Durante mi infancia, en mi familia no se celebraba la llegada del Año Nuevo. No recuerdo brindis, propósitos ni las doce uvas —eso llegó mucho después—. Lo que sí conservo vívidamente es la tradición que mi papá nunca dejó pasar: cada 31 de diciembre nos llevaba a la catedral a dar gracias. En la puerta o en el atrio siempre había personas vendiendo un pequeño librito impreso en papel tipo periódico, con oraciones para agradecer lo recibido durante el año.
Recuerdo hincarme, observar el altar y comenzar a dar gracias por mi familia, la salud, mi escuela y por algún logro extraordinario concedido durante el año que terminaba. Era un acto sencillo, que sin saberlo fue marcando la forma en la que aprendí a mirar la vida.
Esa tradición permanece en mí. Ya no siempre voy a la catedral, pero siempre, esté donde esté, agradezco. El año pasado fue doblemente especial: tuve la oportunidad de dar gracias en la iglesia de Santa María del Mar, un templo que conocí primero en las páginas de mis libros y que durante años soñé visitar. Ese día confirmé que la gratitud también tiene geografías emocionales: hay lugares que abrazan distinto.
Cuando era niña agradecía por lo que tenía o por lo bueno que me había sucedido. Con el tiempo entendí que la gratitud es más amplia y profunda. Hoy doy gracias por lo vivido y por lo aprendido; por mi cuerpo que me permite moverme y por mis ojos que cada mañana reciben la primera luz del día, porque mis padres siguen acompañándome, porque mis hijos crecen sanos, curiosos, fuertes, porque tengo un compañero que me sostiene, que me escucha y que camina a mi lado, porque mis amigas son una red que me salva una y otra vez, porque mi familia, aunque no la vea tan seguido, me recuerda mis raíces y me conecta con quienes ya no están.
Doy gracias por mis mascotas, que me regalan un amor incondicional lleno de pelos y baba, por cada libro leído, cada canción que me atraviesa, cada baile que me enciende, por las sorpresas, los tropiezos, las oportunidades y los silencios. Doy gracias porque cada año recibo mucho más de lo que doy.
Y sobre todo —y quizá esto sea lo que más me conmueve— doy gracias porque Dios, siempre se hace presente donde menos lo espero. A veces en una palabra, en un gesto, o un abrazo, siempre en las personas con las que me cruzo cada día.
Cerrar el año agradeciendo no es un ritual: es una manera de reconocer que todo lo vivido —lo bueno, lo difícil, lo inesperado— también me ha traído hasta aquí. Y aquí, justo aquí, tengo mucho por lo cual dar gracias.
6 comentarios
Añade el tuyo →Gracias por estar mi
Querida Macrina.
La gratitid siempre sera esa llave que abre cualquier puerta. Te mando un abrazo y Gracias por estar en mi vida.
Linda reflexión, gracias
Siempre agradecida por contar contigo.
Hermosa reflexión Macri! Es hermoso ser agradecida
Dar gracias por lo que fue, por lo que es y por lo que dejó de ser.
Gracias por recordarlo Macri, que lindo texto.