ser alta tiene desventajas. De niña siempre llevaba los pantalones de “brincacharcos”: si me quedaban bien de largo, me nadaban de la cintura. Mis piernas largas y flacas me acomplejaron durante años. Con el tiempo, gracias a nuevas tiendas, viajes y opciones, la ropa dejó de ser una batalla diaria. Aun así, sigue siendo raro que los jeans me tapen los zapatos.

Pero lo que más me molesta no es la ropa ni los asientos de avión —esas cápsulas donde siento que debo doblarme en dos—, sino la frase que inevitablemente aparece antes de tomar una foto grupal: “Ay no, no quiero estar junto a Macrina, está muy grandota.”
Me incomoda porque pareciera que mi tamaño hace eco de algo que la otra persona teme ver en sí misma.

Viví algo así con un novio en la universidad. Yo era más alta. Al principio todo parecía normal, hasta que su baja autoestima comenzó a afectarme. Hubo humillaciones sutiles, comentarios diminutos pero punzantes, una necesidad constante de rebajarme para elevarse. Fue violencia psicológica, una de esas que empieza envuelta en papel de broma.
De aquella experiencia me quedó un aprendizaje rotundo: jamás encogerme para hacer sentir grande a nadie.

Desde entonces, dejé atrás costumbres que eran pequeñas renuncias: encorvarme para que alguien no se sintiera “chaparro” a mi lado, pensar demasiado qué zapatos usar para no verme “demasiado alta”, elegir el rincón menos visible para no destacar.

Hoy sé que ser una mujer de altura va más allá de los centímetros que mido.
Es pararme firme.
Es mirar de frente.
Es no disculparme por ocupar el espacio que ocupo.
Es sentir orgullo por lo que soy, por lo que he vivido y por lo que, desde lo alto —no físico, sino interno—, al fin me permito ver.

3 comentarios

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Macri que hermoso escrito de aceptación. Cada una pasa por algo. Aceptación. Me dijeron en la constelación de los caballos. Toda mi vida sentí que me faltaba algo. Hasta hoy me veo linda. Y perfecta sin importarme nada. Me identifico con lo que escribes y dejame decirte que alta, bella, inteligente, solidaria, esa es Macri para Mi.

Me encanta leerte y verte desde mi 1.57 cm de estatura, me encanta que podamos coexistir desde nuestras dos visiones del mundo, al final 21 cm son nada cuando tenemos tanto cariño y tantos lugares comunes!!! En las del barrio me tocó a un lado de ti en la entrevista frente al librero, me siento feliz de que se note nuestra diferencia de estatura y que no nos importe!

Me encanta tu altura amiga. A mi tampoco me gusta cuando escucho que dicen que a un lado de ti no se quieren parar. Pensé que tú no te fijabas!! Creo que muchas veces pequeñas frases incomodan más que cualquier cosa.
Debemos de ser personas de altura todas! Sin importar cuánto midamos porque el
Cuerpo de cada uno es perfecto como es para nuestra historia de vida. Te quiero mucho!

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