Sin propósitos de año nuevo

Hace mucho que inicio el año sin propósitos.
Estoy convencida de que los propósitos, en sí mismos, son inútiles. Casi siempre se quedan en lo mismo: intenciones, ánimos, ideas, proyectos, planes… es decir, se quedan siendo propósitos, palabras bonitas que se sienten poderosas en la mente, pero se desmoronan con la primera prueba de realidad.

Como cuando nos proponemos formalmente ser más pacientes y cinco minutos después ya estamos gritando a la menor provocación. Queda claro que algunos propósitos tienen una fecha de caducidad más corta que la del yogurt.

Mientras pienso en esto, mi esposo cumple 60 años; su cumpleaños es en los primeros días de enero. Con ello, me cae encima otra conciencia: el tiempo.
Le digo que empieza su tercera temporada de 30 años y que también llevamos un año de la segunda temporada de nuestro matrimonio. A alguien le da risa, pero lo digo en serio.

Dividir la vida en temporadas puede servir para agradecer lo vivido, revisar lo aprendido, reflexionar lo pendiente, cerrar ciclos.
Así, cada año nuevo da la sensación de “vida nueva”. El calendario ofrece la ilusión de un comienzo, aunque nada se transforma nada más porque sí.

Regreso al tema de este texto: los propósitos de inicio de año.
Todo propósito necesita tocar el suelo para dejar de ser solo un deseo.
No es “algún día correré 10 km”, es ponerse los tenis y empezar a caminar.
No es “bajaré mil kilos”, es elegir comer sano hoy.
El propósito deja de serlo cuando se materializa en una pequeña acción.

Mi hermana me compartió una frase que escuchó en misa: “No te hagas daño, cuídate de ti”. Me la he repetido varias veces hasta que empieza a caerme encima con su peso exacto. No se trata solo de cuidarme del mundo, sino de cuidarme de mis formas sutiles e invisibles de lastimarme. Comprendo también lo dañino de repetir propósitos y deseos sin acciones prácticas y reales. Tan engañoso como rezar y rezar sin sumar un esfuerzo personal auténtico. Tan engañoso como pensar que no puedo cambiar. Pero, ¿quién puede cambiar de un día para otro?

Decir “quiero ser diferente” y pretender lograrlo de sopetón casi nunca funciona. Los cambios gigantes, pesados, radicales, esos que imaginamos de un día para otro, no suelen ser viables: se desinflan pronto y nos dejan con frustración, culpa, agotamiento y la sensación de haber fallado. Después de uno o dos intentos fallidos aparece el bajón: quedamos inmóviles, esperando que algo externo haga lo que nos corresponde. Lo que nos decimos en ese punto puede ser devastador. Pasamos del entusiasmo del propósito al juicio severo: “así soy yo”, “no puedo cambiar”, “nunca lo lograré”. Y esas frases, repetidas, empiezan a parecer verdad. Se vuelven etiquetas que cargamos como si fueran destino, cuando en realidad nacen de elecciones o renuncias propias, silenciosas e inconscientes.

Empiezo a observar pequeñas señales de autotraición. A veces digo “sí” para no quedar mal. O evito poner límites para no incomodar. Tal vez invento historias trágicas sin evidencia o me comparo con vidas ajenas que ni conozco. En ocasiones digo “no importa” cuando sí importa, pero no me atrevo a admitirlo.
Aunque no lo haga siempre, cuando lo hago me lastimo. Observarlo abre honestidad, no culpa.

“Si quieres ver cómo estarás en cinco años, observa cómo vives un día cualquiera.”
Siempre he dicho que no quiero ser una vieja amargada. Con el tiempo entendí que esa frase está mal planteada. La amargura no es asunto de edad. Sería más honesto decir: no quiero ser una persona amargada, independientemente de los años que tenga. Pensar en términos de juventud o vejez distrae del punto central: lo único real es cómo vivo hoy. Si no cultivo claridad y ligereza en este momento, no aparecerán mágicamente en el futuro. Sería difícil que en los años por venir surja una versión más luminosa si ya cargo pequeñas amarguras o resentimientos en este presente.
¿Me quedo atrapada en pensamientos que me hunden? ¿Entrego energía donde no quiero entregarla?

La versión futura se construye desde esta versión presente: la de hoy, la de esta hora.
Basta observar cómo estoy viviendo ahora: cómo pienso, cómo respondo, cómo me trato. Ahí está la verdadera brújula. Si esta versión mía se prolongara cinco, diez o veinte años… ¿me gustaría lo que vería? ¿O deseo otra forma de estar conmigo, una que solo puede nacer aquí, en este instante simple, concreto y presente?

Comprendo que no necesito propósitos ni metas solemnes.
Necesito estar de mi lado.
Acompañarme en lo cotidiano sin exigirme heroicidades.
Hablarme con claridad para ser mi aliada en el presente.

Cuidarme de mí, hoy.
Vivir en modo “solo hay este episodio”.

10 comentarios

Añade el tuyo →

El cambio no viene con el año viene con la verdadera intención de querernos cuidar, querer un pequeño cambio casi imperceptible que sea genuino y constante.
Gracias por recordarlo Lume.

El cambio no viene con el año viene con la verdadera intención de querernos cuidar, querer un pequeño cambio casi imperceptible que sea genuino y constante.
Gracias por recordarlo Lume.

Responder a Anónimo Cancelar la respuesta