Leonel sintió el sudor correrle por la espalda hasta el trasero. No había pensado que ese día las calles estarían llenas por la marcha de los Derechos Humanos, organizada apenas dos semanas después del asesinato de Irina, la chica llegada de Lituania.
Todos llevaban un ramo de lavanda en la mano, en señal de luto.
Leonel se sintió ridículo al verse entre la multitud, como si fuera Largo, el personaje de Los Locos Addams. Su cabeza sobresalía por encima de todos; los zancos que se había puesto para el festival de fin de cursos lo hacían parecer una especie de faro humano. Fue justo cuando más gente cruzaba su camino que sintió cómo algo subía por el palo derecho, entrando por su pantalón rayado.
Comenzó a moverse torpemente, tratando de quitarse aquella sensación extraña que agitaba su respiración. Por un momento pensó en gritar, pero ya era demasiado raro estar ahí; además, ¿qué sentido tendría si nadie lo escucharía?
Optó por correr como pudo hacia la primera calle vacía que encontró. Fue entonces cuando descubrió que lo que trepaba era una lagartija, mucho más mareada que él. Subía cada vez más rápido hasta que Leonel perdió el equilibrio y cayó al suelo.
La lagartija, que al fin se sintió libre, salió corriendo hacia el frente de la marcha y provocó un pequeño alboroto. Las fotos de Irina, sonriendo desde todas las pancartas, detuvieron por un instante el caos.
Leonel, en el suelo, se quedó mirando aquella marea de rostros y flores moradas. Por un instante, mientras se limpiaba el polvo de las rodillas, pensó en lo absurda que podía ser la vida: una lagartija lo había hecho detenerse justo frente al rostro sonriente de una muerta.
Tomó un ramo de lavanda que alguien había dejado caer y se unió a la marcha, olvidando por completo que su principal responsabilidad era llegar con sus alumnos, quienes ya habrían comenzado el festival sin él.
Con los palos de los zancos improvisó un par de pancartas. Entendió entonces que hay momentos capaces de cambiar la vida de las personas en un solo segundo, y que Irina no debía ser solo un nombre en una pancarta, sino una voz que no debía apagarse.
Gritó con todas sus fuerzas —como si la lagartija aún lo recorriera por dentro—. Su voz se unió a la de los demás, y juntos rompieron el silencio.
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Añade el tuyo →Me encanto Myr. Como unes una realidad con otra. Me desperté temprano y que tte leo.